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lunes, 8 de diciembre de 2008

MIS TRILOGÍAS - Segunda Parte







Pequeña historia sobre unos ojos azules

Había una vez una mujer de bellísimos ojos azules a la que desde su más tierna infancia la vida había castigado intensamente: huérfana de ambos padres desde sus cinco años, fue a vivir con unos tíos que no la trataron bien, más bien la hicieron sentir como una extraña, una agregada a la familia que en realidad nadie quería.

Por ese motivo a los quince decidió marcharse con el primer muchacho que le ofreció algo de fantasía. Pero muy pronto descubrió que de la fantasía no se come, y poco a poco se vio hundir cada vez más en un destino de desencantos y humillaciones.

Sucesivamente pasó por varios brazos, buscando alguien que en verdad la quisiera, alguien que no sólo amara su cuerpo, bello desde siempre, ni su juventud, que en poco tiempo terminó por marchitarse detrás de esa mirada azul que nunca encontró donde espejarse.

Después de varios años e historias mal nacidas terminó detrás de la barra de un bar de barrio, herencia ésta que obtuvo después de estar casada un par de años con un hombre hosco y mucho mayor que ella, que la dejó viuda y afortunadamente sin hijos.

Ya descreída totalmente de la vida, había perdido la ilusión de un mañana distinto y mucho menos de comenzar una nueva historia con alguno de los muchos parroquianos que se le insinuaban. Ninguno de ellos la miraba como ella soñaba, viéndola por dentro, íntegra, a través de esos ojazos azules que tanto le alababan.

Una tarde como todas, cuando el sol de los últimos días del invierno calentaba los pasos de los muchos paseantes, uno de ellos, discreto y muy distinto a todos “los don nadie” que estaba acostumbrada a atender, cruzó la puerta y fue a sentarse en una mesa junto a la ventana.

Era un hombre muy pulcro, correctamente vestido - se diría alguien que trabaja con números, por lo detallista en su vestimenta- pensó. De entrada su aspecto la intrigó, la sedujo de una manera desconocida, se sintió curiosa e inquieta por averiguar más sobre su vida.

Cuando el mozo se dirigió hacia él para tomarle el pedido, el hombre se mostró cortés y educado, muy distinto a esos insolentes y mal encarados que solían frecuentar aquel bar.

Mientras el extraño se acomodaba entretenido en sus pensamientos, la mujer intentó imaginar cómo sería su vida, qué sueños tendría, que intereses, qué música le gustaría escuchar…

Mientras el hombre ojeaba el diario, el mozo le acercó un café, el parroquiano agradeció cortésmente y se dispuso a disfrutarlo tomando el pocillo con tanta elegancia que llamaba la atención.

Al ver que se trataba de alguien tan educado, la mujer quiso demostrarle su cortesía, acercándole el servilletero que el mozo se había olvidado de llevarle. En el momento que se acercó, vio que los ojos de aquél hombre se detenían en los suyos, con una mirada tan tierna como nunca antes había conocido.

Aquellos ojos grises que se detuvieron en los suyos parecieron quedar extasiados, como si por toda una vida se hubieran estado buscando. Desde hacía años la mujer no había temblado de emoción ante la cercanía de un hombre, desde hacía años sus ojos no se habían poblado de estrellas como en ese instante, ni tampoco una sonrisa suya brotó tan radiante.

Notó que el hombre se emocionaba como ella, pudo ver en su mirada que era así, pudo sentir que sus almas podían haberse tocado en aquel momento, embelesados por el aroma del café que los envolvía como en un embrujo. No tenía ninguna duda de que ella también lo había impactado.

No quiso resultar muy obvia ni parecerle una mujer fácil, así que sin dejar de sonreírle volvió hacia el mostrador y pretendió acomodar las tazas y lustrar las bandejas que ya antes había lustrado. Pero pese a su esfuerzo, no podía dejar de mirarlo con picardía, como lo hacen los niños cuando son descubiertos en una travesura.

Por una fracción de segundo sintió que sus mejillas se sonrojaban como hacia siglos no sucedía, por una fracción de segundo se sintió joven, se sintió cautivante y extrañamente, con ganas de serlo.

Su corazón se apresuraba a latir, pensando que tal vez el desconocido se acercara y le preguntara algo, cualquier cosa, como excusa para iniciar una conversación y así poder descubrir un poco más a quien le había despertado aquellas sensaciones que creía perdidas hacía tiempo.

De repente, el parroquiano llamó al mozo y pidió la cuenta. Estuvo a punto de arrimarse para ser ella misma quien dijera unas palabras que lo hicieran quedarse conversando, pero qué???. .no se le ocurría nada apropiado que no despertara sospechas sobre sus intenciones, no quería parecer una desesperada que salta sobre cualquier desconocido.

Debía esperar, debía ser él quien hablara…y esperó, esperó cuando el hombre se levantó y con elegancia recogió sus cosas, esperó cuando retiró la silla para abrirse paso, esperó cuando pasó frente a ella dirigiéndose a la puerta, creyó que era el momento cuando él la miró y con un gesto y sin palabras le dedicó ese saludo, tan amable, tan poco frecuente entre aquellos toscos que la rodeaban habitualmente, y volvió a esperar cuando antes de salir, el hombre pareció estar dispuesto a voltear y venir hacia ella…pero no lo hizo…y en cambio, se dirigió a la calle… todavía iluminada por el sol del final del invierno, y mientras se escuchaba cantar una calandria, el hombre se alejó en silencio, para ya no volver…




(continuará)




3 comentarios:

Penélope dijo...

Lo vuelvo a leer y me vuelve a emocionar.
Esta fue una historia muyyyy bonita, de esas que te sacan los mejores sentimientos. Ainss...suspiro!


Un besito


P

Cardenal Farenas dijo...

jejeje hace un rato veo que la publicaste y me dije, regreso y la leo con calma. Sobra decir que es espectacular que tus dotes de relatora están con mayúsculas en toda esta segunda parte! Genial!!

Ahora, voy a la tercera que acabo de ver que ya la subiste ¡bien!!!

Bendiciones trípticas

César dijo...

Preciosa tu segunda historia, y totalmente real, me hizo recordar más de una ocasión en que deje pasar de largo el tren por indecisión, miedo, timidez...Y cuantas veces me arrepentí y soñé como pudieron ser las cosas de haber dado un paso adelante

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