(A las apauradas)
UN MOMENTO, UN
FINAL, UN TRAYECTO
Independientemente
de cuánto dure, de cómo sea el trayecto, de cuáles y cuántas dificultades
tengamos que superar durante la travesía, creo que la vida, en muchos aspectos
se parece un viaje. A un personal y trascendente viaje que comenzamos a
realizar apenas nacer y continua, sostenido, durante todos y cada uno de los días
que dure nuestro estadio vivencial. Y si bien el transcurso mismo de ese
trayecto nos facilita ubicarnos en distintas perspectivas cambiando de punto de
vista nuestra observación del mundo, creo que el mayor aprendizaje nos deviene
de la indagación de nuestro propio yo interior y su naturaleza.
Hay una hora de la
tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice
infinitamente y no lo entendemos...
Intentando interpretar
lo que nos dice, viajando hacia adentro de nosotros mismos, ubicando ese punto
profundo que llegamos a reconocer como “coordenada cero” de nuestra identidad,
llegamos a visualizar toda nuestra evolución a lo largo de nuestra vida, la
forma en que fuimos desenvolviéndonos desde nuestra instancia más elemental. Allí
está ubicado el verdadero quid de lo
que somos, la razón sustancial de nuestro ser, esa esencia que se convierte en
nuestra brújula a lo largo de todo el trayecto -si se la conserva intacta-
porque allí radica nuestro enlace con lo Trascendente, aquello a lo que
ansiamos retornar como culminación del viaje y le da sentido a nuestra razón de
ser.
¨Cuando se acerca
el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras.¨, dijo alguien, y sin embargo pienso que lo que queda al final es
sentimiento.


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