Me sumo con esta historia a la propuesta juevera que esta semana nos deja Ibso desde su blog. Pasar por allí para leer todos los relatos.
Entreabriendo los ojos, apenas despertar, tuvo el presentimiento que algo
no estaba bien. Las telarañas del sueño, más pesadas que de costumbre, parecían
querer retenerlo en su letargo mañanero por alguna extraña razón que aún no
comprendía. Después de un rato logró fijar la vista en un rincón de su
habitación mientras un rayo de sol se filtraba por las celosías, hiriéndole directamente
los ojos.
-Qué extraño- pensó -nunca entra tanta luz a esta hora de la mañana-. Mientras
iba considerando distintas alternativas para ese inusitado rayo de sol
tempranero, de repente cayó en la cuenta que usualmente la ventana de su
habitación se encontraba en la esquina contraria a la que ahora ocupaba.
Turbado por lo inesperado de aquella
observación, dio un salto sobre la cama
que, indudablemente era la suya y se hallaba en su habitual sitio dentro de la
misma habitación en la que solía dormir, con el mismo ropero heredado
flanqueando la puerta del baño, la misma mancha de humedad despegando el antiguo
empapelado ceniciento de la pared, todo igual a como solía ser… salvo que la
única ventana que disponía el cuarto ahora resultaba estar en otro sitio. No ligeramente
desplazada -algo que podría considerar como alteración momentánea de
percepción por su despiste natural o
sustancia consumida- la ventana en cuestión ahora se encontraba en el rincón
opuesto al que solía estar. Exactamente igual, incluso las varillas de la persiana
que nunca se dignaba a reparar seguían rotas, pero en su conjunto, la ventana
completa estaba en otro lugar, sin rastro evidente de que -por alguna razón que
él no recordara- hubiese sido movida. Ni
mampostería ni revoque ni empapelado alterado, pero indudablemente, en una
noche… la ventana había cambiado de sitio, sin que su razón pudiese hallar
lógica en esa evidencia.
Temblando por el desconcierto se animó al fin a avanzar hacia la abertura
alterada, palpando la solidez de su
estructura. Era real, no había dudas. No se trataba entonces de un sueño
o de alguna ilusión provocada por su subconsciente. La ventana era tan real
como su cuerpo y la habitación que los contenía a ambos. Probó entonces de
abrirla, volcando hacia la luz su inquietud recién develada. Tampoco el afuera
resultó como sería esperable. Nada a su
alrededor. Nada, absolutamente NADA le rodeaba. Un vacío absoluto y lumínico envolvía
ese ápice de realidad que le quedaba entre aquellas cuatro paredes que traía
sobre si… y que poco a poco, junto con su cuerpo, ahora se desintegraba.























