Escrito de un tirón, luego de varios días de intentar inspirarme, aporto este texto -que pretende ser divertido- a la Convocatoria Juevera de esta semana.
Para leer todos los relatos, pasar por el blog de Patricia y Rosana.
ALLI EN EL SUELO
Aún con su nudo atado, sobre el suelo sucio de la plaza despoblada la veo. Rastro desechado de una formalidad caduca que no fue –o no quiso- ser protagonista de un suceso consensuado que salió mal, tal vez inconcluso… o quizás –¿por qué no?- felizmente descartado cuando su propósito logró vencer la barrera impuesta de la compostura.
¿De qué acontecimiento fuiste protagonista, arquetipo de la elegancia
masculina, capaz de imponer su presencia en actos solemnes en donde la incomodidad
no tuerce la voluntad de ser aceptado, camuflado o sometido? ¿Por capricho te
usaron para aparentar solvencia o, simplemente, por cumplir las normas que
apartan y excluyen? ¿Fue por sugerencia de algún comedido que apareciste en el
cuello de quien te portaba o por el impulso de ¨estar presentable¨ acorde a la
cita que alguien enfrentara por fuerza, desgracia o ilusión, cercana a un
cambio del destino?
Se me hace que fue forzada tu elemental prestancia, corbata transitoria,
apenas un guion pautado en la cuestión de aptitudes recetadas dentro del juego
de formulismos a los que uno debe someterse si pretende vivir en sociedad y
actuar en consecuencia. No estabas aún en trance de ser descartada, por lo que
se aprecia en tu rasado. No te pueblan hilachas delatoras ni han sido manchados
tus hilados coloridos. Aunque cuanto a gustos cualquier diseño podría ser cuestionable,
no podría decirse que el tuyo haya sido el causal de tu descarte: dentro de
todo resultas aceptable en cuanto a formas, colores, grafismos y tamaños. Los he
visto mucho peores. Insulsos, ridículos y hasta detestables.
Creo que fue por alivio el dramático tironeo que culminó en tu descarte. ¿Quizás
una última materia aprobada luego de fracasar en varias oportunidades? Eso justificaría
el jolgorio exteriorizado apenas escapar del examinador, arrancando de cuajo la
hipócrita obsecuencia impuesta desde una corbata. Extirparla debió gritar
rebeldía. Agitarla al viento, señal de triunfo, elixir de alegría. Bravuconear sin
recato el triunfo ante la autoridad vencida, merece la pena. Es humano. Muy entendible.
Aunque después venga el problema de tener que dar explicaciones a quien pagó o
prestó el corbatín descartado, que se destiñe ahora bajo el sol con miedo a ser
pisoteado sin consideración ni clemencia.


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