Me sumo con este relato a la convocatoria juevera que, desde su blog, esta semana nos hace Mar. Para leer todos los textos, dar clic aquí.
EL PICNIC
Lo que importa es la actitud, se
dijo, y con gusto y dedicación comenzó a juntar algunas frutas maduras de un
arbusto bastante espinoso que crecía junto al risco, consiguiendo llenar el rústico
cesto hasta la mitad. Después, con la técnica que había perfeccionado a lo
largo de tantos meses infructuosos, logró atrapar tres pececitos de aspecto
sabroso que mantuvo protegidos del sol con una hoja que arrancó justo antes, cuando
trepó la única palmera hasta alcanzar el coco más grande que recordaba haber
visto nunca.
Celebró con sencilla emoción lo
generosa que se le prodigaba la madre naturaleza en ese día especial -su cumpleaños-
y dirigiéndose con presteza al punto más bello de la playa, se dispuso a disfrutar
de su picnic tal como lo había planeado.
Extendió la escueta tela a
cuadros sobre la arena y allí dispuso los comestibles recién recolectados. Se permitió
un momento de íntima satisfacción antes de comenzar el ritual de paladear sus
manjares, contemplando con regocijo la magnífica vista que desde allí, la inmensidad
del océano le brindaba. Se sintió pleno, afortunado, esperanzado. Y esos
pensamientos lograron revitalizar su ánimo, bastante alicaído durante las últimas
semanas.
Con sincero gozo fue saboreando
uno a uno los pececitos que asó sobre la fogata trabajosamente montada,
después, una a una las carnosas frutas, que a esa hora le supieron a mieles, todo
oportunamente regado con el agua de coco que calmó su sed bajo el sol tajante. Justo
antes del atardecer, se decidió a disfrutar del mar, nadando tranquilamente por
un largo rato, dejándose llevar por las olas dóciles que rompían en la orilla. Después,
juntó los restos del festín y se felicitó por la insólita ocurrencia de hacer
un picnic a modo de celebración. La vida es solo una y merece disfrutarse,
pensó, mientras sacudía la tela a cuadros contra el viento, para que la arena no
se le metiera en los ojos.
Cuando la luna ya se alzaba sobre
el horizonte, volvió, resignado, a desmontar el mástil que había improvisado hacía
más de un año en lo más alto de su isla desierta. Ató nuevamente el deshilachado
trapo a modo de bandera izándolo hasta el tope y rezó, mientras lo hacía, para
que alguna vez la tripulación de algún buque que navegara por esos rumbos lo
viera, llegando al fin a rescatarlo.




