Junto al mar, en una isla de pescadores casi desierta, al
pie de un acantilado se levanta desde siempre la casa que fuera de sus abuelos
y él heredara de sus padres. Todo lo que conoce como raíces se yergue allí,
entre esas pobres paredes de madera y piedra.
Mientras las olas bravías estallan sobre las rocas de la
costa y su mirada se pierde en el horizonte,
su enjuta figura de viejo solitario insiste en aferrarse a los pocos
recuerdos felices labrados en su memoria. Alguna vez él fue también padre…y su
hijo, su única esperanza.
Lo vio crecer, hacerse hombre adentrándose con él en ese mar
que aprendió a entender y respetar, como sus ancestros. Después otro joven, más
descontrolado, más impetuoso, más altanero, acabó con su vida en el breve lapso
en el que el alcohol desvela las más oscuras bestias interiores.
El tiempo que ha pasado desde entonces no ha amortiguado ni
su dolor ni su angustia… más bien los ha convertido en otra cosa, más
siniestra, más impiadosa, menos confesable.
Este viejo pescador que solía ser pacífico y medido, parte ahora
hacia el interior de su isla, hacia lo profundo de un bosque remoto, donde habitan
apenas algunos otros solitarios hundidos en sus propios silencios.
Uno de ellos, recluido en una rústica cabaña, agazapado entre
sus culpas, alimenta los fantasmas de una lejana noche nefasta. No sabe que este
otro hombre –un padre destruido- ahora
va hacia él dispuesto a hacer lo que equívocamente llama justicia…y no resulta
ser más que una indigna venganza.
Más relatos vengativos, en lo de Teresa.





