Me sumo con este relato a la convocatoria juevera de esta semana que Patricia y Rosana nos proponen desde su blog Artesanos de la Palabra. Pasar por alli para leer todos los aportes.
P.D
Les recuerdo que necesitamos anfitriones para organizar futuros encuentros. Ver aquí la disponibilidad de fechas.
DETRÁS DE LA REJA
Visto desde afuera el lugar le parecía un refugio. Una inesperada y grata
fortaleza aislada en medio del caos y del gentío. Una sólida construcción en lo
alto de una verde colina, oteando desde arriba la inhóspita ciudad que a todos maltrata
y expulsa. Desde allí, rodeado de paz y silencio –imaginaba- la vida sería muy
distinta a la que la gente como él debía soportar. A resguardo de todos los peligros urbanos, los
gruesos y altos barrotes delimitaban un parque inmaculado, prolijo y florecido,
procurando al interior un bello paisaje que, desde lejos y trepado al muro, vislumbraba con bastante envidia y mucha
imaginación. Nunca había visitado por dentro un sitio como aquel pero sin dudas
cada rincón del interior sería cómodo y espacioso, pleno de luz y detalles ornamentados
con gusto y delicadeza, cálido y acogedor diseñado a medida de quienes allí residían.
Afortunados todos -conjeturaba- felices y protegidos, a salvo de toda violencia
y maldad.
Vivido desde adentro el sitio resultaba ser una cárcel. Un infierno
amurallado hostil e impersonal en donde nada tenía sentido más allá de lo
obligado. Rutinas estructuradas modelando la vida de los pocos habitantes
condenados a convivir en silencio, uniformados, apáticos y obedientes, sin sonrisas
o empatía, adiestrados para no cuestionar y callar. Afuera la vida debía de ser
otra cosa –imaginaba ella- plena, improvisada, sin límites ni controles,
multicolor y diversa, sin temor a ser juzgado por atreverse a dudar. En los
pocos momentos en que lograba escapar de sus guardianes, oculta por las sombras
se arrimaba al muro inexpugnable que los aislaba del mundo exterior y
trepándose a una saliente, asomaba su mano del otro lado entre los barrotes, como
queriendo acariciar aquella libertad que no veía, pero ansiaba experimentar.
Un día, de repente y sin presentirse, su mano soñadora se topó con otra
mano igualmente curiosa que, desde el otro lado del muro osó atravesar los
barrotes de la reja que separaba sus mundos. Al principio el miedo y la
sorpresa les hicieron instintivamente retraer sus brazos, pero minutos más
tarde ambas extremidades se animaron nuevamente a cruzar el límite y con
leves roces, se atrevieron por primera vez a explorar.

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