Primera Parte: TRENZAS PRIMOROSAS
Por un instante logró verse otra vez junto a sus hermanos, jugando allá, bajo la sombra de las glicinas del patio de su casa natal y disfrutando del perfume de los naranjos recién florecidos. Los momentos más definitivos de su vida, los más queridos, los más odiados, desfilaban con inusitada nitidez frente a sus ojos. Volvió a revivir sensaciones, recordó lo olvidado, comprendió las razones de sus padecimientos…
Extenso como la llanura recordaba haber deseado que fuera el cielo de sus sueños. Pero a los quince años y en aquellos tiempos en que Rosas recién dejaba de gobernar Buenos Aires, una muchachita de buena familia como la suya no debía pensar más que en aceptar el futuro que sus padres fueran disponiendo para ella.
Recién salida de su infancia, la que se perfilaba como una particular belleza se iba dejando ver tras sus trenzas primorosas, por lo que su encanto fue rápidamente ganando admiradores entre lo más selecto de la aristocracia porteña. Por aquellos años ser bella, sumisa y portadora de un apellido respetable era la mejor tarjeta de presentación para sobresalir en sociedad y en su caso, la primera de esas cualidades superaba por mucho los atributos con los que contaba el resto de las aspirantes. Por lo menos eso era lo que siempre oyó decir y por el impacto que logró causar entre lo más granado de la aristocracia porteña debió haber sido cierto.
A pesar que su éxito social se vislumbró desde un principio, recordó con claridad la gran conmoción que se produjo en su familia el día que uno de los más grandes estancieros de la pampa húmeda se decidió a pedir su mano. Los casi cuarenta años de diferencia entre la niña y su pretendiente no fueron impedimento para que doscientas cincuenta mil hectáreas de las más ricas tierras bonaerenses resultaran argumento suficiente para que su padre aceptara casi de inmediato la solicitud del viejo potentado. Quizás también aportó lo suyo el gesto magnánimo de don Martín de Álzaga de ofrecerle a su futuro suegro el privilegio de ser, además, su albacea… pero lo cierto es que Felicitas no tuvo la menor oportunidad de discutir siquiera la crucial decisión paterna.
El negocio se cerró aquella nefasta tarde de invierno en el estudio de su padre, don Carlos Guerrero. Recordaba como si hubiese sido ayer la tristeza que la embargó cuando lo supo. A pesar de tratarse de su propia vida, nadie la consultó. Simplemente fue informada al día siguiente sobre las condiciones del acuerdo. Nada le quedó por hacer más que aguardar, llorar, y rezar para que Dios y el destino se apiadaran de ella.
Aquella inmensa amargura de no poder decidir o cambiar su suerte volvía a asomar otra vez hasta su garganta a medida que, blandamente, iba reencontrándose con esos ingratos recuerdos.
Pocos meses transcurrieron hasta que, inapelable, llegó el día de la boda. La majestuosidad de la ceremonia, los magníficos encajes, la pureza virginal de la novia, el orgullo de sus padres, la satisfacción del futuro esposo, la selecta alcurnia de los invitados, la sacralidad del rito… todo se conjugó para que aquel acontecimiento fuera el evento social más destacado del año. Lástima que la felicidad de aquella niña de dieciséis años no fuese considerada entre los preparativos a tener en cuenta.
Las campanadas de la iglesia tocaban a duelo…por lo menos así lo sintió aquella mañana…y cada vez que evocaba, muy a su pesar, el momento cumbre de su desdicha.
Por varios años, cada noche revivió una y otra vez con angustiosa lucidez el miedo inmenso que la embargó la noche de bodas. Desprovista totalmente de amparo e información, simplemente cerró los ojos y se dejó hacer, según la habían instruido. A aquella incontenible repulsión inicial le siguió, luego, la aceptación incuestionable de su destino: la inerte resignación de sus sueños.
Recordó muy bien cómo intentó volcar sus fuerzas en el consuelo de la maternidad luego que fueron destruidas sus juveniles ilusiones de amor y romanticismo. Como su madre y las demás mujeres de su estirpe buscó realizarse a través del mandato ancestral que toda esposa aspira cumplir. Pero también esa felicidad se vio truncada dos veces: un pequeño se le murió apenas dar los primeros pasos, el segundo, no alcanzó a nacer. Dolor infinito es tener que enterrar un hijo. Infierno incomparable es tener que hacerlo dos veces…
A partir de allí, la tristeza de su anciano marido por sus hijos muertos superó la alegría de tener una joven esposa…y fue así que, sin haberlo siquiera considerarlo, una luz de esperanza entró en su vida, paradójicamente, de la mano de la muerte.
Con punzante sinceridad rememoró haberse sentido culpable por aquel alivio que invadió sus días, luego que su esposo muriera. Haber enterrado seguidamente dos hijos y un marido no eran motivo para sentir que se abrían ante sí deseados horizontes…pero no pudo evitar en aquellos meses siguientes comenzar a respirar más profundo, a sentirse más ligera, como si el gran peso que venía cargando sobre su espalda hubiese por fin desaparecido.
(continuará)