Me sumo con esta historia (algo más extensa de lo aconsejable) a la convocatoria que nos deja Dafne, desde su blog. Para más detalles y lista de participantes, dar clic aqui.
CAYENDO POR LA MADRIGUERA DEL CONEJO BLANCO
Entre las rocas y el pasto, junto a las raíces añosas de un árbol frondoso
descubrí un hueco de forma extraña, con rastros certeros de haber sido
transitado recientemente. La madriguera de alguna alimaña, pensé y por pura
curiosidad me senté en las cercanías para intentar averiguar a qué animal pertenecía.
Lejos de lo previsible, al poco rato un conejo blanco apareció, corriendo,
presuroso pisoteando tréboles y nomeolvides. En vez de correr como se presume
deben correr los conejos, este raro espécimen lo hacía erguido sobre sus patas
traseras, vistiendo una refinada chaqueta a cuadros con una flor en el ojal,
pañuelo de seda al cuello, monóculo sobre el ojo derecho y sujetando un vistoso
reloj de cadena al que se esmeraba en consultar constantemente.
-No llego, no llego- repetía tan concentrado y preocupado que no reaccionó
al verme sentada tranquilamente en las cercanías del hueco por el que, con suma
urgencia, se deslizó. Tan de prisa iba que a poco de entrar, el elegante reloj
de cadena se enredó una de las ramas de la entrada sin que el veloz animalito
se percatara de ello. Solícita como suelo ser, apenas advertir el descuido,
tomé el reloj caído con la sincera intención de devolverlo a su dueño. De inmediato
una extraña sensación que no pude explicar comenzó a crecer en mi interior advirtiéndome
del peligro que aquel extraño artefacto preanunciaba.
Lejos de ser un reloj normal, el cronómetro movía sus agujas hacia atrás, llevando
la cuenta de un tiempo disponible que se disgregaba a la par del movimiento de aquellas
manecillas que no paraban de retroceder en mi mano. En un primer momento,
impresionada por el extraño efecto, intenté desprenderme del reloj pero de
ninguna forma pude soltarlo. Algo inmaterial me lo impedía mientras el pánico
en mí aumentaba.
Aturdida por aquel descubrimiento, comencé a correr yo también por el estrecho
túnel, desesperada por alcanzar al conejo. Por suerte, luego de un recodo, logré
percibir su silueta en la penumbra y apurando aún más el paso y pude
alcanzarle. Apenas verme llevando su reloj en mi mano, el semblante antes
desencajado del conejo cambió radicalmente, mutando hacia una tranquilidad indisimulada
que provocó en mí mayor inquietud.
- ¡Quédatelo, quédatelo! – Gritaba aliviado mientras se detenía a descansar
con gusto- Ahora la responsabilidad es tuya y nada podrá desviarte de tu camino
mientras el maldito artefacto decida acompañarte. Yo ya he cumplido mi parte, dedicándole
gran parte de mi vida obligado a llevar su ritmo. Pero por alguna razón que ni
comprendo ni cuestiono, te ha elegido, decidiendo que mi tiempo con él ha
concluido y ahora te corresponde a ti correr a su antojo.
Te deseo la mejor de las suertes. La necesitarás. No se me ocurre cosa más tiránica
en la vida que tener correr con prisa y sin descanso, sin ninguna causa
aparente más que el despotismo de un tiempo que corre en nuestra contra impidiéndonos
vivir en plenitud.
























































