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CERCARE E TROVARE, un blog de entretenimiento

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domingo, 26 de abril de 2015

CONTANDO 18 DE 53 SEMANAS - Propuesta de Sindel

Esta semana la querida Sindel nos propone inspirarnos en esta bellísima imagen.


Y este es mi aporte:


 LA OFRENDA

Bebe,
pájaro furtivo
de mis fantasías,
que de éste - mi cuenco -
rescataré luego
pócimas y conjuros,
voces encantadas,
secretos urgidos,
nudos desatados
contra la cordura.

Bebe,
pájaro divino,
que por ese néctar
junto con tu risa
me darás por pago
colores intactos
para mi alegría,
perfume de almizcle,
voces del pasado
y más de cien plegarias
para la osadía.

Anida,
pájaro hechicero,
tejiendo tu encanto
con briznas de sueños
sapiencias de antaño
e hilos de fuego,
y así, trocando tu magia
entre nubes de incienso,
por premio y consuelo
haré que mi alma
al fin sea tu nido,
albergue encantado
profundo y seguro
contra la infortuna.



miércoles, 22 de abril de 2015

ESTE JUEVES UN RELATO: LA DESPEDIDA

Para sumarme a esta convocatoria juevera de la mano del querido Pepe, traigo la última parte de un cuento escrito hace ya bastante en forma de trilogía, en el que el personaje se despide de su existencia en una forma muy particular.


Imagen de mi autoría


(EL ÚLTIMO AMANECER)

Siempre creyó que la dependencia hacia otro ser le otorgaba un punto débil que no era bueno mostrar. A lo largo de los siglos, intentó más de una vez asirse de una compañera. Hermosas mujeres pasaron por sus colmillos convirtiéndolas con ese perverso ritual en seductoras criaturas de la noche.

Voluptuosas, inquietantes, bellas… pero en aquella transformación de mortal a vampiro, invariablemente la naturaleza humana se diluía y con ella el encanto que le había enamorado.

Con todas, al poco tiempo, se sentía decepcionado y sin ningún tipo de Piedad, volcando en ellas todo el rencor que sentía por su Desgracia, terminaba matándolas, atravesando con estacas sus corazones envenenados.

Sólo algunas noches lograba cierta tranquilidad, sobrevolando la inmensidad de un mundo que ya le era ajeno, sintiendo que su Existencia sobrehumana había logrado romper todos los Límites posibles, surcando los aires con lacónica melancolía intentaba en vano, recordar. Y en esos intentos, muy pocas veces, conseguía atraer a su memoria algunos fragmentos nimios de su vida pasada.

De improviso llegaban, como relámpagos, algunas imágenes de añoranza: un río, ciertos colores, el perfume de los jazmines en primavera, paseos en bote, el sonido de una risa contagiosa, la tranquilidad de las siestas de verano, la tibieza de una mano maternal sobre su frente, el azul de alguna mariposa, una enigmática melodía…

Solamente en aquellas contadas ocasiones el vampiro podía decir que se sentía cercano a la felicidad. O por lo menos, a algo muy parecido.

Esa sensación de dulce nostalgia que conseguía contadas veces durante aquellos vuelos nocturnos lograban emocionarlo, y por algunos momentos hasta –casi- se sentía reconciliado con el Universo. Era en esos momentos cuando en su interior, entre las telarañas de lo que albergara alguna vez su Alma, lograba entrever el fuego de su antigua poesía. Esos breves instantes de inspiración lograban henchir su corazón envilecido de algo muy cercano a la sensibilidad que, paradójicamente, desde siempre intentó aplastar.

Pero aquellos chispazos no alcanzaban para encender sus musas. Nunca lograba conseguir escribir una rima contundente, o arrancar de un instrumento una nota emotiva. Y eso lo frustraba, pobre Ser eternizado y marchito, desolado dentro de su esencia envilecida.

Entre sus pocos recuerdos a veces lograba rescatar la sensación de un amanecer. Allá lejos, perdido entre sus días de humanidad interrumpida, alguna vez había sido Feliz contemplando extasiado la luz de una aurora especial.

No sabía exactamente las circunstancias, no lograba establecer el por qué o el cuándo, pero intuía que aquellas luces que despertaban de entre las sombras, aquel renacer del nuevo día, alguna vez lo habían emocionado al punto de haberlo marcado profundamente, persistiendo aquella huella hasta en la que era, ahora, su inmortal identidad de vampiro.

Hundido en la sinrazón de lo que ya sentía como una vida inmortal insostenible, sin sentido y vacía, decidió al fin, acabar con su penuria.

Mirando hacia el naciente, esperando que el sol despuntara en el horizonte, a sabiendas que esa sería su hora postrera, contempló otra vez extasiado, aquel majestuoso espectáculo del amanecer entre el mar y la montaña.

Uno a uno, los colores fueron surgiendo, encendiendo la oscuridad de mil sensaciones reencontradas… con la magia de quien ve caer la noche como un gran velo, el vampiro retornó en ese instante, como si fuera en sueños, al rincón más amado de su infancia: Frente al mar, junto a la magnitud apabullante de las montañas, de la mano de sus padres y sus hermanos, revivió intensamente aquella vez en que viendo amanecer como nunca antes, aquel infante maravillado, supo que desde ese momento y para siempre sería, por sobre todas las cosas, poeta.

Mientras dos lágrimas, casi humanas, resbalaban por sus ojos enternecidos mientras recordaba, aquel Ser del submundo y de las sombras, ofrecía su Inmortalidad al Sol que se asomaba.

Desde el punto más alto de la montaña, mientras sentía que su esencia de vampiro se calcinaba, apenas con las fuerzas que le quedaban, recitó con arte sus últimos versos y extendiendo sus brazos como alas, dando un salto, se lanzó a volar…

martes, 21 de abril de 2015

CONTANDO 53 SEMANAS: Palabra 17 Soledad



(¡todo un divague!)

Sola,
la Soledad se paseaba
deambulando por la negrura,
ansiando que sea la luz
-en cambio-
la habitante de sus pensamientos.
Mientras fluían ellos
-uno a uno-
apesadumbrados
buscando una salida,
la Esperanza se asomó
por una hendija
observándola desde lejos.
Apenas con una señal
le indicó la ninfa
ir hacia ella
y tan solo eso bastó
para que su búsqueda
definiera una dirección,
otorgándole a la Soledad
esta vez
un luminoso sentido.

Más relatos sobre la soledad, en lo de Sindel


jueves, 16 de abril de 2015

MI RELATO JUEVERO DE ESTA SEMANA: Dueto de inspiración

(Otra vez gracias, Rodolfo!)

A verdad o consecuencia jugaban en la escuela y en ese tiempo, ella, aún a riesgo de ser descubierta en su vulnerabilidad, siempre elegía “verdad”, con tal de no tener que someterse al impiadoso peligro de la “consecuencia”, que, sabía, casi siempre resultaba ser terrible y nefasta.

Sintió desde siempre miedo a las secuelas indeseadas, miedo al qué dirán, miedo a salirse de la raya, miedo a la libertad, miedo a la vergüenza de ser despreciada. Miedos y culpas rigiendo su camino, condicionando su paso tan limitado como vacío. Nada de sustancia, sólo insostenible apariencia señalando la prioridad de lo que se espera deba ser y hacer uno, postergando el significado del verdadero sentimiento.

El destino o el azar o su inexperiencia, o la indescifrable combinación esos ingredientes provocaron un día que su vida diera un vuelco definitivo: usada y abandonada se sintió desfallecer.

Padeció otra vez la ley implacable de causa y efecto poniéndola al filo de las decisiones trascendentes: una vida por nacer, tan indeseada como ella misma sentía ser en esos momentos.

Apelar al olvido, desear borrar de su memoria la responsabilidad que llevaba a cuestas, esos deseos la condujeron, sin proponérselo, hasta las vías del tren que ya llega.

Un paso hacia el vacío, sólo eso y su destino y sus problemas se diluirían en la inmensidad de la nada. Un segundo de inconsistencia, un segundo de abandono y todo terminaría… sólo eso necesitaría. Nada más.

Pero había algo más: otro corazón latiendo al unísono con el suyo. Uno nuevo, aún no nacido, un fuerte impulso hacia la vida cobrando fuerza en su interior, haciendo que otra vez -como en su infancia en aquel juego con riesgos- tuviera que optar.

Esta vez eligió ambas: Verdad y consecuencia, y en lugar de arrojarse hacia la nada, se subió hacia la esperanza, decidiendo que valía la pena arriesgar.


El resto de los relatos participantes, en el post anterior.

miércoles, 15 de abril de 2015

ESTE JUEVES UN RELATO: Duetos de inspiración

¡Ya comienzan a llegar los relatos! Gracias a tod@s los que se animaron a dejarse llevar por las musas y así sumarse al reto juevero y otro "gracias" muy especial para Rodolfo, que además de la imagen de cabecera de la convocatoria, también nos prestó la imagen que utilicé para armar los enlaces a cada blog.




























HISTORIAS EN PARALELO Parte final (la misma historia contada desde otro ángulo)

Parte 3:…Y UN DÍA DECIDIÓ ENLOQUECER

Quiso detener el tiempo en el instante previo al momento en que su mundo se derrumbara: su gran amor, en apenas un segundo, se transformó en despecho y ese rápido viraje de sentimientos fue mucho más de lo que su ya vulnerable corazón podía soportar y entonces, para escapar… decidió enloquecer. 

Determinó que el reloj no moviera más sus agujas, que ningún extraño invadiera aquel rincón de su mundo, que nadie tocara las huellas de la que casi fue su gran noche, que el planeta entero siguiera en otra frecuencia y que ella, aquella que una vez fuera joven, aprisionara el paso del tiempo en su puño, a su antojo… como capricho de la niña malcriada que había sido.

Y así sucedió. No fue difícil. Sólo empezar… y después, la línea que se cruzó una vez, desaparece y la lógica y la razón se transforman dejando paso a una blanda fantasía que rodea al cuerpo de quien ya no está… o mejor dicho, de quien decide dejar de estar en este mundo de trampas y mentiras, miedos, estafas e infidelidades. Alguna vez supo lo que fue la esperanza… alguna vez creyó… pero aplastaron su fe los que en secreto traicionaron su amor y su corazón.

Pero a pesar que ella se empeñara en no enterarse, el tiempo (implacable tirano) seguía andando fuera de los imprecisos límites de su irrealidad. Y aunque ella no lo quisiera, su ya adquirida liviandad se interrumpió ante unos ojos celestes de niña abandonada por la suerte y ese día, su locura le permitió entreabrir los ojos a la compasión.

Decidió entonces que se permitiría compartir sus días. Decretó que no fuera tan implacable la evasión.

La vio crecer, la vio transformarse. La vio ocultarse tras aquella máscara de hastío frente a todo aquel que quisiera acercarse a su pequeño corazón herido y así, como en autocastigo, resignarse a ser reina-niña en aquel mundo de locura y fantasía que un día su pobre tía rica inventara para su propio dolor.

Desde que la mujer lo comprendió, quiso cambiar ese destino que ella misma creara, ese camino que conocía por mil veces recorrido.

Su amor por la pequeña no reconocía las fronteras entre lo real y lo imaginario, entre la razón y lo absurdo… era a prueba de todo, para todo terreno, sin medida ni opción.
Cada día en que el sol se asomaba recordando que otra vez amanecía, ella se esforzaba por resolver los acertijos que su mente entretejía buscando hallar la salida del laberinto de su sinrazón. Lo haría sólo por la niña. Porque la quería y no deseaba verla como ella misma, enredada entre lo real y lo fatuo como ilusión de libertad elegida.

Mientras buscaba esa brecha, mientras insistía en retornar, los ojos de aquella niña solitaria se instalaban más y más en su corazón malherido, consistiéndose ellos como el único lazo que quedaba atándola al mundo exterior.

En sus largas charlas entre tía y sobrina en las que compartían sueños reales y fingidos, ella descubrió que la niña se estaba transformando casi en su propio reflejo. En su reflejo. Pero ¿cuál?... ¿el que le agradaba, sobrevolando los rincones de sus ruinas? ¿o el que detestaba y se aparecía de repente, en los espejos golpeándola sin pudor y con saña desnudándola en su ridiculez de vieja insana y vulnerable?

Esa incertidumbre la inquietaba… la arrancaba de improviso de su calma y sus andanzas de eterna juventud anestesiada.

¡No quería que Ada se le pareciese tanto!... no quería que sufriera como ella… no quería tampoco que ignorara, por miedo o por despecho, la caricia del amor en su más puro grado de existencia.

¿Cómo haría entonces, pobre vieja absurda, para deshilvanar la que fuera una historia sin promesas? En sus raptos de lucidez y lozanía solía pedir al cielo por la oportunidad justa para desandar el camino que la niña hiciera de su mano trastornada. Esperaba que allí arriba Alguien la escuchara y aunque ignoraba la forma en que debería acontecer, estaba convencida que algo casi mágico estaba a punto de cruzarse por sus vidas.

Una de esas mañanas en que el sol retornaba de sus noches, la despertó el canto de un pájaro desconocido… o tal vez no… quizás alguna otra vez lo había escuchado pero por lejano ya ni lo recordaba. De improviso y con impensada decisión se levantó y llamó a su criada: esa mañana decretó el final del duelo, el inicio de una nueva era… dio la orden para que se contratara a un jardinero que limpiara y desbaratara todo el intrincado juego de ramas, años, recuerdos y fantasmas que allí abajo, desde aquel fatídico día, ella decretara conservar.

Sus manos temblaban de nerviosismo, inusual en su personalidad caprichosa. Se mostró firme y decidida cuando la joven protestó por tal arbitrariedad… eso significaba acabar con su refugio, con su mágico reino de soledades. Procuró no dejarse llevar por la mirada de incrédula niña avasallada; hizo un tremendo esfuerzo por mantenerse allí, un paso afuera del límite acostumbrado. Y lo logró. Impuso su decisión incomprensible para cualquiera que la conociera sin sus cabales.

Al día siguiente salió otra vez el sol, aquel que le marcaba los ritmos naturales y desde el ventanal de su cuarto, ensimismada, contempló, no sin derramar lágrimas, a los extraños que llegaron para desmontar el teatro de sus nostalgias.

Vio, como un presagio, que uno de ellos, el más joven, contemplaba casi con amor aquellas ruinas trasnochadas y esa fue la señal que –entendió- le enviaba el destino. ¡Sería así, entonces!.. ¡Sería así como iba a pasar! No se había equivocado… y cuando al rato la joven subiera pretendiendo ocultar aquello que no comprendía todavía, ella fue feliz… otra vez… sin dudas ni espejismos… recordando lo que era posible sentir y alguna vez, ella misma había sentido.

Tras la invitación a un té (pobre justificación para algo tan grandioso como lo que el destino había urdido), ella comprobó otra vez que era ya la hora que su querida sobrina retronara al mundo real, al bueno… al que había abandonado cuando el paso de la muerte hizo de la pequeña un alma acongojada.

Su felicidad fue tal que por un momento lo irreal la volvió a atrapar en su magia de añoranza y envuelta en música y fantasmas se dejó llevar, liviana, en un vals que, alegre, la fue transportando.

Aunque el retorno fue abrupto y algo indiferente, recordó enseguida cuál había sido la suerte que aquel día maravilloso de octubre, aquel galán de ojos oscuros había concretado.

Se complació al ver la inquietud adolescente de Ada y la ternura de aquellos ojos anonadados que la contemplaban. Pensó que no siempre el final es injusto y que a veces las historias de amor culminan (y se inician) con luces y estrellas engalanadas.


Cuando los dos jóvenes, novatos en amores, se alejaban juntos hacia la tarde, ella espió, como furtiva, desde lo alto del balcón de su torre encantada… y los vio… desde lejos… y se estremeció como ayer, al ver cómo se besaban, mientras el amor, con tinte dorado, se divertía en jugar con el agua que brotaba.

HISTORIAS EN PARALELO 2ª Parte (la misma historia, contada por otro personaje)

Parte 2: ADA... SIN “H” Y SIN ALAS…

Siempre pensó que decir esa ocurrencia cuando le preguntaban su nombre era una buena forma de provocar una sonrisa en su interlocutor y así romper su imagen de niña caprichosa y consentida que, sabía, proyectaba en los demás.

A pesar de tener clara conciencia de que su manera de ser no ayudaba a hacer amigos, su primera actitud al conocer una persona siempre era de rechazo y menosprecio. Quizás esa respuesta fuera un recurso inconsciente para mantener las distancias y protegerse, temiendo ser ella quien fuera rechazada. Algo así le había explicado aquel psicólogo que desde muy pequeña le habían obligado a visitar. Todo venía a causa de la muerte prematura de sus padres y de verse, de improviso, sola en un mundo hostil que antes le había parecido bello y acogedor.

Hija única, heredera de una gran fortuna, debió aceptar ir a vivir con una casi anciana tía, medio loca, que vivía en un pueblucho lejos de la Capital donde ella había nacido. Hacía ya tres años que habitaba en aquella mansión ruinosa a la que, con el tiempo, pasó a adoptar como su reino personal, solitario y enigmático… como ella misma. Su extravagante tía, montada en el límite entre la locura y la fantasía a causa de un matrimonio fallido, la recibió con los brazos abiertos.

De inmediato, entre ambas, se generó un fuerte vínculo de mutua comprensión, aceptando una de la otra sus miedos, complejos y tristezas. Ambas se reconocían mucho en común. Necesitadas de afecto, abandonadas de distinta manera por sus seres más queridos, decidieron refugiarse en aquel rincón del mundo donde nadie las juzgaba y donde su particular fantasía las liberaba de los muchos dolores conque la vida las había golpeado. Su educación estaba, la mayor parte del año, en manos de profesores particulares, pero durante los meses de verano, sus días se extendían ante sus ojos dentro del límite que le imponían los muros de la que fue una lujosa mansión y que ahora se poblaba con los fantasmas y las huellas del tiempo. Lejos de aburrirse, tenía la maravillosa virtud de extasiarse en sus pensamientos, logrando casi volar cuando leía un buen libro o recorría los rincones de su fantástico mundo de hojarascas, bosque y musgo.

Un mañana, distinta de las habituales, su tía decidió que era hora de llamar a un jardinero para hacer una limpieza a fondo en los jardines de la mansión. Desde un primer momento ella se opuso. No le hacía muy feliz que algún extraño viniera e invadiera su reino particular, además, consideraba que quitar los maravillosos restos de lo que había sido la causa de la locura de su tía iba a hacer que aquel lugar perdiera el extraño hechizo que tenía para ella. Pese a su opinión, la extravagante mujer, en un raro momento de lucidez, decidió que la limpieza debería hacerse y que no cabían los reproches.

Desde la ventana de su cuarto Ada vio que dos extraños atravesaban el portón de entrada y que luego de recibir las instrucciones de la criada, se dirigirían a saquear y destruir los tesoros de su lugar encantado. Eso la terminó de perturbar y en uno de sus habituales impulsos dignos de una princesa contrariada, decidió bajar y ver de cerca aquellos advenedizos que llegaban para invadir su territorio.

Con aire de distinción, bajó las escaleras rápidamente, y desde el ventanal que da a la galería, logró ver de cerca de uno de los extraños. Contrario a lo que creyó, se trataba de un joven. Era bastante alto y delgado, con el cabello oscuro y desordenado, no parecía muy fuerte y sus actitudes distaban bastante de lo que se esperaba para un rústico trabajador. Sorprendida, pudo ver que el muchacho sacaba un lápiz y un papel de entre sus ropas y eligiendo uno de sus rincones favoritos, se dispuso a dibujar la vieja vajilla que se arrumbaba sobre la otrora mesa de bodas.

Aquella imprevista actitud la descolocó en su arrogancia y debió esmerarse para no demostrar su real interés en ver lo que el joven estaba dibujando. Con paso displicente y haciendo gala de su mejor cara de indiferencia se arrimó lo suficiente como para lograr ver aquel pedazo de papel, y para completar su actuación, como si no estuviera el tanto, le increpó sobre cuál era le motivo por el que estaba allí.

Tal cual lo había pensado el muchacho se mostró nervioso por haber sido sorprendido de esa forma, y mientras lograba ver, con disimulo, los bocetos, Ada se deleitaba para sus adentros incomodando aún más al visitante. Apenas ver los borradores, comprendió que aquel extraño compartía con ella la capacidad de comprender cuánta belleza había en esos restos de loza, sucios y añejos, que para los ojos de cualquiera serían sólo basura.

Cuando estaba por hallar una excusa para iniciar una conversación, alguien llamó al muchacho, quien con torpe cortesía se despidió apurado, dejándose olvidado uno de los dibujos. Sin que él se diera cuenta, Ada escondió entre sus ropas aquel trozo de papel y sin perder sus aires de dignidad, se apresuró a entrar para poder ver tranquilamente lo que el extraño había comenzado a dibujar.

No era mucho lo que había avanzado, tan sólo unos trazos insinuantes y el sombreado más detallado del relieve de una jarra cuyo diseño ella adoraba. Sólo con eso decidió que debía tener la oportunidad de conocerlo un poco más… sólo con eso y con lo que recordaba de su mirada… despejada y profunda… sin mezquindades.

- Buena señal... - dijo para sí misma y sin pensarlo dos veces subió hacia el piso alto, al dormitorio de su tía, a quien, como acostumbraba, sería fácil convencer para que decidiera lo que ya ella había decidido: hacer que aquel pintorcito regresara. Quería tenerlo otra vez frente a ella, para seguir palpando su mirada; comprobar que no fue casualidad que dibujara lo que a ella más le gustaba… sabía que las reglas del cosmos no eran insondables; el destino parece ser caprichoso pero tiene sus reglas y para aceptarlas, primero hay que entenderlas… por lo menos así pensaba ella y ahora estaba decidida a volver a ver a quien había conseguido alejarla de su propia contemplación.

Había algún fuerte motivo para que esa mañana su tía quisiera hacer limpiar los jardines y había también una fuerte razón para que aquel joven de bella mirada se detuviera a dibujar lo que siempre ella contemplaba… sin duda era sí… y ella lo descubriría.

Cuando la criada se alejó con la nota de invitación que ella misma escribiera a pedido de su tía, su corazón experimentó una extraña sensación de regocijo… algo que no recordaba haber sentido nunca y que la inquietaba agradablemente.

La tarde siguiente, cuando el timbre sonó, ella se sobresaltó hasta casi brincar de su silla. Trató de calmarse, y desde la ventana de su cuarto contemplaba, con gran satisfacción, que, con paso bastante nervioso regresaba, esta vez con aspecto algo más cuidado, el jardinero devenido a artista que el día anterior había descubierto.

Calculó los minutos que estimó eran necesarios para que el invitado subiese las escaleras y llegara al hall del primer piso. Intencionalmente aguardó otro tanto para que con la espera, aumentara el nerviosismo del joven y así, el suyo propio pasara desapercibido; además, desde niña le habían enseñado que no es recomendable precipitarse y demostrar sus urgencias y sentimientos, siendo muy conveniente actuar con calma y mucha mesura.

Cuando ya no pudo soportar más la tensión, abrió la puerta de su dormitorio y se dirigió a recibir al joven invitado, esforzándose por no demostrar el gran interés y alegría que le provocaba su presencia. Además, esa actitud era una especie de prueba hacia él: había decidido que si el interés y la atracción entre ambos era mutua, él debería interpretar la verdadera razón de la conducta de ella, en apariencia fría, pero por dentro muy atenta a cada uno de sus gestos. Si él era quien ella esperaba, su poca sociabilidad no debía predisponerlo en su contra, aunque fuera contradictoria, esa actitud debería inspirarle toda la compasión que alguien sensible debería sentir frente a una persona tan necesitada de afecto como ella.

Caminando unos pasos delante de él sintió que su sola presencia lo perturbaba, y eso la complació… su vanidad de incipiente mujer se regocijaba con saberse grato motivo de inquietud masculina.

La voluptuosidad de la habitación de su tía terminó de maravillar a su invitado y Ada se alegró al comprobar que, lejos de espantarlo, toda esa sobreabundancia de formas y colores lo maravillaba e inspiraba.

Sólo cuando el joven se vio arrastrado por el ímpetu de la danza de la anfitriona, Ada temió por la inoportunidad del brote de locura de su tía, que aunque inofensiva, llegaba a desubicar con sus arranques a cualquiera, aún a ella misma, que la conocía en profundidad.

Cuando llegó el momento de posar para el retrato, Ada fingió estar muy molesta por la sugerencia de la tía, cuando en realidad había sido ella misma quien se lo propusiera el día anterior. Indecisa, no supo cuál debería ser el ángulo que mostraría a su retratista, pero se calmó cuando, con suavidad y apenas un gesto, el muchacho le indicó qué postura debía mantener.

Cuando el lápiz comenzó a dibujar, ella sintió que con cada trazo, alguien o algo la acariciaba, no superficialmente, sino por dentro, en la profundidad de su ser doliente y triste. Con cada sombreado de su perfil, ella comprendió que el artista lograba interpretar con claridad cada una de las huellas que el dolor y la soledad le habían estampado en su piel de niña. Supo que al reflejar en el papel la hondura de sus ojos, él conseguía comprender el por qué de cada una de sus descortesías y lejos de ofenderse, al saber sus reales motivos, él se enternecía más y más, llegando a tocar, casi, con su lápiz y su alma, la verdadera naturaleza de la suya.

La experiencia la dejó indescriptiblemente nerviosa e inquieta. Al terminar el retrato y al despedirse de la anfitriona, ella quiso que él le dedicara una mirada… algo especial que le dijera; - te he conocido; me ha gustado lo que vi – pero a pesar de su intención, sus miradas no lograron cruzarse más que un instante mientras su tía lo despedía, complacida, y le recomendaba a ella que lo acompañara hasta la puerta.

Cuando iban saliendo, un fuerte impulso la hizo cambiar el recorrido y sin pensarlo dos veces condujo a su invitado al lugar más especial de su reino: la fuente de aguas doradas… ese mágico sitio donde el agua se trastocaba en oro líquido por los rayos del sol que penetraba por el techo de vidrio.

Sintió que ese impensado paseo era del agrado de su invitado y mientras apuraba el paso, se dio cuenta que nunca le había dicho su nombre… -Soy Ada… sin “h” y sin alas..– dijo, y por primera vez aquella frase no le sugirió agudeza e ingenio, más bien sintió que la exponía totalmente a merced de su interlocutor y que al escucharla sabría, sin lugar a dudas, de su carencias y su necesidad imperiosa de ser amada.

Eso la descolocó. Se sintió por primera vez vulnerable y mientras bebía, presurosa de aquella agua dorada buscando aplacar esa nueva sed que sentía más allá de su garganta, encontró otra vez aquella mirada límpida… franca …sin malicia… que le brindaba toda la calma y el cobijo que siempre buscara y que por fin tenía frente a frente.

Tuvo entonces la certeza de entender la razón por la que, la mañana anterior, su tía quiso hacer limpiar los jardines y supo también cuál fue el motivo por el que aquel joven de bella mirada se detuviera a dibujar lo que siempre ella contemplaba… la razón primordial era la misma por la que, en ese momento, los dos jóvenes comprobaban cómo, mezclado con el agua de aquella fuente, puede llegar a ser de dulce un primer beso. 

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