Me sumo con esta delirante interpretación del famoso manuscrito Voynich a la convocatoria juevera de esta semana, siguiendo la propuesta que la querida Campirela nos deja desde su blog. Pasar por aqui para leer todos los textos participantes.
LAS ILUSTRACIONES DEL MANUSCRITO
Lo había conseguido. Al fin,
después de toda una vida de trabajo y concienzudas investigaciones: el
compendio de todo lo que había descubierto estaba casi listo.
Después de la elaboración teórica
descifrada a partir de todo lo observado interpretando los enmarañados vínculos
existentes entre los cientos de especies recolectadas a través de bosques,
llanos y montañas, el estudio del cielo y sus movimientos y de los flujos del cuerpo
humano, el trabajo de toda su vida -ese que quedaría como testimonio para las
futuras generaciones- estaba al fin allí, sobre su mesa de trabajo, explicado
con la mayor claridad que su pluma logró expresar.
No fue fácil la decisión de
escribir sus conclusiones en su lenguaje natal, ese dialecto tribal casi
olvidado prácticamente desconocido en las tierras que ahora habitaba. El
esfuerzo por dejarlo escrito con caracteres semejantes al aprendido en el
monasterio dentro del que venía trabajando, le agregaba un valor extra a su
legado. La intención de demostrar que
todas las variantes de la vida sobre la Tierra estaban destinadas a seguir
siendo entrelazadas hacia evoluciones futuras, se vería reforzada en ese gesto
de mezcla idiomática, expresado para la posteridad como mensaje subyacente en
su obra magna. Además, el sistema encriptado de escritura daría protección extra
al abad y a las monjas que venían arriesgándolo todo con sus colaboraciones
secretas.
Acariciando las suaves vitelas
apenas rasgadas por los cuidados trazos de su caligrafía, el viejo alquimista
imagina los folios completados por las primorosas imágenes que –pronto- la gran
ilustradora del convento se encargará de realizar entre sus letras. Con ajustados trazos y cuidados detalles la
artista reproduciría fielmente las hierbas que debían recolectarse, cómo
deberían tratarse los jugos, como así también las posiciones de los astros en
el cielo señalando el momento adecuado para realizar la inmersión, esa que venía
concretándose en baños rituales dentro del convento.
Fue casualmente que su inicial búsqueda
de la inmortalidad lo llevó a escudriñar profundamente los secretos de la
Naturaleza, dando por azar con el elixir de una renovada juventud en el que las
monjas se sumergían regularmente y a los que el abad instaba a refrendar con
rezos de agradecimiento.
No imaginó el taumaturgo, que la remozada
ilustradora -espantada por los avances de un lujurioso abad totalmente alejado
de los deberes monacales- decidiera huir antes de comenzar el trabajo.
Fue para disimular el traspié que
el propio abad –muy mediocre dibujante- tomaría por su cuenta lo que debería haber
sido laboriosa y artística tarea ilustrativa y apenas culminó siendo una superposición
poco feliz de elementales estampas.
Nota: siempre me ha llamado la
atención el contraste que se observa entre la rusticidad de los dibujos y la
cuidada caligrafía del manuscrito Voynich