NAVIDAD BLOGUERA

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CERCARE E TROVARE, un blog de entretenimiento

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Con paciencia, los invito a buscar los elementos pedidos en cada entrada

FIGURA Y FONDO

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..quedan invitados a conocer el blog de Eduardo, mi papá (que sigue vivo desde sus letras)

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miércoles, 8 de julio de 2009

PALABRAS (nueva versión)






A veces los vocablos inflaman

con verdades trascendentes,

se vuelven ardientes y logran,

despertar nuestras conciencias

hasta quemarnos las dudas.


Otras veces, son delirios

que ciegan y acallan - necios -

la paciencia y la cordura.

Son palabras como espadas

que hieren sin tener excusas.


A veces el verbo se enciende

de verdades con destellos,

de historias, que como auroras

nos rescatan en las noches

en que sobran las tristezas.


Otras veces, sin sus musas

las bellas palabras pierden

su magia, su poder, su insignia

son sólo, un montón de letras,

dispuestas para llenar vacíos.


A veces las palabras son alas

y otras, en cambio mortajas

hechas de censuras y miedos

que concretan y anteceden

hasta nuestros propios suicidios.



lunes, 6 de julio de 2009

NO TODO ES LO QUE APARENTA - Parte final





Parte III: Suspendido en el tiempo


(sala de terapia intensiva de un hospital, miércoles 25)

El ritmo del monitoreo cardíaco estaba por fin regularizado. Los constantes altibajos de sus registros de un primer momento habían desaparecido, pero la consecuencia tan temida se había al fin producido: el paciente había entrado en coma.

A raíz de la fuerte descarga eléctrica que sufriera la noche anterior, cuando un cartel luminoso cayera sobre él arrastrando en su derrotero varios cables del alumbrado público, aquel hombre, todavía sin identificar, había sufrido una fuerte conmoción que lo mantuvo, por varias horas, al borde de la muerte. Ahora, a pesar del esfuerzo de los médicos, no se podía hacer más que esperar.

Mientras la desafortunada víctima estaba recibiendo los primeros auxilios, un empleado de la agencia de turismo, (cuyo cartel fuera, el causante de la tragedia) se acercó hasta la ambulancia y le informó a los paramédicos que creía conocer a la víctima. Estaba seguro de haberlo visto antes por el barrio, además comentó que hacía apenas unos minutos el hombre había estado contemplando con mucha atención el nuevo afiche de la vidriera, ese tan llamativo, el de la playa y las palmeras. Si bien el dato no aportó gran cosa, no dejaba de ser un indicio para saber si se trataba de un vecino de la zona o de un transeúnte casual.

Al fin, esa mañana, alguien consiguió contactarse con algunas personas que aportaron datos sobre su filiación y el desconocido pudo ser identificado. Se trataba de un hombre solo que vivía en las cercanías de donde había ocurrido el accidente, al parecer trabajaba como empleado en una compañía importadora bastante importante.

Sus compañeros de oficina casi ni se inmutaron cuando desde el hospital se solicitó que alguno de sus allegados se acercara para informarse de su estado y demás trámites. Solamente se hizo presente un joven con aspecto tímido, quien por lo menos aparentaba tener una sincera preocupación por su estado de salud y su posible evolución.

Ante su inquietud, los médicos le informaron que el paciente estaba en coma, con casi nulas posibilidades de despertar, aunque la experiencia decía que cada caso era distinto y no se podía ni asegurar ni descartar nada.

Al parecer, el joven sentía un sincero aprecio por su infortunado compañero de trabajo, porque al enterarse de ese negro panorama, evidentemente se sintió muy mal y hasta se le llegó a escapar alguna lágrima de compasión.

Una de las enfermeras, conmovida al ver que el muchacho, a pesar de lo que se le había informado, se disponía a aguardar en la sala de espera por si ocurría alguna novedad, le preguntó si quería ver al paciente. El joven asintió y agradecido, se aprontó a ingresar a la sala de cuidados intensivos.

Cubierto de pies a cabeza con guardapolvo, gorro y barbijo, se ubicó al pie de la camilla con visible temor de incomodar. Con cautela se acercó al oído de su colega y le susurró unas palabras. Algo ruborizado por demostrar así su candidez, consultó a la enfermera sobre qué posibilidad había de que una persona en ese estado pudiera escuchar o sentir algo. La mujer sonrió y respondió que sólo Dios lo sabía.

Pensativo, el muchacho se despidió de su compañero tocándole apenas la mano. Antes de irse, y para su sorpresa, en el rostro del comatoso se dibujó una sonrisa, profunda y serena que se prolongó por unos instantes.

A modo de consuelo, la enfermera le sugirió que al menos, el pobre parecía hallarse feliz y a gusto, fuera donde fuera que estuvieran suspendidas su mente y su alma en esos momentos…



Epílogo

(en el mismo paradisíaco lugar, miércoles 25)

El hombre otra vez despierta, esta vez sobresaltado, cubierto en sudor. Esa extraña y angustiosa ensoñación de la que no puede salir por completo se funde con la realidad que tiene ante sus ojos. Arrullado por el mar y las palmeras decide dejar de lado las preguntas, la contabilización de insignificancias (1), las ansiedades…simplemente se dispondrá a distenderse, a descansar, dejándose llevar por el aire fresco que le llena los pulmones…


(fin)

(1) esta expresión se la dedico y agradezco a Yonki quien oportunamente la dejara en sus comentarios...me pareció estupenda!



domingo, 5 de julio de 2009

NO TODO ES LO QUE APARENTA - Parte II






Parte II: Frente a frente con un sueño

(centro de una ciudad, martes 24)

Esa mañana llegó a la oficina más temprano que de costumbre. La noche anterior no había podido dormir pensando en una diferencia que había descubierto esa tarde. Dos datos que había revisado varias veces no coincidían y necesariamente deberían ser iguales. Llegó al colmo de chequear enteramente las compras de todo el mes y nada…no lograba descubrir en qué cifra se había equivocado. A esas alturas estaba tan saturado que sentía que su mente se hallaba embotada de números y verificaciones. No veía la hora de terminar con ese encargue especial que le había hecho su jefe para dedicarse de lleno a resolver esa divergencia de cifras que lo preocupaba en demasía.

Había llegado a un punto en que deseaba estar en cualquier lugar menos en esa cárcel de papeles y cuentas, y a pesar de eso, esa mañana se apuró en llegar cuanto antes, precisamente, para intentar acabar de una vez por todas con ese infierno anual de balances y cierres.

Apenas saludó al portero y a la señora de la limpieza que seguía con su rutina silenciosa de trapos y aspiradora. Casi los envidiaba. Qué daría por tener un trabajo calmado y con la simpleza de los que tenían esas almas afortunadas! La cuestión del magro sueldo que debían cobrar, pasaba sin duda a segundo plano. En ese momento de su vida no encontraba nada más deseable que tener un trabajo rutinario en el que no fuera necesario el despliegue mental al que él estaba siendo sometido desde hacía más de diez años. Al fin de cuentas lo suyo no era vocación, era sólo la mala fortuna de haber caído allí por la recomendación de un familiar que pensó estar haciéndole un bien y terminó sentenciándolo al esclavismo.

Pero nada ganaba con dejarse llevar por esos pensamientos, el apuro por resolver lo que tenía pendiente sobre su escritorio lo desbordaba. Para colmo de males no tenía buena relación con ninguno de sus compañeros de oficina. Más bien, todo lo contrario. Ni él los soportaba, ni ellos a él. La situación de molestia era recíproca. Salvo con el nuevo. El pobre infeliz se veía más perdido de lo que se había sentido él en su momento, y de lejos se notaba que su ineptitud era enorme: no servía ninguno de sus ardides para intentar disimularlo y sus pobres estrategias de despertar simpatía habían sido más que patéticas. Quizás por eso, a veces, le dedicaba unos minutos de charla explicándole pormenorizadamente algunos detalles de las que eran sus tareas. Pero no le servía como aliado. A la hora de sumarse a un bando, siempre elegía el de los ganadores, y por supuesto, ese no era el suyo. El muchacho hacía muy bien. Para qué arriesgarse a ser otro perdedor pisoteado por la arrogancia de los que están bien posicionados?

La montaña de expedientes estaba como la había dejado el día anterior. Los gritos de su jefe, le dieron la bienvenida, como todas las mañanas. La displicencia de la secretaria, se convertía ya casi en compasión al contemplarlo sumido en ese fárrago de papeles mientras ella se esmeraba en limar con muchísimo cuidado sus uñas recién pintadas.

Después de tres horas de revisión minuciosa no había logrado ubicar la desgraciada diferencia, hasta que casi en forma casual ubicó la dichosa factura faltante sobre el escritorio del contador, quien en más de cinco ocasiones ignoró por completo su sugerencia de que quizás ese fuera el sitio en el que se podría hallar el dato que necesitaba.

La satisfacción por haber puesto fin a ese suplicio que no lo había dejado dormir la noche anterior fue más grande que la indignación por la actitud del fulano, que ni siquiera se disculpó por el tiempo y el agobio que le había causado, por el contrario, su mayor preocupación era la máquina de café se había descompuesto, por lo que debía recurrir a la cafetera de las oficinas del otro piso.

En un momento de respiro sintió que sus sienes latían como desaforadas y un dolor agudo de cabeza se extendía hasta su nuca. Pero a pesar de eso no se dio el lujo de perder tiempo y destinó lo que quedaba de la jornada a resolver el encargue puntual que le había dado su jefe. Los formularios para los permisos podrían ser resueltos más tarde, al igual que las facturas por archivar. Lejos de ser simple, la gestión se complicó y entre las idas y vueltas que implicó la resolución del asunto su dolor de cabeza se extendió hasta los hombros, que ya se sentían como si fueran de madera.

Su necesidad de descanso era imperiosa y la envidia hacia la suerte de su jefe fue imposible de disimular cuando la secretaria comentó en voz alta que ese día le había cancelado el último pago para hacer un crucero por las islas del Pacífico.

Mientras tanto el tic tac del reloj se empeñaba en transcurrir más lentamente de lo que debía, sin duda buscando que su impaciencia creciera más allá de sus límites en la espera de que se acabe de una vez por todas aquel día demoledor.

Por fin terminó su desgraciada jornada.

Salió a la calle como quien se reencuentra con la libertad luego de años de prisión y torturas.

Quiso sentir el aire fresco en su cara como un chico la caricia de una madre. Hasta la suciedad y el bullicio del tránsito le resultaron un remanso luego de aquel fatídico día.

Manejando su autito desvencijado se detuvo a comprar algo de comida en una rotisería cercana a su casa. Casualmente al lado, en la agencia de viajes, vio un afiche del que se enamoró a primera vista: era una lámina inmensa con efectos casi tridimensionales colocada estratégicamente baja una lámpara que simulaba con maestría un dorado sol tropical. Era la imagen de una playa de arenas blancas y mar azul, muy transparente. Tres hermosas palmeras enmarcaban ese trozo de paraíso al que su corazón cansado y su mente exhausta ansiaron conocer.

Inmediatamente le vino a la mente el detalle del crucero que su jefe estaba a punto de realizar y una sensación de ahogo y rencor lo recorrió por dentro haciéndolo sentir miserable y deprimido.

El cartel de neón azul de la agencia de viajes se encendía y apagaba frente a sus ojos, como haciéndole guiños a su suerte de ignoto oficinista solitario, mientras sosteniendo la media docena de empañadas recién compradas, su cansancio sofocante contemplaba otra vez, extasiado, el afiche de sus sueños.

Seguía el pobre aún hipnotizado por el neón y aquel paisaje de ensueños cuando un chasquido, como de látigo que se hace sonar en el aire, o quizás una sucesión de chispazos repentinos lo arrojaron, con impiedad, desde su fantasía hasta el abismo.


(continuará)



NO TODO ES LO QUE APARENTA - Parte I





A veces tengo la mágica experiencia de empezar a escribir palabras sin saber hacia dónde me irán a conducir y de repente lo que surgía en forma natural y arbitraria, va tomando forma rápidamente y se hilvana, coherente, en una historia. Es el caso de esta trilogía que surgió sin que me lo propusiera, simplemente porque ella misma decidió nacer.


NO TODO ES LO QUE APARENTA

Parte I: Una isla en el Paraíso

(en algún lugar, miércoles 25)

Recordar lo que había pasado la noche anterior no sería fácil. Su cabeza le daba vueltas y un zumbido como de sirena de barco le retumbaba en los oídos. No tenía noción de haber bebido tanto. Es más, ni recordaba haber bebido siquiera un vaso.

Tampoco reconocía el lugar en que se encontraba. Parecía ser una casucha alejada de cualquier poblado. Ni siquiera se alcanzaba a ver algún camino entre la espesura. Solamente se insinuaba una pequeña senda entre la frondosa vegetación que parecía querer devorarlo todo.

No supo por qué, pero aquella extraña situación de no saber dónde estaba no había conseguido hasta ahora atemorizarlo. Tal vez se debiera a que aún no se sentía totalmente en sus cabales y en ese estado de confusión, el hallarse solo en medio de la nada, sin saber por qué, ni desde cuándo, no le resultaba tan angustiante como en realidad debería serlo.

Se sentó en el camastro en el que, apenas hacía unos momentos, había despertado. Buscando razonar calmadamente sobre cómo había llegado hasta allí intentó una y otra vez atar los pocos cabos sueltos que venían a su memoria: algunas luces, predominantemente azules…tal vez un chasquido, como de látigo que se hace sonar en el aire, o quizás hayan sido chispazos repentinos, no podría asegurarlo. Recordaba también una extraña sensación en la boca del estómago, como de vértigo. Como si algo lo hubiera oprimido desde adentro… quizás una gran angustia, una inquietud punzante, la certera sensación que algo terrible estuviera a punto de suceder.

Pero sus recuerdos vagos no pasaban de allí. Por más que intentaba no lograba recordar nada más. Ni siquiera lo que había hecho al llegar a su casa después del agotador día de oficina. Eso sí en cambio, lo tenía muy nítido: la montaña de expedientes, los gritos de su jefe, la ineptitud del nuevo, la displicencia de la secretaria, mirándolo sumirse en ese fárrago de papeles mientras ella se esmeraba en limar con muchísimo cuidado sus uñas recién pintadas. También tenía muy presente el tic tac del reloj que se empeñaba en transcurrir más lentamente de lo que debía, sin duda buscando que su impaciencia creciera más allá de sus límites en la espera de que se acabe de una vez por todas aquel día demoledor. Recordaba también con mucho detalle el número de carpetas que esperaban ser completadas con su firma: diez y siete. ..y treinta y nueve eran las facturas que habían quedado por archivar…once eran los formularios que había llenado para tramitar un permiso y siete las veces que el contador se había levantado esa tarde con la excusa de hacerse un café.

Cómo podía ser que su cabeza se ocupara de esos detalles tan insignificantes de su jornada anterior y nada pudiera repasar de las horas más recientes!

Aún con la horrible sensación de no poder mantenerse en pie, mientras en su mente todo seguía confuso y errático, decidió salir de la cabaña para intentar averiguar dónde estaba. No lo consiguió. No sólo no vio ningún punto de referencia que lo guiara sino tampoco divisó signo alguno de otro ser humano en los alrededores.

No quiso desesperarse. Trató de poner calma en sus acciones, que, a esas alturas seguían resultando inconexas con la voluntad de hacerlas: cada uno de sus movimientos se le antojaban cono si los viera en cámara lenta, la respuesta de sus reflejos era más que extraña y la sensación de no tener tacto lo alentó en la idea de que su extraño malestar fuera producto de alguna sustancia que hubiera ingerido. Jamás había consumido droga alguna, tampoco solía cometer excesos con el alcohol y ahora que lo pensaba con detenimiento, esa sensación de desconexión con la realidad tan particular no tenía nada que ver con sus muy escasas experiencias de resacas alcohólicas.

Mientras se internaba con mucha precaución en la espesura de lo que parecía ser casi una selva, intentaba otra vez, en vano, reconstruir cómo diablos había llegado hasta ese lugar.

La pesadez de sus párpados le impedían ver en detalle el colorido de los pájaros que sobrevolaban los árboles más altos, mientras el sol, con sus rayos apenas cálidos, parecía entretenerse en desvirtuar la forma de las cosas.

A cada paso (fueron doscientos cincuenta hasta que el sendero se desvió bordeando una colina) el peso de su cuerpo parecía diluirse más y más en esa especie de sopor que continuaba distorsionando sus sentidos, logrando que por primera vez sintiera algo de temor de hallarse enfermo y perdido en un extraño lugar deshabitado.

Después de atravesar un pequeño arroyo (pisó doce piedras negras que sobresalían del agua para evitar mojarse sus zapatos) logró divisar algo que le parecía conocido. Era una playa. Una hermosa costa de arena blanca bañada por un mar azul que lo invitaba a refrescarse en él. Tres altas palmeras encuadraban la vista desde el ángulo en que observaba y mientras involuntariamente contaba una a una las hojas que pendían de cada tronco, recordó - de improviso - de dónde conocía semejante paraje tropical: era exactamente esa imagen la que recordaba haber visto, la tarde anterior, en la vidriera de una agencia de turismo sobre la avenida que está a tres cuadras de su casa. Sin lugar a dudas era precisamente la misma playa, el mismo mar, las mismas palmeras…

La certeza de reconocer de esa manera aquel paradisíaco lugar, lejos de darle un punto de referencia para ubicarlo en tiempo y lugar terminó por confundirlo por completo. Si mal no recordaba el afiche en cuestión era de una isla en el Pacífico. Un sitio alejado de toda su cotidiana realidad que precisamente ayer - lo recordaba ahora sin ningún tipo de dudas - había deseado secretamente visitar alguna vez, buscando alejarse para siempre del ruido, la mugre y la tensión de la ciudad que lo vio nacer y a la que nunca abandonó por más de un día. Cómo diablos podría ser que ahora estuviera allí, solo y vistiendo el mismo traje de oficinista que ayer llevaba puesto al emprender el regreso hacia su casa, (después de haber soportado ocho interminables horas de maltrato y hastío) era algo que ya lograba inquietarlo en forma preocupante.

Se dejó caer, como pudo, sobre la arena que, sin más preámbulos se terminó escurriendo dentro de su calzado, poniendo en evidencia que su atuendo no era para nada el apropiado para ser usado en esa geografía. Se detuvo un instante contemplando los granos de arena que quedaron sobre la capellada de uno de sus zapatos…si contaba bien, eran cincuenta y cuatro…y ahí tomó nota de lo absurdo que era fijarse en ese detalle… y más aún, dedicarse a contarlos! Sin duda esa actitud era producto del loco estrés al que había estado sometido las últimas semanas, imbuido en un mar de cifras y datos que habían superado largamente su capacidad de resistencia.

Se aflojó la corbata (de la que recién tomaba conciencia de llevar) se quitó la chaqueta (a la que dobló cuidadosamente, como era su costumbre), los zapatos y las medias (para colmo llevaba puestas las más abrigadas!).Dejó que sus pies disfrutaran al hundirse en la calidez de la arena y con gran dificultad intentó recomponer los límites de lo que su vista alcanzaba a ver, con grandes esfuerzos, a pesar del persistente sopor que aún lo embargaba.

Quiso gritar, fuerte…, como último recurso para intentar comprobar si alguien lo escuchaba, pero casi se queda petrificado de espanto al comprobar que ningún sonido salía de su garganta. Aterrorizado, pretendió volver a intentarlo, una y otra vez pero fue absolutamente en vano: estaba mudo, por completo, ni siquiera lograba articular algún leve sonido, algún murmullo, un gemido…nada.

Era solamente el mar, en soliloquio, quien susurraba, impertérrito, su cántico inmemorial de espumas y olas.

No alcanzaba a comprender cómo ni por qué, pero a pesar de todo, se sintió feliz…

(continuará)

sábado, 4 de julio de 2009

SABADOS LITERARIOS DE MERCEDES - Las Horas




Horas, minutos, instantes…

Por sus caprichos

el tiempo

es mucho más

que lo que pueda mensurarse.

A veces es duende

que juega

con su relatividad

y nos engaña.

Otras, tirano que se apropia

en su brevedad,

de lo que falta.

Es efímero en el placer,

eterno en la nostalgia.

Fugaz en la juventud,

implacable…

en la desesperanza.

Se codea en su inmortalidad

con la muerte

que nunca lo marca.

Puede ser

aliado inmemorial

o un simple

testigo que pasa…


más horas aquí:

http://nataliasenmarti.blogspot.com/Natàlia
http://luna-laiaia.blogspot.com/ LUNA
http://doroteafuldebenke.blogspot.com/ Dorotea
http://callejamoran.blogspot.com/ Gustavo
http://lacaraocultadelalunaesrosa.blogspot.com/ Rosa desastre
http://www.carmenandujarzorrilla.blogspot.com/ Carmen Andùjar
http://ranchoparte.blogspot.com/ Casandra
http://neogeminis.blogspot.com/ Neogèminis
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http://www.alfredo-laplazadeldiamante.blogspot.com/ Alfredo
http://odisea27.blogspot.com/ Tèsalo
http://www.difistintos.blogspot.com/ Mon
http://yonky-detodocomoenbotica.blogspot.com/ yonky
http://adibides.blogspot.com/ Mar

Esta vez, conduce, Tèsalo.
http://odisea27.blogspot.com/

viernes, 3 de julio de 2009

PIMPOLLO Y CASCABEL





Hace un tiempo escribí esto pensando en mi hija menor. En su momento lo publiqué en mi viejo espacio y hoy quiero reeditarlo aquí, sin que haya algún motivo especial. Simplemente quiero compartirlo. Es sencillo, pero lo siento muy íntimo.

Muchas gracias por acompañarme siempre!


Risa de cascabel,

pequeño pimpollo

que se abre sin heridas,

a ti, contemplándote,

te escribo,

te acaricio con las manos

y con mi pensamiento

y te siento en mi costado

porque te crié,

te he parido,

aprendiendo contigo

a crecer cada día

en este renacer constante

que es por siempre la vida.



jueves, 2 de julio de 2009

CANTIDADES IMPRECISAS (nueva versión)





Con cuánta arena haces una playa,

con cuántas estrellas, un cielo?


Cuánto aroma hay en un pétalo,

cuántas piedras en el suelo?


Cuánto equilibrio porta una rama,

cuánta belleza, un vuelo?


Cuánta soledad se instala en el silencio,

cuánta luz, en un destello?


Cuánta blancura emerge de la nieve,

cuánta poesía de un verso?


Con cuánto amor se dice: “te quiero”,

con cuántas miradas: “te espero”?



miércoles, 1 de julio de 2009

ENHEBRANDO PALABRAS (reedición)




Enhebrando palabras.

Ganándole

la carrera al tiempo.

Entre recuerdos y ausencias

tratando de enlazar en oraciones

aquellas imágenes

que se llevó el viento,

aquí estoy,

en silencio.

Tan sólo con la música

y los colores

que se empeñan

en habitar los rincones

del corazón y mi mente.

Allí han quedado

mi infancia, mi inocencia,

sonrisas sin dientes

muñecas con nombre

tardes de lluvia y leche,

juegos de té y pastillas,

dibujos con barriletes.

Esperanzas guardadas,

jardín de promesas,

guardapolvo blanco,

aquel olor sin igual

de los útiles nuevos.

Domingos en familia

aventuras y vuelos

en aquel mágico altillo

descascarado y perfecto.

Risas y gritos.

Preguntas sin respuestas.

Peleas, y llantos,

a veces por un reto.

Meriendas con la tele,

amigos y juegos

hasta que acabada la tarde,

se ennegrecía el cielo.

Cena de a cuatro.

Aquella comida caliente,

charla animada,

hermano que ya crece.

Los días que se vuelan,

inquietudes que molestan.

El cuerpo que cambia,

los “por qué” que atormentan.

Mudo reflejo de ese espejo

que se empeñaba en mostrar

una niña que esperaba

verse mujer y volar.




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