NAVIDAD BLOGUERA

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CERCARE E TROVARE, un blog de entretenimiento

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FIGURA Y FONDO

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sábado, 31 de marzo de 2012

CUANDO A LOS RELOJES SE LES DABA CUERDA

Inspirándome en el texto de Julio Cortázar del post anterior, algo propio:









Hubo un tiempo en que a los relojes se les daba cuerda. Los televisores se encendían pocas horas y con imágenes en blanco y negro. La radio estaba presente y era grata compañía. Los saludos se enviaban con postales y las cartas de amor llegaban desde lejos y en sobre estampillado.

Hubo un tiempo en que jugar en la calle no implicaba peligro. Las veredas lucían rayuelas dibujadas con tizas, no era raro ver chicos en cuatro patas jugando a las figuritas. El que tenía coche era casi casi un potentado. Los kilómetros marcaban las distancias y mudarse al extranjero suponía una despedida definitiva.

Hubo un tiempo en que la gente solía hacer visitas por la tarde o los fines de semana y se servía té con masitas o torta hecha especialmente en casa. Las noticias llegaban con retraso. La palabra empeñada era palabra santa y ser deshonesto estaba mal visto.

Hubo un tiempo en que las siestas eran moneda corriente. Los padres llegaban a casa al mediodía, se almorzaba todos juntos, se descansaba una hora y luego volvían a trabajar en jornada discontinua. Había médicos de familia, uno sólo trataba y conocía desde el más viejo al más chico.

Hubo un tiempo en que los domingos la gente comía pastas amasadas por la abuela, suficiente para toda la prole que llegaba con sus hijos. Se festejaba en familia se discutía sin odios y se gritaba en compañía, haciéndose mala sangre a la hora de los partidos.

Hubo un tiempo en que la luna era tema de enamorados. Ni se pensaba que era satélite ni menos que un día se la pisaría. Los tocadiscos portátiles resultaban la novedad. Amenizaban las fiestas bailables en casa de alguno de la barra, con la presencia paterna cercana, siempre atento para controlar.

Recuerdo con mucha nostalgia esa época…no porque haya sido mejor, sino porque yo era distinta…o igual, pero recién estrenada…y los sueños estaban intactos, la verdad me parecía una sola y era una enormidad el tiempo que tenía por delante…

Para cuando los relojes tenían cuerda...


Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj (Julio Cortázar)

(imagen hallada en la red, desconozco el autor)

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

miércoles, 28 de marzo de 2012

ESTE JUEVES UN RELATO: La fiesta de mi pueblo


Para este encuentro juevero no he podido recurrir a contar algo sobre fiestas locales de mi ciudad, ya que casi nada tenemos por aquí que sea tradicional y merezca contarse. Al menos, a mí no se me ha ocurrido, por lo que otra vez recurro a la ficción para aportar a esta nueva convocatoria.




LA FIESTA DE MI PUEBLO

No hay casi nada en este pueblo. Apenas unas casonas blancas, un molino y un río que según la época, más parece arroyo. El bosque, alrededor, demarca con precisión lo que es dentro y afuera a la hora de hacer recuento, y hay más gente durante el día allá en el campo que andando por sus callejas de sombra y piedra.
Las aspas del molino, en su rotar perpetuo no detiene su marcha ni su queja más que cuando el frío alcanza a trasmutar en hielo su fluir de aguas.

La gente aquí es silenciosa, temerosa de todo y bien discreta. No gusta de jolgorios ni de festivales que alegren un poco el transcurrir monótono de sus días. No saben de bailes ni de música ni de competencias entretenidas. Nunca han puesto excusas para divertimentos. Ni en grupos ni en familia, parece que aquí las fiestas nunca han sido bienvenidas.

Si fuese quizás la causa de tal frugal modo de vida alguna relación marcada con costumbres, religión o doctrina, uno quizás lo aceptaría como argumento válido, o al menos, lo comprendería. Pero no hay, al parecer, norma alguna que regule la distensión y el festejo ni ponga límite moral a lo que en tantos otros pueblos sirve para la interacción y el encuentro, a la vez que reafirma año a año la identidad colectiva.

Ha sido por esto, por conmiseración quizás con todas estas almas ateridas que este año he propuesto a mis amigas celebrar aquí nuestro encuentro anual. Llegarán ellas de todos los otros pueblos, de los más recónditos puntos del mapa para sumarse con su presencia a lo que será una ceremonia inaugural. A partir de ahora podrá decirse a ciencia cierta que este pueblo tendrá también su fiesta tradicional, su festejo característico.

He propuesto que la reunión mayor sea en el bosque, en medio del claro principal muy cerca del desvío del río, allí donde el crujir del molino añade a la negritud de la noche su crac crac característico. Allí abundan los sapos, ingrediente sustancial para el inicio del rito. Crecen robustas –según lo he comprobado- también allí la mandrágora, setas varias y muérdago cetrino. La belladona aroma con su encanto toda la ribera oriental del río, por lo que conviene que la procesión final se traslade hacia allí con sus antorchas llevando la leña para la fogata, el incienso, los brebajes y las unturas. Allí los asistentes entonarán con alegría sus cánticos bañándose en los rayos de la luna llena y en el momento final, la meiga principal montará el macho cabrío dando así oficialmente iniciado el aquelarre.


Más relatos en lo de Manuel.

INFAMIAS






















Se me hace duro
a veces
de asumir el mundo.

Me aterra y lastima
lo que es perverso
y cuece
los dolores
de los más humildes.

Se me hace duro
siempre
contemplar lo injusto.

La miseria humana
inmisericorde
que mata
y castiga
a quien menos tiene.

Dónde están
los justos
a la hora que anuncian
sentenciar sin jueces?

Dónde están
los justos
cuando sin preguntas
nos dejan sin leyes?

martes, 27 de marzo de 2012

ROSTROS




En los rostros






de esa gente pasajera
se adivina
de su suerte
el semblante.
Van alegres

los que encuentran una mano,

un amor
o un destello
de esperanza.
Van desechos

los que no hallan por delante

ni una flor
o un rincón
que contenga
sus nostalgias…

lunes, 26 de marzo de 2012

DE LUNAS, LUCES Y REFLEJOS


 

(imagen tomada de la red, desconozco el autor)


Desde el fondo de aquel pozo
solitaria y olvidada
sobre el agua temblorosa
con vergüenza se espejaba
una luna que en silencio
-en menguante y resignada-
contemplando a la otra luna,
por su suerte suspiraba:

-No es real esta belleza
que desprendo en  mi reflejo-
-No me es propia esta luz,
y mi rostro, es casi nada-

Entre estrellas de aquel negro
e infinito firmamento
-conmovida por el llanto
del reflejo que miraba-
en lo alto, la otra luna,
su secreto confesaba:

-No es la nada ese fulgor
que temblando da tu cara,
tiene,  en eco, también luz
tu hermosura reflejada.
Aunque propia no es mi aura
(da por cierto que es prestada)
ni de lejos soy la dueña
de este encanto destellado.
Es  de otro esta luz
que me tomo yo prestada.
Lo que vale, amiga mía
es si el fulgor (ya sea propio,
personal o reflejado)
ilumina a quien la ve
y lo hace con sustancia.
Lo que importa es que es belleza
e ilumina, esta luz que espejamos-

No alumbra solamente
quien irradia de su luz
con  talento destellante.
También vale la virtud
replicada en concordancia.

sábado, 24 de marzo de 2012

PESE A TODO


(Imagen: Congreso, Guadalupe Lombardo)

A 36 años de un golpe de Estado como el sufrido aquí en Argentina, pese a las inconsistencias, las injusticias, las disidencias, los errores, las corrupciones, las revanchas, los favoritismos, las expectativas incumplidas, las postergaciones, las traiciones, las carencias, las lentitudes, los retrocesos, las idas y venidas, los manejos turbios, las alianzas, las rupturas, los acuerdos, los desacuerdos, los incumplimientos, las imposiciones, las transiciones, los divagues, las informalidades, las diatribas, los discursos huecos, los reclamos, las exigencias, las divergencias, los desaciertos, las infamias, las trampas, las trivialidades, las arengas, los maltratos, las discusiones, las desinversiones, la inercia y las inocultables contradicciones de los gobiernos que sucedieron desde entonces, pese a todo y sosteniéndonos en los puntos fuertes que vamos construyendo (nadie puede adjudicarse en forma exclusiva ese patrimonio) la Argentina sigue avanzando en el camino de la democracia y reivindicando su derecho a opinar y disentir dentro de los canales que se ha sabido dotar.

Hay mucho por hacer y otro tanto por deshacer pero aún con sus enormes falencias, la democracia sigue siendo el mejor sistema del que disponemos y preservar en la memoria el recuerdo de lo que no debió ser y nunca más debería repetirse, debe ser prioridad a la hora de seguir construyendo futuro.

miércoles, 21 de marzo de 2012

ESTE JUEVES, UN RELATO: Dèja vú


 

Mi relato: El templo de las reiteraciones perpetuas.

Luego de tres días perdido en esta jungla laberíntica, al fin mi sueño parece estar a punto de concretarse. Al pie de lo que espero sea la Gran Pirámide –la espesura de la selva no me permite ver lo que debería ser la cúspide- intento descubrir los secretos que pueda advertir en el muro pétreo.

Mis  dedos sigilosos palpan la piedra tallada buscando alguna punta que me permita descifrar los enigmas escondidos tras los petroglifos. El sol del mediodía se filtra entrecortado entre las capas superpuestas de árboles y bejucos y apenas consigo reconocer algunos signos misteriosos de los que no logro extraer significados.

Una curiosa sucesión de parciales percepciones me resultan ya vislumbradas, una especie de adelantos encriptados de lo que está por venir… pero lejos de darle importancia, se me ocurre que quizás el agotamiento físico está ya haciendo estragos en mi mente y mi capacidad reflexiva.

Ascendiendo un poco sobre la pared levemente inclinada que se alza ante mí, con gran esfuerzo logro ver el detalle de un sobrerrelieve labrado con gran virtuosismo: un rostro humanoide de aspecto intimidante muy similar al que encontramos en aquel monolito en medio de la jungla antes de ayer, justo antes que los guías huyeran espantados sin siquiera darme explicaciones. Sobresale allí, en lo alto de la pared rocosa, sin dudas buscando desalentar con su presencia a eventuales visitantes indeseados.

Por supuesto esos primitivos recursos no funcionan conmigo, que he llegado hasta aquí después de cientos de intentos fallidos, infinidad de penurias, y un extenuante viaje más que accidentado. En medio de este calor sofocante que aprieta sin piedad hasta las entrañas, creo estar ya inmunizado para sobrellevar cualquier clase de contratiempo. Por ser como soy, todas esos incontables inconvenientes no han logrado desanimarme, todo lo contrario, han hecho que la búsqueda de este tesoro logre motivar -desde hace veinte años- cada día de mi vida.

Luego de beber con ansias el último trago de agua que porta mi cantimplora, me lanzo hacia lo alto con fuerza renovada.

Aferrándome a la roca escarpada con toda la fuerza de la que son capaces mis dedos, logro subir hacia el borde superior de lo que resulta ser un sólido basamento de piedra basáltica de dimensiones descomunales.

Abriéndome paso a fuerza de machete entre el espeso follaje que envuelve el segundo nivel  de lo que ya confirmo es una gigantesca construcción, voy rodeando con cuidado la piedra milenaria, apartando ramas y espesura.

Al fin llego hasta el comienzo de una empinada escalinata que asciende –sobrecogedora- hacia la cima de lo que sin duda alguna vez fue templo de dioses y misterios. La enorme ansiedad por llegar al corazón de sus secretos desborda el mío. Mis latidos se aceleran más y más confundiendo fiebre con emoción y regocijo.

Con esfuerzo sobrehumano consigo trepar los últimos escalones escondidos tras el manto protector de la selva abigarrada. Al fin logro ver el majestuoso  espectáculo del pináculo de la pirámide que al parecer culmina en una pequeña sala de muros aventanados. Hacia allí trepo sacando fuerza de flaquezas, especulando sobre las maravillas que habrán de compensar mi titánico esfuerzo.

Inconscientemente sigo siendo fiel a mi añeja costumbre de contar con precisión matemática todo lo que en rítmica sucesión se cruce en mi camino. Han sido mil veintidós los altísimos escalones que he debido trepar, pero al fin me hallo en la torre. Pienso que debe haber un motivo para esa caprichosa cifra, pero no me dejo llevar por conjeturas apresuradas.

Es breve el tiempo que le dedico a contemplar desde lo alto al intrincado paisaje selvático que acabo de atravesar. Mis ansias de oro son muy superiores a mi interés de naturalista. Apenas me doy tiempo para reponer mi ritmo respiratorio y sin más, me lanzo a atravesar la única puerta que ocupa la pared del fondo de la pequeña sala. No hay hoja que cierre el vano pero la oscuridad no me permite ver que hay tras de él.

Sobre el dintel, mostrando otra vez su gesto amenazante, reconozco a la misma figura esculpida en el basamento y en aquel monolito perdido en la jungla. Sin duda se relaciona con la deidad que allí veneraban los antiguos.

Apenas traspasar lo que supuse limitaba un sitio cerrado, me sorprende hallarme otra vez en medio de vegetación enjundiosa.

Mis  dedos sigilosos palpan lo que resulta ser otra gigantesca piedra tallada poblada de los mismos petroglifos que intenté en vano antes descifrar. El sol ardiente se sigue filtrando entrecortado entre las capas superpuestas de árboles y bejucos y apenas consigo distinguir algunos signos misteriosos de los que no consigo extraer significados.

Una nueva sucesión de parciales percepciones se me presentan como ya vislumbradas, lo que me confirma que no es el agotamiento físico lo que las provoca. Evidentemente se trata  de alguna advertencia que en mi mente espera ser dilucidada.

No tengo ahora ni un sorbo de agua que calme la sed implacable que me quema por dentro. Aferrándome a la roca escarpada con toda la fuerza de la que son capaces mis dedos, logro subir hacia el borde superior de lo que resulta ser otro sólido basamento de piedra basáltica de dimensiones descomunales. Me abro nuevamente paso a fuerza de machete entre el espeso follaje que rodea el segundo nivel  de lo que resulta ser otra gigantesca construcción que se alza hacia lo alto. Voy bordeando con cuidado la piedra milenaria, apartando ramas y espesura.

Al fin llego hasta el comienzo de lo que es una nueva empinada escalinata que asciende –sobrecogedora- hacia la cima de lo que aún no alcanzo a ver. La infinita ansiedad por llegar al fin al corazón de sus secretos, desborda el mío. A estas alturas, la lógica de la sucesión de espacios ha perdido para mí su habitual sentido.

Mis latidos se aceleran más y más, fundiendo la fiebre con apenas rastros de lo que fueran emoción y regocijo. Con esfuerzo sobrehumano consigo trepar los últimos escalones escondidos tras el manto protector de la selva infinita. Incrédulo, logro ver el majestuoso  espectáculo de otra gran pirámide que -como su antecesora-  culmina en una pequeña sala de muros aventanados.

Hacia allí trepo sacando fuerza de flaquezas pensando en los tesoros que al fin habrán de compensar mi titánico esfuerzo.

Sigo contando con precisión matemática lo que en rítmica sucesión se me cruza en mi camino. Han sido esta vez mil veintiuno los escalones que he debido trepar, pero al fin me hallo en la torre del pináculo. Tengo la certeza que no es para nada caprichosa esa cifra, y me atrevo a conjeturar que se halla ya enlazada a mi destino.

Esta vez el desasosiego no me da tiempo, ni para contemplar el paisaje,  ni para regocijarme por la eventual cercanía del oro y los tesoros.

La misma figura tallada en aquel monolito perdido en la jungla y en los distintos puntos de la primera pirámide me observa otra vez desde el dintel del único portal que se abre en la pequeña sala. Tampoco aquí la oscuridad me permite ver qué se oculta tras el vano, pero esta vez estoy seguro que habrá una nueva jungla con nuevos petroglifos tallados en piedra y otra gran pirámide –esta vez con una escalinata de mil veinte escalones- aguardándome impertérrita para que los escale… entregado, ya como estoy- sin posibilidad de escapes ni retornos- a su intrincado y tramposo juego de reiteraciones perpetuas.


Más relatos sobre dèja vú en lo de Carmen

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