
Intentar adivinar sus pensamientos es casi inútil. La hermeticidad de sus cavilaciones es tal que uno llega a suponer que no es humano, que se ha quedado seco su cuerpo por la inexistencia de sentimientos y espíritu.
Pero a pesar de lo que trasunta no es así. Es real su soledad, es profunda su pena y no poder expresar a nadie sus pesares y recuerdos concluye siempre en más desencanto.
Allá lejos quedó lo que alguna vez fue. Niño, al fin, como todos, intentando ser feliz en su inocencia. Pero la vida le quitó el alma como una espina, tronchando en su desilusión lo poco de bueno que pudo haberle florecido.
Joven murió su inocencia y a la par creció su venganza. Sin piedad buscó hacer justicia por mano propia y en cambio sólo halló más huecos roídos en su interior.
Hoy, después de siglos de angustiosas postergaciones ha venido hasta aquí intentando arriar su pena. Si no puede hallar escape para esa oscuridad que lo habita, ha decidido poner punto final a lo que sólo siente como una prolongada espera.
Siente la brisa que lo despeina con desgano. Aspira como despedida una última bocanada de aire frío.
Hacia el hondo agujero de su interior se arroja, desde lo alto de esa torre sin sueños. Ha sido grande, su culpa nunca curada, tan grande como el dolor que la fue pariendo.
Y mientras se aplasta en un estallido final su enemigo más íntimo, acaba de comprender que es sólo él quien en realidad se muere.