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sábado, 18 de abril de 2015
jueves, 16 de abril de 2015
MI RELATO JUEVERO DE ESTA SEMANA: Dueto de inspiración
(Otra vez gracias, Rodolfo!)
A verdad
o consecuencia jugaban en la escuela y en ese
tiempo, ella, aún a riesgo de ser descubierta en su vulnerabilidad, siempre
elegía “verdad”, con tal de no tener que someterse al impiadoso peligro de la
“consecuencia”, que, sabía, casi siempre resultaba ser terrible y nefasta.
Sintió desde siempre miedo a las secuelas
indeseadas, miedo al qué dirán, miedo a salirse de la raya, miedo a la
libertad, miedo a la vergüenza de ser despreciada. Miedos
y culpas rigiendo su camino, condicionando su
paso tan limitado como vacío. Nada de sustancia,
sólo insostenible apariencia señalando la
prioridad de lo que se espera deba ser y hacer uno, postergando el significado
del verdadero sentimiento.
El destino
o el azar o su inexperiencia, o la indescifrable
combinación esos ingredientes provocaron un día que su vida diera un vuelco
definitivo: usada y abandonada se sintió desfallecer.
Padeció otra vez la ley
implacable de causa y efecto
poniéndola al filo de las decisiones trascendentes: una vida por nacer, tan
indeseada como ella misma sentía ser en esos momentos.
Apelar al olvido, desear borrar de su memoria
la responsabilidad que llevaba a cuestas, esos deseos la condujeron, sin
proponérselo, hasta las vías del tren que ya llega.
Un paso hacia el vacío, sólo eso
y su destino y sus problemas se diluirían en la inmensidad de la nada. Un
segundo de inconsistencia, un segundo de abandono y todo terminaría… sólo eso
necesitaría. Nada más.
Pero había algo más: otro corazón
latiendo al unísono con el suyo. Uno nuevo, aún no nacido, un fuerte impulso
hacia la vida cobrando fuerza en su interior, haciendo que otra vez -como en su
infancia en aquel juego con riesgos- tuviera que optar.
Esta vez eligió ambas: Verdad y consecuencia,
y en lugar de arrojarse hacia la nada, se subió hacia la esperanza, decidiendo
que valía la pena arriesgar.
El resto de los relatos participantes, en el post anterior.
miércoles, 15 de abril de 2015
ESTE JUEVES UN RELATO: Duetos de inspiración
¡Ya comienzan a llegar los relatos! Gracias a tod@s los que se animaron a dejarse llevar por las musas y así sumarse al reto juevero y otro "gracias" muy especial para Rodolfo, que además de la imagen de cabecera de la convocatoria, también nos prestó la imagen que utilicé para armar los enlaces a cada blog.
HISTORIAS EN PARALELO Parte final (la misma historia contada desde otro ángulo)
Parte
3:…Y UN DÍA DECIDIÓ ENLOQUECER
Quiso
detener el tiempo en el instante previo al momento en que su mundo se derrumbara:
su gran amor, en apenas un segundo, se transformó en despecho y ese rápido
viraje de sentimientos fue mucho más de lo que su ya vulnerable corazón podía
soportar y entonces, para escapar… decidió enloquecer.
Determinó
que el reloj no moviera más sus agujas, que ningún extraño invadiera aquel
rincón de su mundo, que nadie tocara las huellas de la que casi fue su gran
noche, que el planeta entero siguiera en otra frecuencia y que ella, aquella
que una vez fuera joven, aprisionara el paso del tiempo en su puño, a su
antojo… como capricho de la niña malcriada que había sido.
Y
así sucedió. No fue difícil. Sólo empezar… y después, la línea que se cruzó una
vez, desaparece y la lógica y la razón se transforman dejando paso a una blanda
fantasía que rodea al cuerpo de quien ya no está… o mejor dicho, de quien
decide dejar de estar en este mundo de trampas y mentiras, miedos, estafas e
infidelidades. Alguna vez supo lo que fue la esperanza… alguna vez creyó… pero
aplastaron su fe los que en secreto traicionaron su amor y su corazón.
Pero
a pesar que ella se empeñara en no enterarse, el tiempo (implacable tirano) seguía
andando fuera de los imprecisos límites de su irrealidad. Y aunque ella no lo
quisiera, su ya adquirida liviandad se interrumpió ante unos ojos celestes de
niña abandonada por la suerte y ese día, su locura le permitió entreabrir los
ojos a la compasión.
Decidió
entonces que se permitiría compartir sus días. Decretó que no fuera tan
implacable la evasión.
La
vio crecer, la vio transformarse. La vio ocultarse tras aquella máscara de
hastío frente a todo aquel que quisiera acercarse a su pequeño corazón herido y
así, como en autocastigo, resignarse a ser reina-niña en aquel mundo de locura
y fantasía que un día su pobre tía rica inventara para su propio dolor.
Desde
que la mujer lo comprendió, quiso cambiar ese destino que ella misma creara,
ese camino que conocía por mil veces recorrido.
Su
amor por la pequeña no reconocía las fronteras entre lo real y lo imaginario,
entre la razón y lo absurdo… era a prueba de todo, para todo terreno, sin
medida ni opción.
Cada
día en que el sol se asomaba recordando que otra vez amanecía, ella se
esforzaba por resolver los acertijos que su mente entretejía buscando hallar la
salida del laberinto de su sinrazón. Lo haría sólo por la niña. Porque la
quería y no deseaba verla como ella misma, enredada entre lo real y lo fatuo
como ilusión de libertad elegida.
Mientras
buscaba esa brecha, mientras insistía en retornar, los ojos de aquella niña solitaria
se instalaban más y más en su corazón malherido, consistiéndose ellos como el
único lazo que quedaba atándola al mundo exterior.
En
sus largas charlas entre tía y sobrina en las que compartían sueños reales y
fingidos, ella descubrió que la niña se estaba transformando casi en su propio reflejo.
En su reflejo. Pero ¿cuál?... ¿el que le agradaba, sobrevolando los rincones de
sus ruinas? ¿o el que detestaba y se aparecía de repente, en los espejos
golpeándola sin pudor y con saña desnudándola en su ridiculez de vieja insana y
vulnerable?
Esa
incertidumbre la inquietaba… la arrancaba de improviso de su calma y sus
andanzas de eterna juventud anestesiada.
¡No
quería que Ada se le pareciese tanto!... no quería que sufriera como ella… no
quería tampoco que ignorara, por miedo o por despecho, la caricia del amor en
su más puro grado de existencia.
¿Cómo
haría entonces, pobre vieja absurda, para deshilvanar la que fuera una historia
sin promesas? En sus raptos de lucidez y lozanía solía pedir al cielo por la
oportunidad justa para desandar el camino que la niña hiciera de su mano trastornada.
Esperaba que allí arriba Alguien la escuchara y aunque ignoraba la forma en que
debería acontecer, estaba convencida que algo casi mágico estaba a punto de cruzarse
por sus vidas.
Una
de esas mañanas en que el sol retornaba de sus noches, la despertó el canto de
un pájaro desconocido… o tal vez no… quizás alguna otra vez lo había escuchado
pero por lejano ya ni lo recordaba. De improviso y con impensada decisión se
levantó y llamó a su criada: esa mañana decretó el final del duelo, el inicio
de una nueva era… dio la orden para que se contratara a un jardinero que
limpiara y desbaratara todo el intrincado juego de ramas, años, recuerdos y
fantasmas que allí abajo, desde aquel fatídico día, ella decretara conservar.
Sus
manos temblaban de nerviosismo, inusual en su personalidad caprichosa. Se
mostró firme y decidida cuando la joven protestó por tal arbitrariedad… eso
significaba acabar con su refugio, con su mágico reino de soledades. Procuró no
dejarse llevar por la mirada de incrédula niña avasallada; hizo un tremendo
esfuerzo por mantenerse allí, un paso afuera del límite acostumbrado. Y lo
logró. Impuso su decisión incomprensible para cualquiera que la conociera sin
sus cabales.
Al
día siguiente salió otra vez el sol, aquel que le marcaba los ritmos naturales
y desde el ventanal de su cuarto, ensimismada, contempló, no sin derramar
lágrimas, a los extraños que llegaron para desmontar el teatro de sus
nostalgias.
Vio,
como un presagio, que uno de ellos, el más joven, contemplaba casi con amor
aquellas ruinas trasnochadas y esa fue la señal que –entendió- le enviaba el
destino. ¡Sería así, entonces!.. ¡Sería así como iba a pasar! No se había
equivocado… y cuando al rato la joven subiera pretendiendo ocultar aquello que
no comprendía todavía, ella fue feliz… otra vez… sin dudas ni espejismos… recordando
lo que era posible sentir y alguna vez, ella misma había sentido.
Tras
la invitación a un té (pobre justificación para algo tan grandioso como lo que
el destino había urdido), ella comprobó otra vez que era ya la hora que su
querida sobrina retronara al mundo real, al bueno… al que había abandonado
cuando el paso de la muerte hizo de la pequeña un alma acongojada.
Su
felicidad fue tal que por un momento lo irreal la volvió a atrapar en su magia
de añoranza y envuelta en música y fantasmas se dejó llevar, liviana, en un
vals que, alegre, la fue transportando.
Aunque
el retorno fue abrupto y algo indiferente, recordó enseguida cuál había sido la
suerte que aquel día maravilloso de octubre, aquel galán de ojos oscuros había
concretado.
Se
complació al ver la inquietud adolescente de Ada y la ternura de aquellos ojos anonadados
que la contemplaban. Pensó que no siempre el final es injusto y que a veces las
historias de amor culminan (y se inician) con luces y estrellas engalanadas.
Cuando
los dos jóvenes, novatos en amores, se alejaban juntos hacia la tarde, ella
espió, como furtiva, desde lo alto del balcón de su torre encantada… y los vio…
desde lejos… y se estremeció como ayer, al ver cómo se besaban, mientras el
amor, con tinte dorado, se divertía en jugar con el agua que brotaba.
HISTORIAS EN PARALELO 2ª Parte (la misma historia, contada por otro personaje)
Parte 2: ADA... SIN “H” Y SIN ALAS…
Siempre
pensó que decir esa ocurrencia cuando le preguntaban su nombre era una buena
forma de provocar una sonrisa en su interlocutor y así romper su imagen de niña
caprichosa y consentida que, sabía, proyectaba en los demás.
A
pesar de tener clara conciencia de que su manera de ser no ayudaba a hacer
amigos, su primera actitud al conocer una persona siempre era de rechazo y
menosprecio. Quizás esa respuesta fuera un recurso inconsciente para mantener
las distancias y protegerse, temiendo ser ella quien fuera rechazada. Algo así
le había explicado aquel psicólogo que desde muy pequeña le habían obligado a
visitar. Todo venía a causa de la muerte prematura de sus padres y de verse, de
improviso, sola en un mundo hostil que antes le había parecido bello y
acogedor.
Hija
única, heredera de una gran fortuna, debió aceptar ir a vivir con una casi
anciana tía, medio loca, que vivía en un pueblucho lejos de la Capital donde
ella había nacido. Hacía ya tres años que habitaba en aquella mansión ruinosa a
la que, con el tiempo, pasó a adoptar como su reino personal, solitario y
enigmático… como ella misma. Su extravagante tía, montada en el límite entre la
locura y la fantasía a causa de un matrimonio fallido, la recibió con los
brazos abiertos.
De
inmediato, entre ambas, se generó un fuerte vínculo de mutua comprensión,
aceptando una de la otra sus miedos, complejos y tristezas. Ambas se reconocían
mucho en común. Necesitadas de afecto, abandonadas de distinta manera por sus
seres más queridos, decidieron refugiarse en aquel rincón del mundo donde nadie
las juzgaba y donde su particular fantasía las liberaba de los muchos dolores
conque la vida las había golpeado. Su educación estaba, la mayor parte del año,
en manos de profesores particulares, pero durante los meses de verano, sus días
se extendían ante sus ojos dentro del límite que le imponían los muros de la
que fue una lujosa mansión y que ahora se poblaba con los fantasmas y las
huellas del tiempo. Lejos de aburrirse, tenía la maravillosa virtud de
extasiarse en sus pensamientos, logrando casi volar cuando leía un buen libro o
recorría los rincones de su fantástico mundo de hojarascas, bosque y musgo.
Un
mañana, distinta de las habituales, su tía decidió que era hora de llamar a un
jardinero para hacer una limpieza a fondo en los jardines de la mansión. Desde
un primer momento ella se opuso. No le hacía muy feliz que algún extraño
viniera e invadiera su reino particular, además, consideraba que quitar los maravillosos
restos de lo que había sido la causa de la locura de su tía iba a hacer que
aquel lugar perdiera el extraño hechizo que tenía para ella. Pese a su opinión,
la extravagante mujer, en un raro momento de lucidez, decidió que la limpieza
debería hacerse y que no cabían los reproches.
Desde
la ventana de su cuarto Ada vio que dos extraños atravesaban el portón de
entrada y que luego de recibir las instrucciones de la criada, se dirigirían a
saquear y destruir los tesoros de su lugar encantado. Eso la terminó de
perturbar y en uno de sus habituales impulsos dignos de una princesa
contrariada, decidió bajar y ver de cerca aquellos advenedizos que llegaban
para invadir su territorio.
Con
aire de distinción, bajó las escaleras rápidamente, y desde el ventanal que da
a la galería, logró ver de cerca de uno de los extraños. Contrario a lo que
creyó, se trataba de un joven. Era bastante alto y delgado, con el cabello
oscuro y desordenado, no parecía muy fuerte y sus actitudes distaban bastante
de lo que se esperaba para un rústico trabajador. Sorprendida, pudo ver que el
muchacho sacaba un lápiz y un papel de entre sus ropas y eligiendo uno de sus
rincones favoritos, se dispuso a dibujar la vieja vajilla que se arrumbaba
sobre la otrora mesa de bodas.
Aquella
imprevista actitud la descolocó en su arrogancia y debió esmerarse para no
demostrar su real interés en ver lo que el joven estaba dibujando. Con paso
displicente y haciendo gala de su mejor cara de indiferencia se arrimó lo
suficiente como para lograr ver aquel pedazo de papel, y para completar su
actuación, como si no estuviera el tanto, le increpó sobre cuál era le motivo
por el que estaba allí.
Tal
cual lo había pensado el muchacho se mostró nervioso por haber sido sorprendido
de esa forma, y mientras lograba ver, con disimulo, los bocetos, Ada se
deleitaba para sus adentros incomodando aún más al visitante. Apenas ver los
borradores, comprendió que aquel extraño compartía con ella la capacidad de
comprender cuánta belleza había en esos restos de loza, sucios y añejos, que
para los ojos de cualquiera serían sólo basura.
Cuando
estaba por hallar una excusa para iniciar una conversación, alguien llamó al
muchacho, quien con torpe cortesía se despidió apurado, dejándose olvidado uno
de los dibujos. Sin que él se diera cuenta, Ada escondió entre sus ropas aquel
trozo de papel y sin perder sus aires de dignidad, se apresuró a entrar para
poder ver tranquilamente lo que el extraño había comenzado a dibujar.
No
era mucho lo que había avanzado, tan sólo unos trazos insinuantes y el
sombreado más detallado del relieve de una jarra cuyo diseño ella adoraba. Sólo
con eso decidió que debía tener la oportunidad de conocerlo un poco más… sólo
con eso y con lo que recordaba de su mirada… despejada y profunda… sin mezquindades.
-
Buena señal... - dijo para sí misma y sin pensarlo dos veces subió hacia el
piso alto, al dormitorio de su tía, a quien, como acostumbraba, sería fácil
convencer para que decidiera lo que ya ella había decidido: hacer que aquel
pintorcito regresara. Quería tenerlo otra vez frente a ella, para seguir
palpando su mirada; comprobar que no fue casualidad que dibujara lo que a ella
más le gustaba… sabía que las reglas del cosmos no eran insondables; el destino
parece ser caprichoso pero tiene sus reglas y para aceptarlas, primero hay que
entenderlas… por lo menos así pensaba ella y ahora estaba decidida a volver a
ver a quien había conseguido alejarla de su propia contemplación.
Había
algún fuerte motivo para que esa mañana su tía quisiera hacer limpiar los jardines
y había también una fuerte razón para que aquel joven de bella mirada se
detuviera a dibujar lo que siempre ella contemplaba… sin duda era sí… y ella lo
descubriría.
Cuando
la criada se alejó con la nota de invitación que ella misma escribiera a pedido
de su tía, su corazón experimentó una extraña sensación de regocijo… algo que
no recordaba haber sentido nunca y que la inquietaba agradablemente.
La
tarde siguiente, cuando el timbre sonó, ella se sobresaltó hasta casi brincar
de su silla. Trató de calmarse, y desde la ventana de su cuarto contemplaba,
con gran satisfacción, que, con paso bastante nervioso regresaba, esta vez con
aspecto algo más cuidado, el jardinero devenido a artista que el día anterior
había descubierto.
Calculó
los minutos que estimó eran necesarios para que el invitado subiese las
escaleras y llegara al hall del primer piso. Intencionalmente aguardó otro
tanto para que con la espera, aumentara el nerviosismo del joven y así, el suyo
propio pasara desapercibido; además, desde niña le habían enseñado que no es
recomendable precipitarse y demostrar sus urgencias y sentimientos, siendo muy
conveniente actuar con calma y mucha mesura.
Cuando
ya no pudo soportar más la tensión, abrió la puerta de su dormitorio y se
dirigió a recibir al joven invitado, esforzándose por no demostrar el gran
interés y alegría que le provocaba su presencia. Además, esa actitud era una
especie de prueba hacia él: había decidido que si el interés y la atracción
entre ambos era mutua, él debería interpretar la verdadera razón de la conducta
de ella, en apariencia fría, pero por dentro muy atenta a cada uno de sus
gestos. Si él era quien ella esperaba, su poca sociabilidad no debía
predisponerlo en su contra, aunque fuera contradictoria, esa actitud debería
inspirarle toda la compasión que alguien sensible debería sentir frente a una
persona tan necesitada de afecto como ella.
Caminando
unos pasos delante de él sintió que su sola presencia lo perturbaba, y eso la
complació… su vanidad de incipiente mujer se regocijaba con saberse grato motivo
de inquietud masculina.
La
voluptuosidad de la habitación de su tía terminó de maravillar a su invitado y
Ada se alegró al comprobar que, lejos de espantarlo, toda esa sobreabundancia
de formas y colores lo maravillaba e inspiraba.
Sólo
cuando el joven se vio arrastrado por el ímpetu de la danza de la anfitriona,
Ada temió por la inoportunidad del brote de locura de su tía, que aunque
inofensiva, llegaba a desubicar con sus arranques a cualquiera, aún a ella
misma, que la conocía en profundidad.
Cuando
llegó el momento de posar para el retrato, Ada fingió estar muy molesta por la
sugerencia de la tía, cuando en realidad había sido ella misma quien se lo
propusiera el día anterior. Indecisa, no supo cuál debería ser el ángulo que mostraría
a su retratista, pero se calmó cuando, con suavidad y apenas un gesto, el
muchacho le indicó qué postura debía mantener.
Cuando
el lápiz comenzó a dibujar, ella sintió que con cada trazo, alguien o algo la
acariciaba, no superficialmente, sino por dentro, en la profundidad de su ser
doliente y triste. Con cada sombreado de su perfil, ella comprendió que el
artista lograba interpretar con claridad cada una de las huellas que el dolor y
la soledad le habían estampado en su piel de niña. Supo que al reflejar en el
papel la hondura de sus ojos, él conseguía comprender el por qué de cada
una de sus descortesías y lejos de ofenderse, al saber sus reales motivos, él
se enternecía más y más, llegando a tocar, casi, con su lápiz y su alma, la
verdadera naturaleza de la suya.
La
experiencia la dejó indescriptiblemente nerviosa e inquieta. Al terminar el
retrato y al despedirse de la anfitriona, ella quiso que él le dedicara una
mirada… algo especial que le dijera; - te he conocido; me ha gustado lo que vi –
pero a pesar de su intención, sus miradas no lograron cruzarse más que un
instante mientras su tía lo despedía, complacida, y le recomendaba a ella que
lo acompañara hasta la puerta.
Cuando
iban saliendo, un fuerte impulso la hizo cambiar el recorrido y sin pensarlo
dos veces condujo a su invitado al lugar más especial de su reino: la fuente de
aguas doradas… ese mágico sitio donde el agua se trastocaba en oro líquido por
los rayos del sol que penetraba por el techo de vidrio.
Sintió
que ese impensado paseo era del agrado de su invitado y mientras apuraba el
paso, se dio cuenta que nunca le había dicho su nombre… -Soy Ada… sin “h” y sin
alas..– dijo, y por primera vez aquella frase no le sugirió agudeza e ingenio,
más bien sintió que la exponía totalmente a merced de su interlocutor y que al
escucharla sabría, sin lugar a dudas, de su carencias y su necesidad imperiosa
de ser amada.
Eso
la descolocó. Se sintió por primera vez vulnerable y mientras bebía, presurosa
de aquella agua dorada buscando aplacar esa nueva sed que sentía más allá de su
garganta, encontró otra vez aquella mirada límpida… franca …sin malicia… que le
brindaba toda la calma y el cobijo que siempre buscara y que por fin tenía
frente a frente.
Tuvo
entonces la certeza de entender la razón por la que, la mañana anterior, su tía
quiso hacer limpiar los jardines y supo también cuál fue el motivo por el que
aquel joven de bella mirada se detuviera a dibujar lo que siempre ella
contemplaba… la razón primordial era la misma por la que, en ese momento, los
dos jóvenes comprobaban cómo, mezclado con el agua de aquella fuente, puede
llegar a ser de dulce un primer beso.
lunes, 13 de abril de 2015
HISTORIAS EN PARALELO
Con motivo del interés despertado a causa del texto publicado para este pasado encuentro juevero, transcribo en forma completa el primero de los tres relatos que narran la misma historia según el punto de vista de cada personaje. La idea surgió a consecuencia de una película basada en un cuento de Dickens, Great Expectation. Mañana subiré la segunda parte y el miércoles la que corresponde a la visión del tercer personaje.
Espero les guste y no les resulte demasiado largo.
Espero les guste y no les resulte demasiado largo.
HISTORIAS EN PARALELO
Parte
1: UN EXTRAÑO PARAISO
Era
un pueblo con mar. Manu recién cumplía los catorce y ya ansiaba levantar vuelo.
Conocer nuevos rumbos…despegar con el viento.
Desde
que tenía memoria vivía con su hermana en una casucha cerca de la playa,
sobreviviendo como podían. Apenas recordaba a su madre y de su padre sólo tenía
una foto gastada.
Pasaba
sus horas mirando los pescadores y dibujando los cangrejos, peces y pájaros que
solía contemplar con la avidez de quien está dispuesto a maravillarse con la
variedad de las formas, los colores y las líneas que regala la Naturaleza.
Su
talento en el dibujo era algo instintivo, explorado en soledad, abriendo todo
su espíritu para ser capaz de entender aquello que está por detrás de las
formas. Lograba captar no tanto la exactitud fotográfica de lo que dibujaba
sino aquello que pocos logran ver pero que todos presienten. Cualquier trozo de
papel que caía en sus manos, la arena de la playa, una madera arrojada por el
mar, todo era usado como excusa y testigo de su afición al dibujo.
Para
sobrevivir, se las arreglaba ayudando al viejo jardinero que trabajaba en las
grandes mansiones de la colina, rincón del pueblo que contaba con la mejor
vista y escondía grandes misterios.
Entre
las viejas casonas sobresalía una… la de aspecto más tétrico y abandonado, pero
sin duda la que siglos atrás había sido la más lujosa. Sobre su dueña, desde
que él recordaba, se decía que estaba loca. Muchas historias fantásticas se
tejieron alrededor de su persona pero una de todas las que había escuchado le
pareció desde siempre la más confiable: la mujer, había sido en su juventud,
una de las herederas más solicitadas, con infinidad de pretendientes que se
diputaban su belleza y fortuna. Sólo uno había logrado despertar el amor y la
pasión de la otrora bella joven quien perdiera la razón el mismo día de su
boda, cuando el novio decidió huir con su mejor amiga. Desde aquel funesto día,
la mujer renunció a todo contacto con el exterior, sumergiéndose en sus
fantasías y su despecho, dedicándose a sobrevivir en su locura. Con los años,
sus padres y demás familiares fueron muriendo quedando solamente una sobrina
que desde muy pequeña fue recibida en aquella mansión de tristeza y
abandono.
Manu
nunca había transpuesto aquellas enormes rejas de hierro ni el inexpugnable
muro que rodeaba la propiedad. A pesar de ello siempre se sintió especialmente
atraído por aquel mundo irreal que adivinaba era su interior y en sus tardes de
exploración y dibujo más de una vez se vio tentado de reproducir las volutas y
los festones de aquel magnífico portal.
Un
día, el deseo de conocer lo que realmente había tras de aquellos muros se hizo
realidad: el viejo jardinero con el que trabajaba había recibido el encargo de
desmalezar el enorme parque que rodeaba la vieja casona, por lo que ambos se
dirigieron hacia allí, no sin bastante recelo por lo que podrían hallar.
Cuando
el viejo se anunció haciendo sonar el timbre del portal, alguien desde el
interior accionó un mecanismo de apertura y las enormes hojas del portón se
abrieron con un chirrido casi escalofriante. Ante los atónitos visitantes, una
frondosa selva desordenada se interponía entre la entrada y el viejo caserón.
El bosquejo de lo que sin duda fuera el sendero principal apenas se abría paso
bajo un enmarañado techo de enredaderas desprolijas y secas. Varios árboles
añosos se abrían camino hacia el sol, sin duda buscando alejarse de aquel
jardín que más parecía un cementerio.
Avanzando
entre el lodazal que se había formado entre la espesura, los dos visitantes se
aventuraron hasta llegar a la vieja mansión, tan descuidada y tétrica como el
exterior que la rodeaba.
Una
vieja criada que apenas susurraba entreabrió la puerta principal y le dio al
viejo jardinero las instrucciones del caso. Mientras el viejo se ponía de
acuerdo en los pormenores, Manu aprovechó para detenerse en los detalles de
aquella casa que sin duda, en otra época, había albergado grandes lujos.
Lo
que fueran magníficos vitrales hoy sólo eran vidrios sucios tapizados de mugre
acumulada y de hojas resecas. Los bancos del jardín parecían sepulcros vacíos
poblados de fantasmas, y bajo la pérgola lateral que daba hacia lo que había
sido un pequeño lago artificial, se veían apenas, bajo un espeso manto de hojas
muertas y moho, los rastros fastuosos de lo que parecía haber sido una gran
fiesta. Varias mesas cubiertas por harapos de manteles raídos quedaban aún
luciendo los restos de una valiosa vajilla totalmente destruida por las
inclemencias del tiempo. Las mudas estatuas aumentaban la sensación de dolor
perpetuo. Parecían llevar ahí siglos, mudos testigos de lo que por algún motivo
que no alcanzaba a comprender, le producía una extraña atracción.
Aprovechó
que la discusión entre criada y jardinero se extendía bastante y tomando la
libreta que siempre llevaba consigo, se puso a garabatear sus dibujos, tratando
de imitar los restos inquietantes de lo que alguna vez fuera una gran fiesta.
Con su natural destreza logró captar toda la rancia belleza de aquellos
cadáveres de loza y cristal arrumbados sobre la mesa mugrosa, mientras danzaba
al viento el mantel desgastado, luciendo el antiguo encaje a modo de mortaja
perpetua.
Abstraído
por aquella singular imagen Manu no notó que unos inquietantes ojos lo miraban
con desprecio. El crujir de unas ramas al romperse le advirtió que alguien o
algo se ocultaba entre las sombras de aquella jungla encantada. Sobresaltado,
dejó de dibujar, buscando infructuosamente aquella presencia que, sabía, lo
observaba.
No
sin sorpresa descubrió que una chica de más o menos su edad lo contemplaba con
marcada insolencia desde el fondo de la galería. Por educación, la saludó con
la cabeza, casi sin pronunciar palabra. La joven, disimulando su interés,
apenas avanzó unos pasos y lo increpó con soberbia preguntando qué estaba
haciendo allí. Notablemente nervioso, Manu se esmeró en responder explicando el
motivo por el que allí se encontraba, pero pronto se dio cuenta que en realidad
a la muchacha no le interesaba su justificativo, sino que esa era la mejor
excusa que había encontrado para acercarse a ver sus dibujos.
Con
mucha displicencia y fina elegancia la hermosa joven se le acercó sin perder el
aire de superioridad que brotaba de cada uno de sus poros y sin aparentar
brindarle mucha atención, su mirada se posó en los inacabados dibujos que Manu
intentaba ocultar.
El
llamado del viejo jardinero interrumpió aquel mudo duelo de miradas y el novel
artista se retiró luego de saludar con cortesía.
Mientras
doblaba sus papeles el corazón de Manu se aceleró al punto tal de hacerle
temblar la voz cuando intentó explicar su retraso. Aquellos ojos claros y
provocadores habían atravesado de una vez y para siempre su corazón recién
estrenado.
La
tarde transcurrió completa entre ramas secas, hojas crujientes y podadoras, y
por más que se esforzaba no lograba apartar su pensamiento de aquella
hermosísima mirada color agua.
Cansado
y bastante sucio, cuando se encontraba guardando las herramientas que estaban a
su cargo, la vieja criada se le acercó sin pronunciar palabra y extendiendo
hacia él su mano le entregó un fino papel rosado impregnado en sutil fragancia
femenina.
Sorprendido,
tratando de no ensuciar aquella joya con sus manos terrosas, lo abrió y
descubrió que se trataba de una nota. Las dueñas de casa le habían hecho una
formal invitación para tomar el té la tarde siguiente encomendándole que
trajera también los implementos para realizar un retrato.
Cuando
se dispuso a pedir detalles, la criada ya había dado por completada la misión y
se retiró hacia el interior de la mansión, cuidando de cerrar fuertemente la
puerta de servicio.
Esa
noche, al llegar a su casa, le comentó a su hermana la extraña experiencia en
aquella casa y la invitación que le habían hecho. Notoriamente sorprendida,
quien fuera casi su madre desde que la verdadera muriera, le recomendó que no
dejara de asistir a aquel evento tan inusual.
Sabía
que aquella excéntrica millonaria era muy rara y que no solía invitar a nadie a
su casa, menos aún a un novato artista-jardinero totalmente desconocido. Así
mismo le sugirió que fuera cauteloso y prudente porque sabía que cualquier
actitud que la dama encontrara fuera de lugar sería motivo suficiente como para
que le hiciera pasar un mal momento.
Evaluando
los pros y los contras, Manu decidió aceptar la inusual invitación, seguramente
alentado por la idea de volverse a encontrar frente a frente con la portadora
de aquella inolvidable mirada.
Esa
mañana se levantó inquieto deseando que el reloj acelerara su paso y enseguida
se cumpliera la hora en que retornaría a aquella mansión detenida en el tiempo.
Ese extraño ambiente entre tenebroso y magnífico le atraía enormemente y
cobraba una nueva claridad cuando en las escenas de sus sueños recordaba a la
también mágica anfitriona.
Por
fin llegó la hora, y vistiendo su humilde ropa de domingo, tomó sus lápices y
el mejor papel del que disponía y se encaminó hacia la ruinosa mansión.
A
los pocos minutos de tocar el timbre, las enormes hojas del portón de hierro se
abrieron sin que él tuviera que explicar de quién se trataba. Con paso firme
recorrió otra vez aquel sendero umbroso poniendo esta vez más atención en
observar lo fantasmagórico que resultaba conservar por tanto tiempo los restos
de aquel fatídico y lejano banquete. Adivinaba la intención de quien por dolor
y despecho perdiera la razón y pretendiera detener el paso del tiempo en el que
fuera quizás, su último momento de felicidad.
Se
le ocurrió pensar que había también en ello mucho de auto castigo, porque
condenarse a ver por siempre a aquellos restos debería ser una tortura muy
difícil de sobrellevar.
Cuando
se detuvo frente a la puerta principal,
la criada le indicó el camino hacia el piso superior sin pronunciar siquiera
una palabra.
Apenas
transpuesto el umbral, Manu sintió que otra vez su corazón iba más aprisa que
sus pies, urgido por ascender esa escalera fantástica que parecía unir la
pesada y dolorosa estancia en el suelo de los recuerdos con la grácil y etérea
luminosidad de la fantasía y de la locura.
La
cúpula de cristales multicolores que coronaban el hall del piso superior estaba
semi oculta por cantidades imposibles de hojarascas y mugre acumulada por
siglos, pero aún así conservaban el maravilloso poder de trastocarse por el sol
de la tarde que desbordaba su luz y calidez en aquella increíble estancia.
Bajo
ese juego de colores y cristales aguardó, inseguro, por un largo rato,
esperando que alguien viniese a recibirlo. Su inquietud se transformó en duda
pensando que quizás hubiese entendido mal las señales de la poco comunicativa
criada.
En
esos divagues estaba cuando de improviso traspuso una de los numerosas puertas
que rodeaban el hall, quien había sido la inspiración de su último sueño.
La
luz natural, que se descomponía en mil tonalidades hizo que la bella muchacha
pareciese salida de un cuento de hadas, mágica dulzura que contrastó con la
frialdad con la que lo recibió.
Poniendo
en evidencia su molestia y tras un breve - buenassss tardesssssss – que
alardeaba de sus “s” de manera de recalcar su presencia, con un mohín de su
cabeza le indicó que la siguiera.
Luego
de golpear suavemente con su puño de ángel una de las puertas, muy decidida
giró el lujoso picaporte de bronce torneado y dejó ver ante él una gran
habitación con dos grandes ventanales y cortinas de pesado terciopelo. Sobre el
valioso y abundante mobiliario infinidad de botellas de perfumes, adornos,
jades, estatuillas, lámparas de cristal tallado, abanicos, collares, libros,
antiguos discos y gran cantidad de un exagerado vestuario dieron la bienvenida
al joven que encontraba en aquellos tesoros mil excusas para justificar una
pausa e intentar reproducir aquellas formas y colores.
En
medio de aquel caótico lugar, duplicada por su propio reflejo, una excéntrica
mujer de edad indefinida bailoteaba al ritmo de una vieja canción melosa y
demodé.
Una
de esos viejos tocadiscos, que Manu sólo había visto en revistas y libros
antiguos, brindaba su melodía recortada entre las imperfecciones que le dejó
con su paso el tiempo.
En
medio de uno de los giros, la mujer, aparentemente ajena a la presencia de los
dos adolescentes tomó al muchacho por sus manos y lo sumó a su rítmica
danza.
Unos
minutos después, quizás advertida por su sobrina, la mujer se detuvo de
improviso, sorprendida por la presencia del muchacho que tenía frente a sí,
rodeando con la mano indecisa su cintura.
Casi
con rechazo, de repente lo alejó para contemplarlo, curiosa por saber la
identidad de aquel improvisado bailarín.
No
tuvo que preguntar para ponerse al tanto de quién era. Su sobrina le explicó
que se trataba del jardinero, aquél que al día anterior anduviese curioseando
por los alrededores de la casa y a quien la mujer se encaprichara en invitar a
tomar el té.
Haciendo
un esfuerzo para mostrar su desaprobación, la muchacha se sentó con pesadez sobre
uno de los suntuosos sillones de la sala, cuidándose que el muchacho se
percatara de su desdén.
Como
por arte de magia la dueña de casa pareció despertar de un sueño recobrando su
ubicación en el tiempo y su memoria, porque luego de dar la orden para que
trajesen la merienda lo encomió para que sin más trámite el joven comenzara a
retratar a su sobrina.
Como
si la tarde anterior no se hubiera percatado de la capacidad del joven artista,
la muchacha se mostró displicente, dudando de que el jardinero devenido a
dibujante tuviese el suficiente talento.
No
sin una marcada cuota de coquetería, mientras tanto, se acomodó desenfadada en
aquel poltrón de pana que debería tener tantos años como la mansión misma. Manu
se dio cuenta que la muchacha lo miraba disimuladamente en el gran espejo que
tenía frente a sí, aunque aparentaba tener otros asuntos más importantes en su
cabeza. Aquella actitud lo convenció de que en realidad había sido ella misma
quien persuadió a su tía para invitarlo. Supuso que la vanidad de una muchacha
de su posición social le impedía demostrar interés por el mediocre talento
artístico de un jardinero devenido en dibujante y quizás por eso decidió no
darse por ofendido por aquellos modos altaneros.
A
pesar de lo rústico de sus herramientas de dibujo, Manu sacó de su estuche los
lápices que había llevado y los acomodó cuidadosamente, como quien acomoda
frágiles instrumentos de precisión.
Extendió
una impecable hoja de papel blanquísimo y se dispuso a iniciar el retrato por
el que había sido convocado. No podía negar que estaba bastante nervioso.
Intentar
reproducir las formas y emociones de un rostro no es igual que dibujar un
elemento inanimado o alguna flor. Ese tema requería de un especial talento y
disposición de espíritu y el joven artista lo sabía.
Trató
de tranquilizarse y distenderse; movió con aire de profesional sus dedos para
desentumecerlos y con una particular atención se dedicó a observar en
profundidad las formas de aquel rostro entre angelical y perverso que se
esmeraba en ignorarlo.
De
improviso, sus ojos se iluminaron, sintió que descubría el hilo esencial que lo
podría llevar hacia el interior de su modelo y allí mismo comenzó el
retrato.
La
curva del perfil se reprodujo de un solo trazo. La gracia de la nariz se lució
en su curvatura. Con decisión comenzó a plasmar las líneas que definirían los
ojos y con pocos trazos logró captar la profundidad de la mirada. Ya la tenía
atrapada. Ya sabía qué buscar y poco a poco logró captarlo. Su técnica era muy
primaria pero su talento era verdadero.
No
sin que algún revelador temblor manifestara sus nervios, logró darle unidad y
expresión a la cabellera, marco perfecto para aquel rostro de rasgos finos y
delicados.
Cuando
sintió que había culminado, extendió hacia la mujer el que fuera su primer
retrato. Lo complació ver que aquella extraña dama asentía y sonreía; creyó en
ese instante que no quedaban ya rastros de lo que antes parecía locura; y
mientras de reojo, contemplaba a su bella modelo, una inigualable sensación de
satisfacción interior le invadió el corazón poco acostumbrado a aquellas
sutiles emociones.
Apenas
culminada la sesión, la joven, a pedido de su tía, acompañó a Manu hasta la
salida. En el camino, en lugar de salir por donde habían entrado, su anfitriona
decidió mostrarle otro lugar de la mansión.
Mientras lo guiaba, la joven, sin
siquiera mirarlo, le dijo de improviso su nombre: - Ada…sin “h” y sin alas…-
aclaró y sorprendiéndolo otra vez lo condujo frente a una fuente que se
encontraba en el medio de lo que alguna vez fuera un jardín de invierno.
La
belleza de aquella rubia cabellera cobró un nuevo fulgor ante la luz del sol
que se filtraba en cascada y se fundía con el agua que manaba.
Provocativa
y desenfadadamente, Ada se inclinó hacia la fuente y comenzó a beber, sedienta,
de aquella agua dorada.
Con
los ojos y apenas con un gesto, lo invitó a beber también…tentación
irresistible para un joven recién devenido en artista y en enamorado.
Cuando
se acercó a probar aquel frescor, Manu sintió la cercanía de aquellos labios
jóvenes y húmedos que se esmeraban en disfrutar sin disimulo.
Apenas
un destello de luz especial en aquellos ojos le anticipó lo que vendría…
…y
fue así, mezclado con el agua de aquella fuente, que Manu aprendió cómo puede
ser de dulce un primer beso.
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