Con un texto ya antes publicado me sumo a la Convocatoria juevera que nos deja María José desde su blog. Los invito a pasar a leer todos los textos.
EL BLANCO MANTEL
BORDADO
Desde la cocina
llegaban los aromados vapores culinarios anunciándonos que pronto el blanco
mantel bordado sería extendido sobre la larga mesa de la galería.
Mientras el
distintivo tintineo de la cubertería alertaba a los más chicos para ir dejando
de lado los juegos improvisados en el escueto patio de baldosas, el chismorreo
incesante de las tías más jóvenes parecía tomar un giro más dicharachero a
medida que las numerosas sillas variopintas eran rescatas de sus rincones por
tíos y primos, alistándonos todos para el ansiado almuerzo en aquel soleado
mediodía.
Apenas ubicado en
mi sitio ocupando una de las sillas destartaladas de la cocina, recuerdo con
inusual nitidez que me perdí por varios minutos recorriendo con la vista y con
mis dedos, los pequeños ramilletes bordados que adornaban aquel preciado mantel
de hilo que la abuela reservaba para festejos especiales como el que nos había
convocado.
Mientras los platos
se trasladaban en un continuo ir y venir sobre las cabezas de los más chicos,
mis ojos se extasiaban en las puntadas de aquella maravilla, pieza destacada
dentro de un nutrido ajuar de sábanas y manteles que mi abuela había bordado para
su boda. Para mí, infante poco afecto a las tareas de concentración y paciencia,
tratar de dimensionar la multitud de horas dedicadas a aquellas delicadas
puntadas me resultaba inaudito, algo incomprensible para mi mente inconstante y
lábil, por lo que la sola idea de suponer que alguna gota de salsa podía llegar
a manchar aquellos hilos primorosos se me antojaba una afrenta hacia la abuela
misma, una especie de anatema capaz de llevar al culpable a la exclusión del
grupo familiar. Pero no me expulsaron. La gota cayó, pero seguí formando parte
de aquella tropa bulliciosa y festiva. Sucede que lo que nos parece
trascendente en un momento después se vuelve apenas una sombra diluida y todo
termina ubicándose en su verdadera dimensión cuando el tiempo pasa.
Después de muchos
años, llego nuevamente a la vieja casa familiar y aún evoco aquella celebración
como un hito en mis recuerdos. Me llegan de lejos las voces, los aromas y los
sabores dormidos. De repente un impulso me lleva a abrir un cajón del viejo
comedor descascarado y lo veo. Lo reconozco sin dudar entre humedades y moho:
el primoroso mantel bordado aún sobrevivía… como sobrevive aún algo del infante
que fui, soñando bajo mis canas.






































