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jueves, 11 de junio de 2026

CADA JUEVES, UN RELATO: MISMO AMBIENTE, A ESCRIBIR!

 Me sumo con esta historia a la propuesta juevera que nos dejan las chicas del bolg Artesanos de la palabra. Pido disculpas por la extensión del mismo, pero cuando las musas acuden, les doy gracias y recorto lo que más puedo, pero no las censuro. Gracias por su tolerancia.


EN UN RECÓNDITO SITIO


Apenas despertar, no supo dónde estaba. La rusticidad del ambiente en el que se encontraba  le resultó totalmente ajena, aunque enseguida notó que no recordaba nada de su identidad y su pasado.

Una cabaña de piedras y troncos bastante elemental servía de refugio frente al frio exterior que se apreciaba más allá de la belleza del agreste paisaje: una estratégica ventana enmarcaba los picos nevados de los alrededores como si se tratara de una obra de arte. La   majestuosidad de la naturaleza logró conmoverlo pese al estupor que aún lo paralizaba.

Se incorporó con esfuerzo, sentándose al borde del camastro intentando alinear sus pensamientos. Nada  logró más allá de establecer que sentía mucha hambre.  



Sobre la tosca mesa que poblaba la única estancia de la cabaña, una modesta mandarina lucía su dorado porte. Sobre ella se lanzó como si de un manjar exótico se tratara. A la par que la desgajaba, fue revisando meticulosamente las alacenas que completaban el equipamiento de la modesta cocina. Nada encontró allí más que ollas vacías,  algunos frascos con especias y un tercio de Chateau Alpin que paladeó con bonhomía mientras despejaba la botella de las frondosas telarañas que la cubrían.

A medida que recorría los rincones de la cabaña, notaba detalles que le hacían concluir que el lugar estaba deshabitado desde hacía tiempo: de la canilla no brotaba agua, no había leña junto a la estufa y dos pequeñas macetas junto a la ventana erguían sin orgullo los últimos restos de sus tallos secos. Y en todos los rincones mucho polvo acumulado. Polvo y telarañas. Pegajosas y persistentes enlazándolo todo con su presencia fantasmal.



Hasta un pequeño ovillo de lana abandonado entremezclaba sus hilos rojizos con la omnipresente red de babas que una puntillosa araña tejía presurosa y constante. Aquel hacendoso arácnido que parecía concentrarse únicamente en su laboriosa faena no resultó ser el único acompañante silencioso que el amnésico individuo logró divisar dentro de la cabaña.

 Entre las vigas del techo, bajo la mesa, junto a las patas de la cama, sobre el marco de la puerta, entre los cuencos de la alacena, hasta dentro de sus zapatos… decenas de pequeñas arañuelas tejiendo sus mallas con la solvencia de quien tiene en claro un único propósito.

Asqueado por  semejante compañía, el hombre comenzó a sacudir rincones arrancando telarañas y aplastando a las diminutas tejedoras. Mientras más lo hacía, más telarañas y tejedoras aparecían por doquier.

Desesperado intentó escapar de la casucha invadida por los inusitados bichos. Al abrir la puerta, un viento gélido lo detuvo en seco y lo obligó a reingresar. Nada ni nadie a su alrededor alentaba a abandonar el precario refugio.



Impotente, se limitó a narrar su situación y desdicha en las páginas de un cuaderno que encontró sobre un estante, con más de la mitad de las hojas arrancadas. Después de varias noches soñando con insidiosas arañas brotando de frutas y manjares, acuciado por el hambre y la sed y aterido de frío, el hombre se durmió… para jamás despertar.



EPÍLOGO

Varios meses después, en medio de una tormenta, otro aventurero llegó a aquella cabaña agradeciendo a los cielos por su suerte. Rendido de sueño se dejó caer sobre el camastro hundiéndose en la blandura de un ensueño que fue disipándole angustias y memoria.

Apenas despertar el hombre intentó alinea sus pensamientos pero nada logró más allá de concluir que tenía mucha hambre. Sobre la única mesa de la estancia, una modesta mandarina lucía su dorado porte. Lo que quedaba de un exclusivo Chateau Alpin terminó por tentarlo, mientras -con paciencia y bonhomía- despejaba la botella de las frondosas telarañas que la cubrían casi por completo.


2 comentarios:

Campirela_ dijo...

Qué buena historia nos dejas,lo primero que me sorprende es lo meticuloso que es el protagonista y un buen observador .
Eso sería a primera lectura, después es el relato de alguien que se quedó en esa cabaña quien sabe si retorno,al menos el epílogo así me lo da a entender.
Habrá que leer en esa libreta que letras llegó a escribir.
Un besote, feliz jueves.

Neogeminis Mónica Frau dijo...

La idea era plantear una historia fantasiosa cíclica. Una cabaña- trampa en donde las arañas reciben a sus víctimas manteniéndolas cautivas con lo básico. Al no poder escapar las víctimas se dejan morir anotando sus últimos pensamientos en ese misterioso cuaderno. Hojas q serán arrancadas antes que el próximo incauto llegue al aparente refugio y todo vuelva a repetirse. Un abrazo y muchas gracias por leer con atención Campirela

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