Esta semana, con una propuesta bastante alocada, Roxana nos convoca a escribir sobre dioses en situaciones inesperadas. Mi aporte resultó algo más extenso de lo sugerido, pero juro que no pude recortarlo más sin que perdiera sentido. Espero sepan disimularlo.
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(imagen tomada de la red)
HAY UN DIOS EN MI SANDWICH
Hacía ya cuatro días que no comía
casi nada. Apenas un puñado de almendras halladas fortuitamente en el fondo de
su mochila iba siendo el único sustento que venía racionando sin lograr calmar
el gruñido de su estómago. Afortunadamente todavía contaba con un poco de agua para
calmar la sed que ya agrietaba su garganta. Sin rumbo y totalmente desorientado
en medio de aquella inmensidad de arena, el hombre presentía que su muerte sería
inminente.
La pesadez de sus músculos crecía
a medida que su piel ardía y se llagaba. Se escuchó llorar implorando un poco
de sombra mientras en silencio se preguntaba cuál habría sido su pecado para
culminar así sus días.
De repente la vio: recortada
sobre el horizonte, una palmera. Desesperado por la necesidad de sombra avanzó
como pudo hasta que logró alcanzar aquel tronco esbelto coronado por un
maravilloso penacho de hojas arqueadas y verdes que parecían querer abanicarlo.
Esbozando una sonrisa se dejó cobijar por esa anhelada frescura mientras se
gratificaba con un sorbo del agua que ya se acababa.
Entrecerró sus ojos buscando olvidar
el ardor de la piel inflamada. Afiebrado, se le dio por pensar en un sándwich:
un tentador pan dorado y crujiente, abundantemente untado con mayonesa, exuberante lechuga fresca, tomates deliciosos exudando su jugo sobre tres capas de queso
tierno y otras tantas del mejor jamón serrano. Para conjugar aún más sabores, rebanadas
de palta bañadas en limón y encima, exquisita cebolla caramelizada rebozando
aquel manjar soñado.
Al abrir sus ojos resecos por la
deshidratación, no atinó a reaccionar. Justo delante de él, bajo la envolvente
sombra de esa preciosa palmera, sobre una pequeña mesita de caoba cubierta con
mantel de encaje, aguardaba -tal cual lo había imaginado- su exquisito
sándwich, espectacularmente acompañado por una helada pinta de cerveza.
El grito de felicidad se le
atragantó a la vez que se abalanzaba sobre aquella maravilla recién fantaseada.
El extra de la cerveza helada se agradeció con creces mientras sus lagrimales
marchitos lograban hacer brotar una lágrima de regocijo.
Reconfortado a más no poder,
intentó ir atando cabos para comprender lo que estaba sucediendo… pero no lo logró.
Menos aun cuando, desde el trozo de sándwich que quedaba sobre el plato,
escuchó –estupefacto- una voz concisa y firme que le revelaba que era el mismo
Dios quien, mediante esa estratagema, buscaba hablarle a su conciencia.
Fue en ese instante en que supuso
que se había vuelto loco. Pero no. Pese a su incredulidad inicial, Dios
continuaba manifestándose desde aquel impensado recurso en medio del desierto.
Lo primero que quiso comentarle
al iniciar la charla fue que debía tratar de desprenderse de todo lo que antes
había escuchado sobre su Persona. Que no era un Él, ni un Ella, pero si le
venía más cómodo podía interpretarle como mejor le pareciera. No era fundamental
eso y no ponía restricciones a la forma en que lograra percibirle cada quien que
quisiera nombrarle. Al fin de cuentas el ser humano va armando su propia
construcción mental de lo que le rodea y le fue otorgada la libertad de
intentar aproximarse a la Verdad como mejor pudiera. Lo importante era su
sincera intención de comprender, pese a que lo Absoluto escaparía siempre a su
entendimiento.
Le habló más tarde de las
infinitas variantes que fuera ensayando para hacerse presente en la realidad
humana: a través de zarzas ardientes, desde una columna de humo, corporizándose
como paloma, aleteando como flamas flotantes, o como ahora, desde ese sándwich.
¿Por qué no? No es menos válido ni menos digno, le aclaró. El poder de la
Creación es inabarcable e infinitas resultan ser las aristas de su
manifestación. Lo importante es que de alguna manera advirtamos que su fuerza
creadora es consciente de las necesidades de sus criaturas y que, debido a su calidad
omnipresente, puede percibir hasta el latido más sutil de cualquier individuo.
Otro tema del que quiso conversar
poniendo mucho énfasis fue en la necedad de creer que de la humanidad depende
el destino de la Naturaleza. Craso error devenido de suponer que aquí abajo
somos especiales, con capacidad para alterar el equilibrio que está establecido
en forma inmanente. La Naturaleza puede perfectamente prescindir de una especie
y seguirá siendo igualmente armoniosa -le explicó- capaz de regular sin
esfuerzo el intrincado equilibrio de los seres vivientes. El destino de la Vida
va mucho más allá de lo que puedan obrar los humanos, aunque en el balance de
voluntades, a la hora de determinar qué ha aportado o restado cada quien
durante su existencia, todo importa -aún el más leve gesto de empatía o
resistencia- le comentó.
En fin. La charla fue larga y muy
fructífera. Sobre todo para el aturdido sobreviviente que intentaba, con cada
palabra, ir desatando la encrucijada de sus pensamientos ante la inmensidad de
la infinita Sabiduría que se le revelaba en aquella soledad… o al menos jugaba
a revelarse frente a su perplejidad, todavía irresuelta ante lo que quedaba del
apetitoso sándwich.