Esta semana nos conduce Dorotea desde su blog proponiéndonos hablar de seres vivos contando sus impresiones. Me sumo esta vez von unos versos (las musas llegaron de esa forma). Para leer todos los aportes jueveros, dar clic aquí.
MEMORIA DE ÁRBOL
Del tiempo que fui
semilla
hoy ya no recuerdo
nada:
apenas un cielo
incierto
sesgado entre otras
ramas
-aquellas que dieron
fruto,
justo antes de procrearme-
Después, entre leves brisas
me solté de donde
estaba
soñando con otros
rumbos
fui a anidar en
tierra sana.
Caí sin saber en dónde,
junto a rio de aguas
mansas
eché con premura -entonces-
raíces en suelo blando:
henchí mi simiente virgen
agrietando mis
ropajes
implorando que fuera
fértil,
la negrura en que cavaba.
No fue corto el
desenlace
-más bien fue proceso
largo-
extendiendo mis
retoños
hacia arriba y hacia
abajo
buscando tantear el
cielo
y arraigando mi linaje.
Recuerdo que fue con
lluvia
el día que logré -a tientas-
el prodigio de
asomarme
entre granos y
terrones
persistente, me abrí
paso
al mundo que ya extrañaba.
Después, lanzado a la
vida
desde el suelo que me
anclaba
logré acodarme en el
río
entre otros que allí mismo
compartían el resguardo
de sus hojas y
ramajes.
A la par que me
ensanchaba
hacia todas
direcciones
con mis brotes
juveniles
-rebosante de follaje-
sentía que renovaba
desde el aire hasta
el paisaje.
Conforme pasaron los
años,
los hombres que vi vagando
-en fortuito
derrotero
recorriendo los
caminos-
siempre alabaron mi
sombra
como atractivo paraje.
Junto a mí, armaron
sus tiendas
y degustaron los
frutos
que brindo sin
lamentarme.
A cambio narraron
historias
y me contaron de
estrellas
que solían
contemplarme.
Cuando el sol ya despuntaba
al verlos que se
alejaban
un poco, quedaba
triste
y otro poco con
nostalgia:
no es bueno sentirse solo
aunque se crezca
plantado.
Uno espera que lo amen
y que lo evoquen por
algo:
ya sea por su
espesura
o la torsión del
ramaje
no quiere acabar su
vida
pensando que fue
olvidado.