Me sumo con la siguiente historia a la propuesta juevera que nos deja Sylvia, desde su blog, quien esta semana es la encargada de conducirnos. (Dar clic en el enlace para leer todos los relatos)
INICIO ELEGIDO
"Tenía los bigotes más rígidos que nunca; tanto que una mosca podría haber caminado por ellos igual que un convicto sobre la plancha de un barco pirata. Sólo que no hay mosca que sobreviva dentro de una cámara frigorífica a treinta grados bajo cero: y tampoco él, jefe de cocina, repostero famoso por su maestría con el chocolate fondant, el dueño de aquel bigote rubio y congelado..."
Al verlo así, tan tieso y entumecido entre sus
tortas y esculturas de chocolate, inmortalizado con ironía en una de sus gestos
más característicos, el versado inspector tuvo que disimular una risita contenida.
¿Qué habría pasado allí? Imposible que quedara atrapado dentro del congelador
por accidente. La recepción había finalizado apenas unas horas antes y si bien
él siempre era el último en retirarse, jamás hubiese sido tan descuidado como
para correr el riesgo de quedar encerrado. Además, el sistema de apertura
interna, diseñado especialmente para evitar situaciones como esa, había sido
bloqueado torpemente. No. La posibilidad de que quedara allí, ridículamente exhibido
por su voluntad, no cuadraba con la personalidad del repostero, tan engreído y
vanidoso. Daba toda la impresión que alguien, intencionalmente, lo había
forzado a acabar así, erguido entre sus postres como castigo o revancha. Pero
¿quién? ¿Quién podría haber cometido semejante maldad? ¿Quién podría haber
albergado tanto resentimiento como para pergeñar con frialdad –valga la ironía-
un final tan cruel y humillante?
Si bien el mal carácter y la reconocida
soberbia del prestigioso chef solía ser causa frecuente de algunas turbulencias
entre sus colaboradores, los beneficios que su pasión y su talento generaban a
su alrededor, hacían que todos los afectados dejaran finalmente de lado las
quejas sobre su caprichoso trato y pusieran el acento en su inigualable capacidad
creativa. Nadie había como él a la hora de crear maravillas a partir de un
encargue conmemorativo: si se trataba de celebrar una fecha patria, los más
elaborados monumentos eran reproducidos con maestría y detalle en fondant,
chocolates y delicias varias; si el festejo era de cariz romántico, corazones
flores y pájaros nacían, etéreos y delicados sobre las más deliciosas tortas, creaciones
fantásticas del pastelero artista. Era un verdadero genio, excelso confitero reconocido
–incluso- fuera del reducido mundo gourmet que frecuentaba.
Al fin, el ojo experto del inspector logró
resolver el caso: una aislada huella de un pulgar -dejada en fino ganache -
sobre el cucharón bloqueante del sistema
de enfriamiento, fue la clave. Pertenecía a alguien que no logró justificar su
presencia en la cámara frigorífica por alguna otra razón más allá de lo
innegable: la duquesa de Olmos, homenajeada principal del último evento celebrado
en el selecto restaurant, había improvisado su venganza asesinando el
prestigioso chef, a quien consideraba directo causal de la interrupción de su
estricta y espartana dieta.


















