De la mano de Inma, un nuevo encuentro juevero. Para leer todos los relatos, pasar por su blog.

Hubo un tiempo en que las tardes del
verano me sabían a helado de vainilla con o sin baño de chocolate.
Por ese entonces el silencio de
la siesta “se podía tocar”, quebrado apenas por el canto tenue de algún pájaro
quisquilloso reclamando entre las ramas del mandarino del vecino.
La calidez del sol caía
implacable sobre las baldosas rojas del pasillo del fondo a la par que mi
mirada se perdía tras el bailoteo inquieto de alguna mariposa colorida que visitaba
el jardín de mi casa.
Mientras mi padre dormía sin culpa
ni remordimientos y mi mamá terminaba de lavar los platos, mi hermano y yo
buscábamos a qué jugar hilando nuestra imaginación desde los escalones de la
escalera que iba a la terraza.
El sopor de aquella hora inmóvil
parecía brotar por los poros de las plantas que poblaban la sombra bajo el
limonero, por lo que no era raro dejarse llevar por la somnolencia fragante del
momento, imaginando nuevos mundos atizados por la fantasía de una niñez recién
estrenada.
De improviso, un canturreo conocido
nos llegaba desde lejos traspasando el silencio siestero y de inmediato y al
unísono ambos nos lanzábamos a la fácil tarea de entusiasmar a mi madre para
que, con apuro, suspendiese lo que estaba haciendo y a las corridas, saliese a
la calle para interceptar al heladero que justo en ese momento pasaba por la
calle desierta y calcinante.
“¡Palito, vasito, bombón heladoooo!...
¡palito, vasito, Laponia heladoooos!” repetía incansable aquel buen hombre y
los ademanes entusiastas de nuestra demanda lograban llamar su atención y
detener su lento pedaleo en aquel triciclo con sombrilla desde donde pregonaba
su tesoro refrigerado.

Hoy, rememorando aquellas siestas
de veranos tórridos -sin más alivio que un helado sencillo y un ventilador
escuálido encendido en las horas más imprescindibles- reconozco que un par de
lágrimas se me escurren haciéndole trampas al recuerdo, porque no ha sido sólo
sabor y frescura con lo que me he reencontrado. Me quedo paladeando además un
agridulce bocado de nostalgia.







