Me sumo a la propuesta de Mag con parte de una historia que hace bastante tiempo escribí pero que no pude publicar completa debido a su extensión. L@s invito a leer todos los relatos jueveros de esta semana dando clic aquí.
NOCHE DE ÁNIMAS (extractado de Un alma en pena)
(…) Por alguna razón que desconoce, desde su muerte, su alma ha quedado atrapada allí: en la piedra del ángel custodio que se yergue ante el lujoso panteón familiar. Mudo testimonio de un pasado de opulencia que culminó al morir su último pariente. Junto con su familia extinta, las flores y recuerdos dejaron de llegar en su memoria. Nadie sabe ya que alguna vez existió. No dejó amores que dieran frutos, no escribió libros, no realizó buenas obras, no descubrió algo importante para la humanidad… ni siquiera plantó un árbol… y desde allí, aprisionado en la piedra eterna que lo contiene, a veces se pone a añorar las posibilidades que desperdició estando vivo y que ahora, desde su condición de casi nada con conciencia, se arrepiente infinitamente por no haberlas sabido valorar. No entiende aún por qué su situación no es la misma que habitualmente alcanzan las almas de la mayoría de los difuntos. Son muy pocos los que como él han quedado allí aprisionados. En el último repaso que hizo, eran sólo diez o quince las almas en pena que aún habitaban ese cementerio. Anclados a sus lápidas, cruces, o esculturas que enmarcan las que son sus tumbas, aquellas pocas ánimas irredentas esperan. Simplemente esperan… sin saber qué ni por qué. El resto, (afortunados ellos) ya se han ido. Cada cual hacia el destino que en vida se labró. En sus tumbas ya no queda nada. Sólo osamentas secas que pronto se harán polvo y que nada contienen. Sus espíritus están libres, consagrados, eternos. Como debe ser, como se espera que sea. Por qué -en cambio- aguardan los pocos que como él subsisten allí, luchando por no perder sus conciencias, es algo para lo que aún no halla respuesta. Dos siglos hace ya que así se encuentra. Doscientos años de insoportable e inexplicable soledad. En medio de sus interminables elucubraciones son muy pocas las circunstancias en las que logra alivianar su anquilosamiento pétreo. Aunque angustiosamente breve, cada año, logra obtener un receso en su inexplicada condena. El Día de los Difuntos, por apenas unas horas, los espectros fantasmales se despegan de sus marmóreas prisiones desperezándose fatuamente en inusual libertad. Es poco lo que consiguen hacer en esas horas, pero en su caso, él suele aprovecharlo para rescatar su propio reflejo (o lo que queda de él) en alguna fuente o en los cristales de la capilla. Esa ha sido la estrategia que viene usando para no perder lo que le queda de su propia conciencia, de su noción de identidad. Sabe que si su memoria se diluye totalmente no quedará nada de su pasado: todo lo que fue se disolverá en la oscuridad del tiempo, y lo que fuera su propio yo perdería su significado, y por lo tanto, su mínima posibilidad de redención. (…)




























