
El grupo
de mujeres deja atrás el sector de carpas y se acerca a la orilla dando
saltitos y con risitas nerviosas que indican su inquietud.
Todas lucen casi idéntico traje de baño a
rayas, pudorosos dos piezas que cubren sus juveniles cuerpos desde el cuello
hasta los tobillos y que se complementa con graciosos gorritos de ribetes
remarcados que utilizan para proteger totalmente sus cabelleras y cuerpos del
sol impiadoso de ese siglo recién estrenado y de las miradas indiscretas que
pudieran provenir desde la rambla.
Precisamente en ese momento un grupo de
descarados caballeros las observan, depravados, sin disimular si quiera sus
lascivas intenciones. Es por eso que los dos agentes de policía instalados estratégicamente
en las cercanías del sector de carpas-vestidores deciden inmediatamente
espantarlos de las inmediaciones amenazándolos con llevarlos detenidos. Es su
rol fundamental mantener el orden y la moral del selecto balneario,
desalentando a los indecentes mirones de molestar a las damas y las familias
que gozan del mar la playa pacíficamente.
Por fin las jovencitas y sus
apoltronadas madres podrán gozar tranquilamente del refrescante chapuzón con el
que buscan calmar las consecuencias de las altas temperaturas reinantes.
Es enero de 1890 y la
pujante ciudad de Mar del Plata augura convertirse en el centro turístico más visitado
por las familias pudientes de la
sociedad bonaerense.
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