
A SOLAS, BAJO LA LUZ DE LAS VELAS Sólo queda en pie el que gusta de sentirse líder de esa sarta de aprendices demoníacos. En un rapto de inesperada lucidez - quizás fuera muy intuitivo - el despreciable personaje gira raudamente sobre sus pasos y retorna a la capilla. Por alguna señal que quizás supo interpretar en su furiosa mirada espectral o tal vez por simple especulación masculina, en un desesperado recurso para intentar preservar su vida, el vandálico sujeto presiente que no es gratuita la intervención fantasmal en defensa de la que casi fuera por ellos ultrajada y asesinada. Asiendo por los cabellos a la pobre muchacha que ya estaba volviendo en sí, pone con violencia y desesperación ante su garganta la afilada navaja que el desgraciado guardaba entre sus ropas. Con mirada inquieta y sonriendo nerviosamente, desafía al espectro sin necesidad de decir palabra, teniendo la certeza que el motivo de aquella irrefrenable intervención sobrenatural se ha debido a algún tipo de atracción especial que el fantasma siente por la muchacha. La respuesta no se hace esperar. Con inusitada rapidez, haciendo gala de la capacidad que exclusivamente alcanzan las ánimas más expertas y sin darle tiempo ni para que aquel cobarde se asombre, extiende lo que otrora fuera una mano y lo toma firmemente por el cuello. Mirándolo fijamente a sus ojitos ahora ateridos por el pánico, abriendo su boca sepulcral, deja salir por ella el fluido pestilente de su aliento añejado por siglos… y gozando enormemente con semejante ocurrencia, simplemente le exhala en la cara hasta que el infame se desvanece. Pese a no haberla buscado, el destino le brinda la ocasión previamente soñada. Se halla así, frente a frente con su enamorada, a solas, iluminados apenas por unas cuantas velas encendidas y la romántica presencia de la luna que se filtra, mágica y bella, por entre los vitrales. El efecto logrado no fue el esperado…o sí…la joven se deshace en un grito agudísimo, asustada a más no poder a pesar de haber presenciado la forma elegante con que aquel ignoto fantasma le acababa de salvar la vida. Lamentablemente otra vez se desmaya. Es ahí cuando el pobre comprende plenamente que ya nada le queda por hacer en este mundo de vivos. Al contemplarse junto a ella en el espejo que enmarca el altar de la capilla, aquella ánima en pena recuerda claramente la que fue alguna vez su vida. En aquellos años, cuando en la plenitud de su juventud de niño rico y privilegiado gustaba de seducir jóvenes incautas y sensibles, alguna vez no reaccionó con el coraje y la caballerosidad que su honorable cuna le hubiese dictado y huyó…como un absoluto cobarde, dejando a merced de un par de borrachos a la muchachita que en él había puesto su corazón y su confianza. Durante su huida, mareado por el alcohol y apremiado por las ansias de ponerse a salvo, calculó mal la distancia que lo separaba del bote que lo aguardaba y cayó al río…muriendo absurdamente, ebrio y pusilánime, mientras en su interior lo seguía carcomiendo la indigna actitud con la que había procedido. Sin duda fue su culpa la que, hasta entonces, decidió mantenerlo prisionero en su propia tumba, aguardando el momento indicado para que el destino le brindara la oportunidad de redimirse alcanzando así, la anhelada liberación de su alma. Luego de destrabar las puertas -su impecable técnica de abrir cerrojos le fue por fin sumamente útil - cubriendo el cuerpecito delgado y suave de su enamorada con un cortinado, se dirige hacia el ingreso del cementerio llevándola en sus brazos. Cruza el hall principal y se dirige presuroso hacia la oficina del custodio que suele, en lugar de mantenerse alerta, dormitar la mayor parte de la noche. Con suma delicadeza acomoda a la muchacha en una de las bancas de la cercanía y acariciándola apenas con las puntas de sus dedos espectrales, la contempla tiernamente mientras la delicada criatura vuelve en sí. Esta vez el miedo no se apodera de ella. Quizás ahora logra atisbar en aquella mirada algo que ya no la inquieta…o quizás, a estas alturas, ya se ha acostumbrado a verlo cada vez que se despierta de sus desmayos…lo cierto es que no grita. Más aún, se mantiene serena. Intenta, entonces, quien alguna vez fue galán y ahora es apenas débil rastro en el mundo material en el que quedó atrapado, confortarla y animarla. Se apresura para explicarle que no todos los muertos permanecen como él en aquella condición imprecisa. Se esmera en aclararle que no son flores y llantos los que mantendrán vivo el recuerdo de sus abuelos, ni que es la tristeza perpetua la manera de honrarlos. Se esfuerza por hacerle comprender, que la vida es breve y merece ser vivida en plenitud, a conciencia, con la alegría de quien se sabe íntimamente acompañado por quienes lo amaron, aunque ellos ya no formen parte de este mundo. Mientras su identidad se hace luz y transmuta al fin, definitivamente, logra ver por breves instantes y por última vez, la imagen de su propio rostro reflejado en las pupilas de la muchacha. Ella, agradecida, con toda la ternura de su corazón, le sopla un beso desde sus labios y le regala la mejor de sus sonrisas.
(fin)
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