
Parte final: Un particular sortilegio
Su cuerpo temblaba de pies a cabeza aún antes de enfrentarse cara a cara con la hechicera. Para su sorpresa, la anciana mujer parecía estar esperándolo, y dedicándole una amable mirada lo invitó a sentarse a su mesa. Le sirvió pan, miel, nueces, algunas frutas y una humeante taza de té que lo reconfortó considerablemente. Luego de agradecerle y apelando a las formalidades que aprendió durante sus temporales ocupaciones, no sin que se notara un marcado temblor en su voz, el joven le confesó a la hechicera todo los entretelones de su miserable vida, su infortunio, los peligros que debió enfrentar para llegar hasta allí y la esperanza que llevaba encendida en su corazón desde que aquel viajero le narrara lo trascendental que había sido en su vida haber conocido a alguien de semejante poder y sabiduría. La anciana recordó de inmediato a aquel hombre que alguna vez había llegado hasta su refugio buscando algún elixir que le ayudara a cambiar su suerte. Reconoció haberle brindado algún consejo y se alegró al comprobar que aún la recordaba con sincero agradecimiento. Luego de ver que el joven estaba realmente esperanzado en obtener su ayuda, la anciana le explicó que no había una receta universal para confeccionar el talismán adecuado para todos. Cada personalidad requería de una combinación particular de ingredientes para que el amuleto en cuestión funcionara y el interesado debía participar en forma directa en la elaboración y en la recolección de sus implementos. De inmediato el muchacho accedió a colaborar en todo lo que fuese necesario y le agradeció de corazón que aceptara confeccionarle el tan ansiado amuleto. Los preparativos comenzaron de inmediato. El joven debía recoger algunas raras hierbas en el pantano, por lo que primeramente debió aprender a reconocerlas. Seguidamente debió internarse en lo más profundo de aquella ciénaga, protegiéndose de las alimañas que abundaban por doquier. Por instrucción de la anciana debió vencer su natural repugnancia por las víboras y juntar en un frasco el veneno de algunas de las más peligrosas. Debió escalar nuevamente las montañas, deslizarse por los escarpados riscos buscando cierto mineral muy escaso e imprescindible para la elaboración de su amuleto. El proceso de extracción de aquellas piedras implicó muchísimo esfuerzo de su parte. Debió agudizar el ingenio para construirse algunas herramientas, aprendió a separar las impurezas con gran destreza y además discurrió un efectivo método para agilizar el fundido del mineral. Pasaron los días y los meses. Aprendió a orientarse aún en la oscuridad y se esmeraba por seguir las instrucciones de la hechicera al pie de la letra: su amuleto debía ser confeccionado concienzudamente, sin dejar ningún detalle librado al azar. A la hora de moldear el material principal el joven se enteró que aún faltaba un ingrediente fundamental: una escama de dragón debía ocupar el lugar central de su amuleto y conseguirla era casi imposible. De haber sido algo menos perseverante, sin duda hubiese desistido en esa última misión…pero su temple fue creciendo con el transcurso de los días y él mismo reconocía haber superado ya las limitaciones con que contaba en sus primeros tiempos de travesía. Siguiendo las sugerencias de la hechicera, con gran destreza logró fabricar una poderosa lanza asiendo su daga a un sólido y delgado tronco que encontró en las cercanías. Se proveyó de corteza de árboles flexibles, con ellas entretejió sogas resistentes. Se fabricó una coraza de duro cuero para protegerse ante la eventualidad de una embestida. Al fin, seguro de sí mismo y confiado en poder culminar con éxito ese último requerimiento para su tan ansiado talismán, el joven partió hacia una quebrada no muy lejana donde habitaba el último dragón del que se tuvieran noticias. Fue intensa la batalla, muy astuta su estrategia, su falta de experiencia en el combate fue compensada por su gran determinación y su coraje, ya puesto a prueba una y otra vez a lo largo de tan complicada aventura. Inconciente quedó el dragón, con algunas heridas de consideración el joven valiente. Aprovechando los momentos de inconciencia de su contrincante y buscando no causarle daños innecesarios, logró con esfuerzo y gran cuidado extraer una dura escama de aquella piel acorazada. Más grande que los dolores provocados por sus heridas fue su regocijo al ver que por fin había logrado su cometido. Antes que el sol cayera otra vez, el muchacho regresó, satisfecho aunque casi agotado, a la cueva de la mágica hechicera. La anciana desplegó sus dotes de curandera y consiguió detenerle las hemorragias y entablillarle sus huesos rotos. El muchacho bebió y comió con agradecimiento sincero por las atenciones recibidas y ofreció recompensar con creces a la anciana ni bien cambiara su suerte a instancias del amuleto que estaba por consagrarse. Antes de la media noche la hechicera culminó sus ritos, roció con mágicos polvos el talismán e incrustó, por fin, en su centro, la destellante escama del dragón. A la mañana siguiente, recuperado totalmente de su convalecencia el joven se aprestaba para recibir, por fin, su maravilloso tesoro. Brillaban sus pupilas al contemplar, extasiado, la pequeña pieza. Ansioso por sentir entre sus manos aquella porción de buena fortuna y sortilegio el joven recibió con delicadeza lo que tanto había anhelado. Casi hipnotizado por los poderes que lograba presentir, su mirada se quedó detenida en el dorado de la escama…y ante sus ojos y sin que comprendiera la naturaleza de lo que sucedía, el talismán comenzó a desmaterializarse! Apenas un polvillo etéreo quedó suspendido en el aire, y en nada se convirtió luego de unos instantes. Desconcertado, incrédulo, atónito por lo que había sucedido el joven, sin poder encontrar palabras adecuadas para expresarse, buscó hallar las respuestas a sus interrogantes en la mirada de la anciana que lo contemplaba sonriendo. La mujer, más sabia que poderosa, trató de explicarle con calma lo que estaba sucediendo: - no te sientas defraudado – - no es engaño ni fracaso lo que ha acontecido…es la prueba indiscutible que para cambiar tu suerte no ha hecho falta amuleto alguno. Sólo ha bastado que se despertaran tu temple, tu fe, tus ganas, tus talentos, tus ansias por conocer y crecer…y solo, por tu propia cuenta, has logrado hallar y vencer lo que creías imposible. - No se transforma con magia el destino, se lo construye trabajosamente -
(fin)
|