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jueves, 26 de marzo de 2020

CADA JUEVES UN RELATO: HABITACIÓN CON CUADRO

En este jueves tan especial, de pandemias y reclusiones, la querida Mag nos propone un tema casi surrealista al que me he lanzado -sólo las musas caprichosas saben por qué- en modo versado. La fuente de inspiración ha sido la obra de un pintor argentino que invito a conocer: Ricardo Celma.
Para leer todos los textos participantes pasar por el blog de Mag, La trastienda del pecado.
Les dejo un abrazo a la distancia. Que sigan bien.



HABITACIÓN CON CUADRO, UN SUEÑO

De algún modo allí he llegado.
Tan blancas las cuatro paredes
como intensos los rojos y el verde
de la extraña ventana supuesta
donde atacan, seducen y turban.
Frente a un marco dibujado
otro marco, más real,
más concreto, más cercano,
-quizás, por lo habitual-
me habla desde un cielo
y un aire y una realidad
pedestres -que, por propios-
no estallan frente a mí
tan intensos, como aquella
sinfonía magistral que deslumbra.
Ante el cuadro, al fin, me dejo llevar
hacia su universo irreal que, reclama
me inmiscuya y me descubra.
……………………………………….

                            (Irupé, Ricardo Celma)

VERDE Y ROJO DE IRUPÉ

Al modo del Narciso, está Irupé.
Contempla su reflejo, ida, 
sobre aguas de mentira.
Resulta vidrio fatuo, oscuro
eso, donde las hojas verdes
flotan, con pena de ser mojadas.
No importa nada, para Irupé.
No ve lo incierto, no ve lo verde.
Sólo el reflejo de lo que es
y cree saber de su reflejo,
imagen quieta que la cautiva.
En pose y con seda roja está Irupé.
Reposa en su tersura, ileso
el temor por ser manchada.
Sobre un absurdo suelo
de barros improbables
ella se inclina, imprecisa
absorta en su reflejo vano
que la contiene y la seduce.
Veo entonces con tristeza a Irupé
temo que sea tonta su hermosura.

…………………………………………………….

De algún modo, de allí he salido.
No advierto ya paredes blancas
ni vanidades fatuas
ni apariencias improbables
de verdes ilusorios y rojos sublimados.
Son ahora ciertos los verdes
y reales, los rojos destellantes.
No es de un cuadro cifrado
la naturaleza que aquí veo.
No son engañosos los suelos
ni espejadas las verdades
de este lado real de la ventana
desde dónde contemplo,
como Irupé, en el agua sosegada
-y sin extasiarme- mi figura.

jueves, 19 de marzo de 2020

CADA JUEVES UN RELATO: Altruismo

Aportando a la propuesta que nos hace Myriam desde su blog. Pasar por aquí para leer todos los textos.




ALTRUISMO (por oposición)


Me alegraría, de veras, poder explayarme hoy contando alguna historia real –que seguro, las hay… y muchas- sobre el altruismo, la solidaridad desinteresada y la generosa actitud en tiempos de crisis como el que estamos atravesando. La incansable tarea del personal sanitario que enfrenta por estos días esta terrible pandemia desde las primeras líneas, merece nuestro incondicional apoyo y sincero reconocimiento. Una tarea loable de la que todos dependemos y deberíamos sostener y agradecer.

Pero la indignación ha sido la que hoy me ha ganado en inmediatez y en cambio me hallo aquí frente al teclado precisamente por lo contrario: la falta total de responsabilidad social de un individuo al que pongo como ejemplo de lo que NO hay que hacer y por la que, entiendo, nuestras sociedades tienen las falencias que padecemos y sobre las que es muy difícil construir algo sólido y efectivo.

En medio de esta situación que nos apremia y atemoriza, sobre todo por la dimensión de las consecuencias que -sabemos- se aproximan, en circunstancias en las que todos deberíamos mostrarnos cercanos y solidarios, individuos como el que traigo a colación demuestran una falta total de conciencia social y en cambio salen a reivindicar la postura necia del “sálvese quien pueda”. Estando en una sólida posición económica y con una situación que podríamos reconocer como privilegiada, esta persona viene instando a suspender la cadena de pagos en forma preventiva, sobre todo, el pago de impuestos en tiempo y forma, apelando a una futura moratoria impositiva que pudiera surgir luego tras la crisis. Este nefasto individuo del que sólo voy a dar las iniciales (JCM) propone hacer efectivo sólo los pagos de alimentos, obra social (privada) y comunicaciones, dejando de lado cualquier otro gasto que no sienta prioritario. De esa manera se asegura -según su teoría- contar con fondos, llegada la hecatombe, para salir a flote si hundirse con el resto.

Necio. Egoísta. Irresponsable. ¿Será que es tan obtuso que no ve más allá de lo inmediato o de veras es una mala persona? Obviamente carece de los valores más elementales para vivir en sociedad y no comprende que cualquier acción que generamos al vivir en grupo culmina en consecuencias que nos afectarán a todos, de alguna u otra forma. Por supuesto en su mentalidad estrecha seguirá exigiendo que todos los que trabajan indirectamente para su beneficio (y que no cuentan con más sostén que el  que provee el Estado) sigan haciéndolo: los que deben garantizar el abastecimiento, el transporte, la gestión, la seguridad, obviamente también la salud, aunque en su estupidez no entienda que si se llega a contagiar cualquiera de su entorno la posibilidad de detección del virus corre por cuenta exclusiva de la salud pública a la que sus impuestos deberían contribuir a sostener. Y no me extiendo más porque con esta cuota de indignación es más que suficiente.

jueves, 12 de marzo de 2020

CADA JUEVES, UN RELATO: Propuesta alocada

Esta vez María José nos convoca con una propuesta muy original, a través de imágenes e inicios posibles, entre los que he escogido los siguientes. Las musas hicieron el resto, llevándome hacia un desenlace que no tenía claro en un comienzo. Para leer todos los textos, pasar por el blog Lugar de encuentro.





TEMBLORES

Tembló el suelo y vio como la lámpara se movía haciendo chocar unos con otros los delicados caireles de cristal. No atinó a nada, más que esperar a ver qué hacían los otros invitados.

Los distinguidos caballeros enfundados en sus elegantes trajes de ceremonia se esmeraban en intentar calmar a las damas bastante turbadas por la impensada situación, justo en medio de aquella gala que sus majestades habían ordenado preparar para agasajarlos.

Él, novel participante de estas cuestiones del ceremonial real, intentaba no dar señales de su marcada preocupación, pero la verdad era que hubiese deseado salir corriendo fuera de aquella majestuosa sala en la que la que lo más granado de la sociedad pugnaba por destacarse dentro de sus pares. Aquellos estruendos se sentían bien próximos al palacio y aunque seguramente muchos sabían de las recientes revueltas, nadie parecía alterado más allá del inconveniente de haber tenido que interrumpir sus distendidas conversaciones por unos minutos. La prueba estaba en que inmediatamente el maestro de ceremonias convocó a los músicos y al minuto siguiente se iniciaron los valses. Los caballeros iniciaron la ronda de invitaciones y las delicadas damas aceptaban o no con una cuidada sonrisa las galanterías propias de quienes se alternaban a su alrededor.

La música sostenida fue invadiendo todos los salones elevando a los invitados hacia una realidad de fantasía que poco y nada tenía que ver con la crudeza reinante más allá de la corte. De repente sus majestades hicieron su entrada triunfal descendiendo por la escalera central hacia donde confluyeron todas las miradas luego que se anunciara su ansiada llegada. Ambos sobresalían por encima del resto de los asistentes, no sólo por su ostentoso ropaje sino fundamentalmente por su inigualable porte. Sin dudas la nobleza resultaba ser una cuestión otorgada desde el nacimiento. Todos los presentes demostraban su pleitesía con devoción y reverencias.

Sin hacer caso al protocolo, dos cercanas explosiones interrumpieron nuevamente la placidez de la fiesta. Esta vez no sólo se escuchó el tintinear de las lámparas sino que una sarta de caireles cayó al suelo espantando notoriamente a las invitadas. Inmediatamente entró la guardia real con la orden de poner a resguardo al rey y a la reina que parecían no comprender nada de la situación. Él, en cambio, confirmó ya sin dudas lo que tanto temía: la revolución había comenzado. El pueblo sucumbía de hambre y sus majestades morirían pronto sin siquiera haberlo advertido.


viernes, 6 de marzo de 2020

ESTE JUEVES, UN RELATO: Personajes y escenarios

Con algo de demora, me sumo a la propuesta juevera de esta semana, que conduce Dorotea. Ella nos propone elegir uno de los personajes de su lista, ubicado en un escenario inusual. Opté por elegir El Quijote, llevándolo a la capital inglesa, más precisamente frente al llamado Ojo de Londres
Para leer todos los relatos participantes, pasar por el blog Lazos y raíces.


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imagen tomada de la red


UN DESGASTADO QUIJOTE

Confundióse un buen día aquel caballero loco
del andar desgarbado y la triste postura
cuando en vez  de cabalgar, tan campante
por llanuras castellanas, aniquilando gigantes
-ahí dispuestos cual falsos molinos-
fue a parar, el incauto chiflado
sin querer, a un villorrio lejano
capital de tierras britanas
bien mojadas
por leves lloviznas.

Surtido de cota de malla
lanza y yelmo
y demás antiguallas
-oxidada como ellas,
su bizarra hidalguía-
arribó, aturdido, aquel noble
esta vez, sin ningún escudero.
Justo allí, junto a aguas del Támesis
-siempre gris, como el cielo de bruma-
encontróse azorado, el fulano
-de improviso-
ante enorme 
y extraña figura.

No eran aspas ni brazos  -seguro-
los que viera girando en el aire.
Más bien eran
-para el pobre alienado-
huevos huecos de sierpes vidriosas
a la tierra, sujetos por tirantes.
Observando las bolas desde lejos
divisó en sus pulidas entrañas
hombres varios, damiselas y niños
intentando escapar
de su aciaga fortuna.

Intuyó el Quijote
que los pobres
apresados allí para desgracia
se movían, nerviosos y con bríos
implorando desde lo alto por ayuda.
Pese al riesgo y al dolor
que en sus huesos aún sentía
recordando otras luchas ya distantes
se aferró a su lanza con soltura
sin medir lo malo o lo seguro
y alentando a su viejo Rocinante
encaró con premura y valentía
a ese vil tragahombres circulante
esgrimiendo en su brazo
un breve escudo.

Espantoso, se oyó
el chillido de metales,
vidrios rotos y tensores arrancados
repartiendo latigazos en el aire
pero grande –más aún-
fue la sorpresa
de la gente
atosigada haciendo filas
empujando, aún ansiosa por subirse
a aquella noria colosal que los tragaba
a la par que aquel loco del caballo
arremetía, ensartando de improviso
su garrocha en las roldanas.

No hay cabida
para buenos en el mundo
-pensó el loco-
recogiendo, humillado, su armadura
hecha añicos por el golpe y los chispazos.
Nadie entiende la razón de mi postura.
Aunque sean causas nobles las que invoco
todos ríen como tontos sin cordura.
Apuntando con sus manos y aparatos
me señalan y se burlan, sin piedad.
Sin disimulo.

Es real que esos pobres sometidos
que hacen cola aguardando un fin seguro
me dedican mil insultos agraviantes
por querer liberarlos de esa infamia.
No comprenden, los ingratos
 la razón de mis batallas
ni aceptan que yo quiera ser iluso
sin ser tonto ni querer vanagloriarme
de la hazaña
de buscar siempre lo recto:
hacer el bien,
más allá de lo seguro.




fotos de mi autoría


jueves, 27 de febrero de 2020

CADA JUEVES, UN RELATO: Mi encuentro con...

Esta semana el amigo Demiurgo nos propone narrar un encuentro improbable con alguien de cierta trascendencia. Primeramente se me ocurrió una coincidencia con el inmortal Borges, después cambié de objetivo y me quedé con la inquietud de intentar emular (con todo respeto) la experiencia ficticia que narra en su famoso cuento El otro. Quise incluir en mi relato referencias explícitas a las de su historia pero enmarcadas en mi propia realidad, gesto que pretendió ser sumamente respetuoso. Espero así lo interpreten.
Para leer todos los relatos jueveros participantes, pasar por el blog de Demiurgo.





(la imagen no resulta muy apropiada con el relato
ya que corresponde a un día lluvioso, pero es de mi autoría)


LA OTRA (con perdón de Borges)

El hecho ocurrió el mes de febrero de 2020 en la ciudad de Rosario, frente al Paraná. Lo escribí inmediatamente ya que para esa fecha tenía pendiente participar de un encuentro juevero cuyo título era “Mi encuentro con…” y la extraordinaria situación me venía perfecta como excusa para intentar narrar algo medianamente interesante. Siempre me han atraído las historias cargadas de cierta cuota de irrealidad que haga sentir que el mundo sigue teniendo esa arista mágica que sólo alcanzamos a intuir con naturalidad cuando somos muy pequeños y de adultos, tan sólo logramos percibir si entrenamos mucho los ojos del alma.

Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostada en una banca frente al río dejándome acariciar por la tibieza de un sol veraniego que no molestaba. A unos quinientos metros a mi derecha se erguía, aun entre andamios de limpieza, el Monumento a la Bandera, aguardando sin demasiada expectativa los próximos festejos del año belgraniano.

El agua marrón transcurría sin más interrupción que la leve estela producida por una lancha que cruzaba hacia las islas mientras que algunos pocos camalotes se deslizaban corriente abajo. Como siempre que contemplo un río, la milenaria imagen de Heráclito rescatada por Borges hizo que pensara en el tiempo y su fluir, en la humanidad y su continuidad a pesar de la mortalidad de cada individuo.

Justo en el instante en que advertí que una joven se había sentado en el otro extremo del banco, tuve la certera sensación de haber vivido ya ese momento. La otra, distraídamente se puso a tararear. Reconocí enseguida la melodía. Se trataba de  “Necesito” del legendario Sui Géneris. El tema me retrotrajo a otras horas de verano, cargadas de viejos fantasmas. Un sabor agridulce en la garganta coincidió con la humedad de una lágrima recorriendo mi mejilla. Noté, sin sorpresa y por el rabillo del ojo, que la otra también lagrimeó.

-Nos pone sensible la misma música- arriesgué.
-Feliz coincidencia- contestó casi sin pensarlo.
-Pese a la diferencia de edad- aclaré como pidiendo disculpas por mis inviernos a cuestas
-El disco (me animé insólitamente a demostrar lo arcaico del concepto) ¿Te lo regalaron para una navidad?
-Para ésta última- confirmó sin resultarle prehistórico el término “disco”.

Ahí confirmé que algo en la línea temporal de nuestras historias se había alterado y en forma tangencial, pasado y futuro (mi presente) estaban coincidiendo inexplicablemente allí, en ese banco ribereño jugando con dos momentos de una sola identidad. Esa otra era yo misma, pero mucho más joven.

Más allá de lo insólito de la situación, aproveché la oportunidad para recordarme de cerca en mis lozanos diecisiete años. Noté, en cambio, que la otra mostraba cierta inquietud al percibirme tan vieja como aún niego verme.

-Perdona que te pregunte, pero quisiera saber la razón por la que, después de tantos años sigues aquí, frente al mismo río- buscó averiguar mi antigua versión, motivada por nuestros siempre presentes deseos de recorrer el mundo.
-Sigo aquí porque éste es mi lugar, pese a todo. Pero he podido viajar, afortunadamente. Y pienso seguir haciéndolo mientras pueda- le contesté con la convicción suficiente para otorgarle la tranquilidad que necesitaba.
- ¿Te arrepientes de algo?- buscó averiguar sin demostrar que tuviera alguna duda específica.
- De nada importante- le contesté con total honestidad.

Superada la perplejidad del primer momento, la otra, desde su juventud de intactos ideales, esquivó la tentación de averiguar qué alegrías y tristezas le deparaba el futuro. Por la misma razón yo me negué a brindarle cualquier dato que señalara futuros festejos y duelos. Tanto ella como yo sabíamos que la vida perdería su sentido si de antemano conociéramos los resultados de nuestros mejores esfuerzos. Por esa razón nuestra conversación apuntó a reafirmaciones y recuerdos gratos, jamás a advertencias o a frustraciones que pudieran detenerla en su derrotero, que, obviamente, venía resultando ser el mío.


Algo más allá de las diferencias aparentes nos sostuvo cercanas en ese breve encuentro y me sirvió, más tarde, para reencontrarme con la raíz que me hace ser quien soy, que quizás de otro modo, a estas alturas hubiese estado totalmente perdida.

jueves, 20 de febrero de 2020

CADA JUEVES, UN RELATO: Video vigilancia

Esta semana Juan Carlos nos propone abordar el tema de las video vigilancia y seguridad privada. Esta vez las musas acudieron con una historia bastante disparatada que, espero, sepan interpretar con buen humor. Para leer todos los aportes jueveros, pasar por el blog y qué te cuento?.



CÁMARA DE SEGURIDAD

Recién tuvo oportunidad de confirmarlo hace unos veinte años, cuando un hombre de aspecto muy sufrido y bastante confundido llegó una tarde a su agencia de investigaciones solicitando sus servicios para esclarecer lo que aparentaba ser sólo una desaparición y que, más tarde y luego de semanas de lidiar con pistas falsas, versiones y testimonios contradictorios, logró esclarecer como un vil asesinato, siendo al fin enjuiciados los autores y reivindicada la victima… que no era otra que aquella sufrida alma en pena que llegó a su agencia reclamando postrera justicia. Fue por ese caso que lo que desde chico había sospechado terminó ratificándose: era un médium y los fantasmas acudían a él para que les ayudara a sacar a la luz las mentiras y las maldades que habían provocado sus muertes, impidiéndoles su tranquilo paso al más allá.

Esa virtud –o desgracia, según se vea- se aunaba con su clara vocación investigativa que profesionalizó a través de una de las más afamadas firmas de detectives de la ciudad. Pero como es de imaginar, semejante cuestión generó en más de una oportunidad, ingratas confusiones, ya que lejos de poder identificarlos desde un principio, sus clientes fantasmas se le confundían con su clientela normal (digamos más bien de seres vivos) que resultaba ser, obviamente, los únicos que le proveía los ingresos monetarios de los que su agencia subsistía. 

Fue así que decidió un día instalar cámaras de seguridad en el pasillo al que da el ingreso a su oficina.  De este modo, apenas termina una entrevista en la que llega un eventual cliente presentándole un caso, el solicitado detective los observa retirarse por la pantalla de control apenas traspasar la puerta.  Si la cámara capta la salida del personaje, se queda más tranquilo y calcula en forma aproximada cuáles serán sus honorarios, pero si a nadie ve retirarse luego de cerrarse la puerta de su oficina, comprende sin lugar a dudas que ese no será un caso sencillo y que además, nulo será el cobro de sus servicios.

jueves, 13 de febrero de 2020

CADA JUEVES UN RELATO: Sucedió en el bus (colectivo, por aquí)

Esta semana Alfredo nos propone armar relatos ambientados en un bus. Sé que me he extendido más de lo sugerido pero no pude cortarlo más. Me disculpo.
Para leer todos los relatos jueveros, pasar por La plaza del diamante.



He odiado los largos viajes en colectivo desde que debía levantarme a las cinco y media de la mañana para llegar a tiempo al colegio que se encontraba a más de una hora desde mi casa. Los detesto, más aún en esos momentos en que la gente viaja apiñada como sardinas en lata, resignados y dolientes hacia el monótono destino al que cada quien ha apostado en su vida. Ya sea de ida como de vuelta, sumergirme dentro de un mar de extraños bostezantes en su letargo mañanero o su regreso claudicante me ha resultado siempre tan fastidioso como deprimente. Sólo el rítmico reflejo de las luces mortecinas que se apagan o se encienden sobre los vidrios empañados logra sacarme de la pegajosa futilidad que me envuelve en esos momentos.

Fue durante uno de esos tramos de intrincadas elucubraciones que la vi por primera vez, hace ya mucho tiempo. Y aclaro que digo “la” por pura intuición, ya que, si me pongo a pensar, sólo un leve gesto de femenina suavidad que alcancé a percibir bajo su inalterable mirada me hace suponer que pertenezca a ese sexo. Por todo lo demás, nada en su exterior denota algún género. Ni su vestimenta, ni sus movimientos, ni su voz, que jamás he escuchado. Totalmente rapada, sin cejas ni pestañas advertibles, según sea la luz del sol que incida en el momento, un dejo breve de cabellera rojiza enmarca su cabeza que se alza desafiante sobre el elegante cuello que evoca al de un cisne. Una sonrisa indescifrable a modo de Mona Lisa llevan sus labios finos, siempre inmutable ante lo que pase a su alrededor. Sólo yo parezco percibirla camuflándose entre los demás rostros, observándolo todo, como si el evaluar la conducta de la gente fuera su única intención.

He llegado a pensar que no es humana. Tal vez sea un ángel o un extraterrestre. Una vez le descubrí un tatuaje en el antebrazo izquierdo, una especie de código qr impreso sobre su piel, por lo que comencé a fantasear con que se trataba de un androide -o quizás fueran varios, idénticos- intercalándose entre la gente para observarnos. Tan sólo en una oportunidad la vi demostrar empatía con alguien a quien le habían sustraído la billetera y ella, sin que nadie más lo notara, se las ingenió para provocar la caída del ladrón desbaratando así el robo. En esa oportunidad descarté que fuera un ser maléfico, idea que, confieso, se me cruzó en un principio. En otra ocasión la vi observar un accidente callejero sin inmutarse. Su pasividad en esa circunstancia me hizo mirarla con cierta reprobación que sin duda advirtió. Esa fue la única vez que cruzamos directamente nuestras miradas por unos segundos. Los suficientes como confirmarme que algo extrasensorial la rondaba, pudiendo percibir los pensamientos ajenos. Esa idea me descolocó de raíz, lo reconozco, volviéndome totalmente vulnerable frente a ella.

Lo cierto es que desde hace mucho tiempo la vengo encontrando en mis largos trayectos interurbanos, a veces de día y otras, por la noche. Siempre disimulando ambos que notamos nuestras respectivas presencias. Siempre cuidando de no dar una señal equívoca por la que el otro pueda acercarse demasiado.

Así nos hemos manejado hasta hoy, en este extraño y solitario trayecto en el que sólo ella y yo -más allá del chofer autoexiliado en su música- compartimos viaje.

Creo que no fue casualidad que al subir se sentara justo detrás de mí, próxima su insondable sonrisa a la zona más sensible de mi nuca, que ahora se eriza por el temor que, más allá de toda lógica, su íntima cercanía me provoca anunciándome un fin trágico. No sé bien si será el de ella o el mío.

jueves, 6 de febrero de 2020

CADA JUEVES UN RELATO Paremias

Esta semana Mag nos propone el tema de las paremias, aforismos o frases hechas. Confieso que he tenido que recurrir a la web para ahondar un poco más el tema, y allí me enterado que dentro de los distintos subgrupos con que nos encontramos en ese rubro, existe uno denominado wellerismos, en relación a un tipo especial de frases al que un personaje de Dickens (llamado Weller) solia recurrir, por lo que he querido rendirle homenaje desde mi humilde relato. Espero les guste.
Para leer todos los textos participantes, dar clic aquí.


Weller y su amigo caminan sin rumbo por los campos intentando sobrevivir otro día sin demasiado esfuerzo. Ven una cabaña a lo lejos y hacia allí se encaminan.

-Tal vez la habite un alma generosa- dijo esperanzado el amigo

-Vamos a ver… dijo un ciego, mientras se frotaba los ojos- satirizó Weller

-¡Buenos días!- saludó el amigo mientras daba unos golpes suaves en la puerta

-¡¿Quién anda molestando a estas horas?!- se escuchó, gritando desde dentro, una voz intimidante.

Los dos caminantes se miraron sin mayor expectativa después de esa inhóspita respuesta.

-Ya es tarde para volver atrás…- susurró el amigo.

-…, dijo el verdugo después de cortar la cabeza equivocada- completó, irónico Weller, tratando de matizar la incomodidad del momento.

De repente la puerta se abrió con brusquedad y un hombrón con cara de ogro se asomó con evidente gesto de hostilidad.

- ¡¿Qué demonios quieres de mí…?! Le espetó al más pequeño del dúo, que pareció encogerse más ante semejante salvaje.

-dijo el muerto cuando vio al fantasma- acotó socarrón Weller, siguiendo su irrefrenable impulso de completar, pese a lo inoportuno, ese tipo de frases.

Ante la imprevista insolencia, el hombrón, lejos de enojarse, estalló súbitamente en un mar de risotadas, distendiendo la situación al punto que el muchacho logró reencontrar el hilo de la conversación en el punto al que pretendía llevarla en un principio:

-Somos dos viajeros agotados suplicando un poco de misericordia. Cualquier cosa que pueda brindarnos será agradecida- remarcó, buscando inspirar empatía.

-Todo sirve de ayuda… dijo el mosquito y meó en el mar intercaló Weller, alentado por la buena recepción que anteriormente había tenido su arriesgada chanza.

-Les doy un plato de comida caliente con una rebanada de pan a cada uno si terminan de labrar el campo antes del mediodía- les propuso el hombrón algo desafiante.

-¡Que sean dos las rebanadas para cada uno y ya tiene ayudantes!- contestó rápidamente el amigo, sin consultar a Weller que parecía en cambio muy dubitativo.

Mientras los dos caminantes se alejaban en dirección del arado, el amigo quiso alentar a Weller para que intentara ver el lado positivo del acuerdo que tan rápidamente había concertado:

-Algo es algo..- insinuó con prudencia

- dijo un calvo al encontrarse con un peine sin dientes- completó como era su costumbre, un Weller nunca destacado por su laboriosidad.

Luego de varias horas de trabajo al rayo del sol, Weller y su amigo retornan a la cabaña para aguardar su paga.

-Han sido más de cinco horas las que aramos- reflexionó el amigo.
-“Aramos”…dijo la mosca mientras estaba sobre el cuerno del buey!- punzó socarronamente  Wellers haciendo referencia a las largas pausas que el amigo se tomó mientras él conducía con esfuerzo el destartalado arado sobre el suelo pedregoso.

-Aquí está el pago acordado- dijo el hombrón a sus improvisados ayudantes, mientras llenaba dos jarros de agua acompañando los platos de comida y el pan recién horneado.

Mientras su amigo agradecía, Weller, siempre pícaro y lanzado, vio sobre el mesón una media botella de tinto que aguardaba, sola y tentadora.

-En hora buena vengáis”, dijo el agua al vino- rogando que el susodicho patrón captara la indirecta.

Con sonora risotada el hombre sirvió tres jarros con lo que quedaba del vino y con ese último trago compartido dieron por cerrado el trato.

Mientras se alejaban de allí, dispuestos a enfrentar nuevamente lo que el destino decidiera ponerles por delante, el amigo le hizo notar a Weller lo fatigoso que había sido ganarse aquel plato de comida.

Weller, poniendo cara de concienzudo filósofo, sentenció con modales ampulosos:

- El burro, después de haber tirado su carga, del peso del pasado se olvida- y sonrió enigmático, gozando la ocurrencia y la oportunidad de poder decirle disimuladamente burro a su amigo.

Rápido de reflejos y ya entrenado en ese juego de palabras y segundas intenciones en el que siempre retozaba su compañero de aventuras, señalando sin motivo el caserío al que ahora se dirigían, su amigo le espetó:

-Mira allá, orejudo…, dijo el asno al mulo- enfatizando el sarcasmo con una sonrisa.

Y entre cómplices gestos y risotadas, tanto el burro como el orejudo, se dispusieron prestos a continuar viaje.

domingo, 2 de febrero de 2020

TÍTULOS DE LIBROS: cierre de convocatoria juevera



Agradeciendo a tod@s quienes se sumaron, ya sea leyendo y/o  publicando relatos, doy por culminado este nuevo encuentro juevero que me ha tocado conducir. Celebro que la propuesta haya generado interés y entusiasmo dándonos oportunidad de compartir tan diversa selección de textos. 
Cumplo ahora con la formalidad de dar el pase a Mag, quien desde su blog será la encargada de proponer nuevo tema y conducirnos el próximo jueves. 
Muchas gracias por sus aportes y compañía.Tengan tod@s una muy buena semana. 

viernes, 31 de enero de 2020

LOS JUEVES UN RELATO. Títulos de libros - Mi aporte




Alétheia estaba loca. O eso era lo que decían quienes la veían pasar cada tarde, justo antes del sol ponerse sobre el bordeado canto del horizonte. Y es que por su desenvuelta manera de andar, sus vestidos vaporosos recortados sobre su cuerpo joven, las flores trenzadas sobre su pelo libre y su hilo de voz canturreando viejas canciones de irreconocibles idiomas, para la gente de aquel pueblo rústico, su presencia de piel de hada resultaba ser muy perturbadora. Imposible de asimilar su espíritu a todo lo que estaba allí anclado y arrumbado desde siempre junto al mar bravío.

Nadie sabía bien cuándo y cómo había llegado. Simplemente un día comenzó a irrumpir así, cruzando la calle empedrada que muere en el muelle, aleteando al viento sus brazos de niña y recitando trozos de algo que para algunos era apenas un canto de locos y para otros -quizás los menos soñadores- resultaba ser algo mucho más oscuro e insano. Siempre a la misma hora, tanto en verano como en invierno, justo antes de caer la tarde, ella avanzaba hacia la orilla sin preocuparse por otra cosa más que ese mar que parecía responderle. 

Sólo una vez había revelado su nombre, según contaban los viejos. A un joven pescador que se lanzó luego a la mar en una tormenta y jamás regresó a puerto. De ahí que todos pensaran que algo de mala suerte arrastraba su cercanía  y desde entonces trataban de evitarla.

Ella en cambio persistía en su ritual sin alterarse, libre, de cara al viento, entonando esas enigmáticas canciones que nadie comprendía.

Un atardecer de cielo rojizo y aire cristalino, cuando ya todos los pescadores del pueblo se hallaban en tierra, mientras Alétheia continuaba con su ritual de canto y volteretas, algo inesperado cruzó el horizonte. Se trataba de un pequeño bote a remos que la gente no lograba identificar de lejos. Al aproximarse, casi irreconocible por la barba espesa y los cabellos largos, aquel joven pescador perdido hacía muchas lunas, por fin regresaba a puerto guiado y protegido por aquella extraña loca que jamás dejó de invocar al mar para que se lo trajese de vuelta.


Para leer todos los relatos, pasar por el post anterior.

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