NAVIDAD BLOGUERA

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CERCARE E TROVARE, un blog de entretenimiento

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viernes, 20 de noviembre de 2009

OTRO DIVAGUE…Y VAN…




Inspiración:

satélite vedado

que no levanta vuelo

ni alrededor de una luna.

En él,

el espíritu de los dioses

no habita,

ni cede

a la policromía narrativa

que otrora

las musas inflamaran.



martes, 17 de noviembre de 2009

LOS ÁNGELES MÁS SUFRIDOS NO SUELEN TENER ALAS (Capítulo final)




Capítulo final: Una caricia celestial


Fueron varios los intentos fallidos pero al final, cuando ya casi había perdido por completo las esperanzas, alguien se detuvo, y hasta la ayudó a subir al harapiento viejo enfermo al taxi.

Se ve que era cierto aquello que no todos los ángeles llevan alas porque ése que se compadeció de dos pobres abandonados en la impiedad de una lluvia furiosa ni siquiera pretendió cobrarle el viaje. Ella extendió, no sin dolor, los únicos billetes que había logrado hacer la noche anterior para pagar lo que marcaba el taxímetro, pero él no los aceptó.

Ella no le insistió. Sólo le agradeció con sinceridad y una mirada que no dejaba de ser incrédula y se bajó del taxi sin darle oportunidad de arrepentirse.

Alguna vez, en otro tiempo, se mostró dubitativa, pretendiendo hacer lo correcto y se aprovecharon de ella. No hacía falta otra lección. Ya había aprobado las peores asignaturas. Pero ahora estaba allí. Bajo techo, por fin, escurriendo de su escasa ropa todo un mar de agua que se diría, se le había filtrado hasta las venas.

En el hospital intentaron averiguar algo más sobre la identidad del viejo, pero fue en vano. Sólo balbuceaba algún que otro intento de palabra, quizás hasta en otro idioma, y nadie lograba comunicarse con él.

A ella la asaltaron con preguntas. Sólo lograron marearla más aún. Su habitual entumecimiento matutino empeoraba ahora por el frío infinito que la acosaba. Le ofrecieron un café, pero no quiso aceptarlo. Lo único que quería era sumergirse de una buena vez en algo parecido al sueño. El desmayo profundo en el que anhela caer cada mañana, luego de transitar sin consuelo un infierno que no por conocido se le muestra más acogedor. No quería desvelarse aunque a cambio recibiera un trago de calor. Mucho mejor le caería un poco de licor, pero no hay surtidores de alcohol en los hospitales ni parroquianos que paguen con una copa su interesada compañía.

Así que se durmió. En el rincón cercano a la puerta por donde ingresaron al viejo enfermo. Fue pura comodidad. Nada especial la ataba a él ni a su destino.

El que haya decidido exponerse al frío y a la lluvia por tenderle una mano a un pordiosero desconocido era algo que aún no lograba interpretar, pero su vida estaba ya tan llena de sinsentidos que uno más no afectaría ni su letargo ni su falta de cordura.

Quizás por lo inusual del sitio y de lo ocurrido, su duermevela no fue lo que acostumbraba ser. Voces e imágenes recientes se filtraban y mezclaban con otras más conocidas. Recuerdos de un pasado que le susurraba miedos y alegrías olvidadas, inconexos fantasmas que arrullaban su infinita soledad.

Un acre sabor a nostalgia le invadía la boca, se mezclaba con la pastosidad de su saliva y hacía que la infecundidad en la que intentaba sobrevivir día a día le resultara ahora mucho más angustiante.

El desagradable olor a hospital lograba atravesar las barreras de su inconciente llegando a ser casi protagonista de su sueño: extrañas enfermeras vestidas de camareras recorrían los largos pasillos de hospitales imaginarios empujando camillas que portaban vagabundos desamparados, negros de mugre, chorreantes cuerpos que sólo gemían de pena. Sentada en un rincón, ella misma, cubierta inútilmente por su abrigo que no calmaba su frío, acompañaba con su mirada angustiada y sollozante el paso de cada uno de esos desgraciados. Mientras los miraba, su propia alma pordiosera sólo atinaba a rezar por una botella de alcohol que la hundiera en la insensibilidad de una borrachera salvadora. Al mismo tiempo, aguardando en aquellos pasillos de su angustiante pesadilla, lograba entender que no habría licor capaz de hacerle desaparecer ese hueco inmenso que se agrandaba cada vez más en su pecho.

Si comprender por qué había decidido llevar al hospital a aquel desconocido, era algo que escapaba a su entendimiento, menos explicación hallaba para permanecer aún allí.

Siempre se había esforzado por mantenerse ajena a todo lo que concierne a enfermedades y actitudes solidarias. Nadie siquiera se lo había insinuado como necesario. Sin embargo allí continuaba, dormitando inquieta en aquella incómoda sala de espera aguardando por algo que no tendría por qué importarle.

Mientras intentaba encontrar una postura algo más cómoda para descansar un poco su entumecido cuerpo, en sueños, sus inquietudes más añejas se seguían mezclando con imágenes caprichosas de vagabundos y enfermeras.

No supo bien cuántas horas transcurrieron hasta que comenzó a despertar. Una incipiente migraña comenzaba a atormentarla a la vez que su cabeza buscaba recobrar la lucidez…o lo poca que de ella ostentaba cada día.

Un rostro amable, con barba recién cortada, aroma de ducha reciente y despliegue natural de buenos modales se acercó hacia ella.

El médico parecía tener vasta experiencia. Cabello entrecano, algo mayor, voz firme pero suave, sin la egocéntrica actitud que suelen tener sus clientes con diploma, el hombre la miraba hasta con ternura, procurando hacerse entender abriéndose paso entre las nubes de su sueño recién interrumpido.

Ahora se esmera en explicarle algo que ella no entiende muy bien. Términos médicos que hablan de la extrema gravedad en que hallaron al paciente, sus condiciones de vida precarias, lo oportuna y acertada que fue su intervención, la estabilidad actual de la salud del hombre, la desinteresada actitud que la honra y que fue determinante a la hora de salvarle la vida…

Salvarle la vida…salvarle la vida…dicen que su decisión de llevarlo al hospital le salvó la vida…y lo destacan…y la felicitan…salvarle la vida…

Las palabras de aquel médico siguen retumbando lentamente en sus oídos y se le estremece el corazón al comprender el profundo significado de las mismas.

Sus ojos se van llenando de lágrimas…esta vez no de angustia o de desesperanza. Esta vez su llanto es dulce, cálido, profundamente emotivo…lo que quedaba de pintura en su rostro se sigue escurriendo con ese nuevo llanto y lejos de provocar rechazo o lástima, siente que la gente la mira con cálida aprobación.

Médicos y enfermeras le sonríen mientras con paso tambaleante la mujer sale del hospital llevando en su cara un gesto sincero y profundo de emoción.

Sigue temblando, no ya de frío, sino por la inusual fortuna de comprobar que a veces la vida puede brindar una impensada oportunidad de redención. Por primera vez en mucho tiempo puede decir que se siente útil, conciliada con la vida, verdaderamente feliz…

La lluvia continúa aún bendiciendo ese día especial, cae sobre ella con la delicadeza de una caricia celestial que la renueva y va limpiándola por dentro…por donde su alma más lo necesita.


(fin)



LOS ÁNGELES MÁS SUFRIDOS NO SUELEN TENER ALAS (Capítulo 2)




Capítulo 2: Algo que no sabría definir


“Los ángeles más sufridos no suelen tener alas” alguna vez le dijo alguien a modo de fácil e inútil consuelo a sus heridas. Y por algunos breves instantes le creyó…y casi asomó a sus labios una sonrisa.

Pero no es así, concluyó al poco tiempo, y la soledad descascaró la débil esperanza que intentó formarse en su interior a modo de tabla de salvación.

Los hombres suelen apelar hasta a las más indignas mentiras para conquistar o engañar a una mujer, y ella ya las ha conocido todas. Nada puede sorprenderla a estas alturas. Sólo la certeza de poder sobrevivir otro día, y a veces eso no alcanza para persistir en el duro oficio de no caer abatida ante la desesperanza.

Sintiendo la inminencia de algo que no sabría definir, ella camina bajo la llovizna que se inicia en esa mañana, gris y fría como tantas, intentando esquivar los charcos embarrados que se forman entre las grietas del asfalto.

Intentando guarecerse bajo un periódico que encontró en una ventana sucia, se apura para llegar hasta la entrada de un negocio que le brinda, generoso, el cobijo de su alero. Allí se queda unos minutos mirando la lluvia caer con impaciencia sobre la irregularidad del empedrado. El monocorde llanto del aguacero parece querer fundirse con la tristeza de sus evocaciones, que se empeñan en aflorar cuando menos se lo espera.

Un atisbo de la tibieza de otros tiempos despliega sus alas frente a su infinita soledad y en aquel rincón ignoto de una ciudad que recién despierta, ella insiste en guardar sus penas con los cuatro billetes que lleva en su cartera. Se resiste a la tentación de ver de frente sus recuerdos y en clara rebeldía hacia la lógica que le pide que aguarde allí intentando mantenerse seca, opta por seguir su camino atravesando el parque.

Apenas cruza la avenida lo ve. Parece un bulto abandonado. Restos de algo que alguna vez fue útil.

Bajo lo que aparenta ser una frazada un pobre viejo tirita por el frío, la lluvia y la fiebre. Es un borracho más tirado entre los desechos de un mundo que lo ignora. Nada especial. Sólo un gemido en la inclemencia de un día que nace bajo el aguacero. Otro sin nombre que alguna vez fue niño, fue sueños, fue esperanza…o quizás ni siquiera tuvo esa suerte.

Allí está. Semioculto por la vana protección de un árbol que apenas logra brindar refugio a unos pájaros. Aterido de miedo, aguarda, sin más compañía que su inmundicia, a que de una vez por todas se lo lleve la muerte.

Por alguna razón que la joven no alcanza a distinguir algo en ese pobre ser atraviesa la coraza de su conciencia y le pide ayuda.

No está en ella tender la mano a un necesitado. No suele suceder. No está entre lo que acostumbra. Es ella la que suele estar de ese otro lado, pidiendo sin palabras. Aguardando sin ser oída.

Tampoco hay mucho que esté a su alcance hacer. No sabe cómo aliviarlo. No tiene más abrigo que el que lleva puesto, no hay alguien cerca a quien pueda socorrerlo.

Contrario a sus instintos, a pesar de la intensidad de la lluvia que no afloja, ella se aproxima y logra ver de cerca aquel rostro oscuro y sufriente.

Las huellas del tiempo han dejado profundos surcos en lo que ayer debió haber sido piel y ahora aparenta ser tan duro como cuero. Apenas dientes asoman en esa boca que apesta a vino y a dolores viejos. Su mirada lo dice todo y en silencio, implora un poco de compasión.

En vano ella le pregunta su nombre. Su inquietud no recibe respuesta. Una y otra vez intenta que aquel viejo le diga algo, pero sólo gruñidos y lamentos logra escuchar bajo la lluvia.

A esas alturas agota el máximo compromiso que su propia indignidad le permite y decide irse. Apenas unas calles y pronto llegará al certero refugio de su cuarto de pensión, que ahora se le antoja poco menos que un palacio con la calidez de sus paredes sólidas y su lecho seco.

Mientras intenta apurar el paso para no tener que permanecer frente a frente con su conciencia un minuto más, algo en su interior le oprime el corazón y la fuerza a detenerse.

Quizás pudiera hacer algo más por él. No mucho, tan sólo dar aviso. Pedir una ambulancia. Llamar a quien pueda ayudarlo. No se ve a nadie alrededor. No sólo la hora conspira contra sus planes, también la inclemencia de esa mañana inhóspita parece querer implicarla en lo que ahora se le ocurre casi un imposible rescate.

Soportando como puede el peso y el hedor de aquel viejo que ni entiende donde está, consigue con mucho esfuerzo arrimarlo hasta una banca cercana a la avenida y allí logra sentarlo. En vano intenta cubrirlo con el periódico para aliviar en algo la molestia de la lluvia.

Haciendo señas casi desesperadas, mojándose íntegra como no recuerda haberlo hecho alguna vez, la muchacha intenta detener un taxi. Consigue llamar la atención de uno que se acerca, pero, al ver que la joven pretende subir también al viejo, acelera de inmediato sin mediar ni una palabra de disculpa o excusa.

Toma entonces conciencia de la burda situación en la que el destino y su inusual vocación de comedida la han puesto: una prostituta y un viejo pordiosero borracho y enfermo intentando conseguir transporte bajo una lluvia torrencial que se encarga de marcarles sin piedad la crudeza de la realidad: a nadie le importan.

Se ve tentada una y otra vez por lo que en otro momento hubiese sido lo más sensato: ocuparse de sí misma y abandonar a aquel infortunado a su suerte. La calle es así de cruel. Cada quien vela por su propia supervivencia y no se juzgan las miserias humanas. No hay nada que la obligue a seguir adelante con ese incómodo rescate. Se probó a sí misma que lo intentó. No salió bien, eso es todo y no se puede pretender mucho más de alguien como ella. Eso es real…

Pero aunque quiere, no puede marcharse…


(continuará)

lunes, 16 de noviembre de 2009

LOS ÁNGELES MÁS SUFRIDOS NO SUELEN TENER ALAS (Capítulo 1)




Capítulo 1: Ese hueco infinito


Arrastrando uno de sus zapatos porque se le ha roto el taco al rodar por las escaleras, la mujer se aleja de los muelles caminando lentamente. Allí despertó, mareada aún por el alcohol que la ahogó la noche anterior.

Es joven. Se adivina que podría haber sido bella, pero su piel ajada por los excesos y el desamor que suele sentir por ella misma ha hecho que siglos de concupiscencia caigan sobre sus hombros sin piedad, como suelen hacerlo, cuando un alma se compadece de sus pecados pero no hace nada por remediarlos.

Falda cortísima. Cabellera rubia. Ojos sin brillo. Tristeza a cuestas.

El círculo vicioso que la envuelve cada vez se hace más denso, más oscuro, más difícil de ser roto. Se diría que ella ya ha perdido la esperanza de poder hallar la forma de quebrar el infortunio al que se entregó, ya no recuerda desde cuando, pero sí sabe bien a causa de qué…o de quién…y aunque ha intentado borrar ese rostro abominable de sus recuerdos con todo el licor del mundo, nada logra hacer desaparecer la opresión que desde entonces siente en su pecho, en su vientre y en su alma.

Para vencer el asco que sintió aquella vez primera cuando el infierno se hizo carne en la suya, intentó arrancarse de a pedazos la conciencia, la razón, los recuerdos, la piel sucia por aquella boca impía que la marcó para siempre.

No sólo su infancia quedó hecha añicos. También fueron los sueños, las ganas, la esperanza, la fe en la humanidad…y nada pudo ser ya como antes - como quizás debió ser y ya nunca será-.

Sedienta de algo que no se bebe vaga desde entonces por los arrabales, los rincones más oscuros, más inhóspitos, jugando a tentar a la suerte que nunca la llamó - más bien la despreció – y que parece no querer mostrarle nunca el lado de la luna que, dicen, es claro y luminoso.

Su corazón palpita porque no lo piensa. De otro modo acabaría ya mismo con su tonto latir desesperanzado.

Ya nada espera. En nada cree. Pocas cosas teme, menos aún la tientan. Sólo durante sus borracheras logra atisbar alguna hendija por donde emular eso que llaman felicidad y que allá lejos quedó, junto con su inocencia.

Cabizbaja, canturreando alguna melodía que le ronda en su mente, se contonea ya sin gracia ni disimulo frente a los obreros que se agolpan para entrar frente a las puertas de las fábricas.

Ellos a punto de iniciar su jornada. Ella buscando acabarla en su triste pieza de pensión, dispuesta a dejarse caer, agotada, sobre el viejo colchón que la espera como único consuelo.

El rimmel de sus ojos se ha corrido por el llanto. Llora casi sin saberlo, porque las lágrimas son ya para ella como la respiración: no tiene conciencia de ellas, pero no dejan de insistir.

Desde que sobrevive por allí, entre esa mugre, esos rincones, aquel puente sobre el río se le ofrece como prometedora tentación. Último recurso de las almas en pena, la muerte persiste, omnipresente, como única salida a sus días de hastío. Angustia eterna que se disuelve sólo con el vaho de lo que obnubila, la vida es para ella sólo el transcurso gris de un día y una noche sobre otros. Iguales. Vacíos. Ausentes.

La cruda realidad la obliga a ser egoísta, a no percibir el dolor ni propio ni ajeno. De otro modo no cabría ya más sufrimiento en su interior.

Se obliga a andar por la vida en muda persistencia. Blando ir y venir de transacciones fatuas por las que vende o compra el alcohol, el cuerpo, el silencio, el calor, la soledad…

La idea de escapar de ese infierno permanente la seduce más aún en mañanas como esa, cuando el ruido y las luces jactanciosas de la noche sucumben bajo la tenue perspectiva del sol de otoño que se asoma en el horizonte, tan lejano a su oscura pesadumbre como la nada que se ofrece ante ella cada nuevo día.

Cuando esa angustia esencial se mete por cada uno de sus poros ella siente que es poco menos que nada. Que sus días están absolutamente huecos. Vacíos. Sin ninguna ilusión que les de sentido.

Pensar en encontrar algún destello de luz frente a sus ojos es apenas una quimera que ni siquiera la entretiene más de lo que tarda en olvidar su propio nombre, oculto desde siempre tras ese burdo alias por el que se la conoce y que alguno de sus clientes le estampó como estigma perpetuo para que nunca olvide su destino.


(continuará)



INSANAS DEIDADES




Los hombres necios

gustan de sojuzgar,

aparentando ser dioses,

amos y señores

de todo lo fundado.


En su insana utopía

los infelices

simulan saber y entender

lo que sin duda alguna

ignoran y reniegan:


no sólo se es Dios

para decidir y juzgar,

más bien se lo es

para inspirar

y escuchar,


para responder

y contener,

para aliviar y perdonar,

para sostener

y bendecir.


Supone a la vez

comprender y confortar

con toda intensidad

hasta en la pequeña gota

del llanto derramado.


Implica ser y perdurar

ahondar y consagrar

como hálito perenne

en la partícula nimia

que integra lo creado.



sábado, 14 de noviembre de 2009

HABILIDADES ESENCIALES (siguiendo con el tema)




Entre las habilidades

que uno va adquiriendo

conforme va creciendo

(por que no sólo se crece

hasta un punto

determinado en la vida)

se encuentra,

entre las más trascendentales,

el aprendizaje de entender al otro,

al semejante...

quien, aunque aparente ser caótico

ilógico, irreverente, insensible

arbitrario, aprovechador y desquiciado

siempre (o casi)

entre sus fortalezas tiene

potencial para ser rescatado

- como el nuestro-

que acurrucado, quizás,

entre los confines de nuestros miedos

costumbres y trivialidades

aguarda, expectante

listo para ser despertado,

llamado para que pueda

de una buena vez

florecer como parte esencial

de nuestro propio fortalecimiento.




jueves, 12 de noviembre de 2009

ESTE JUEVES UN RELATO: “Tú, eres hábil”


(como siempre, conduce Tésalo)


PERDONEN SI HABLO DE MÍ!...(soy quien más conozco)


Siempre he tenido facilidad para las manualidades. No soy metódica, ni lo suficientemente prolija, pero sí me reconozco ingeniosa y suelo arreglármelas con lo que tengo a mano para salir del paso experimentando soluciones para los problemas cotidianos que se me presentan.

Es así como venzo la primera sensación de impotencia reemplazándola por el dulzor de un desafío. He resuelto la rotura del depósito de agua de un inodoro y confeccionado más de un disfraz contra reloj. Me las ingenio para sorprender con recetas que nunca más se van a repetir (soy de las que improvisan, lo repito!).

Soy de las que llaman “mano verde”: planto un gajo de cualquier planta y crece. Maravilla de la Naturaleza que nos brinda la capacidad multiplicativa de sus bondades. Sólo basta con que nos decidamos y allí está el verde, el follaje, las flores, lo que el lugar y el cuidado favorezcan.

Tengo habilidad natural para la diplomacia. Eso lo he ido puliendo con el tiempo y la certeza que con la llave adecuada se logran abrir casi todas las puertas.

Se me da bien la relación con los chicos. Nunca tuve problemas para entablar comunicación con hijos propios o ajenos y me siento feliz de experimentar que soy muy bien acogida por ellos.

A veces me sorprendo a mí misma por lo bien que resuelvo varias cosas a la vez!...no soy de las que soportan trabajar bajo presión. Eso me anula, me pone de muy mal humor y hasta me afecta físicamente. Lograr en cambio equilibrar los tiempos de mis requerimientos en forma armónica y sin que alguien me esté constantemente empujando, al contrario, me estimula en mi rendimiento. Puedo cocinar, atender la casa a mis hijas, pensar en el proyecto de turno y hasta improvisar al paso algún verso que surja como chispa espontánea entre ollas y sartenes.

Me aburre la monotonía. Me inspira la diversidad.

Me he lanzado al vuelo animándome con las palabras. Desafío impensado hasta no hace más de tres años cuando por curiosidad más que por necesidad decidí hurgar con las posibilidades de los blogs. Experimento éste que me ha dado sobradas gratificaciones…y aquí estamos!



miércoles, 11 de noviembre de 2009

TIEMPOS DE ILUSIÓN





Arcanos tiempos

en que la ilusión

y la ternura

no sucumbían

ante los filtros

que la edad,

el pudor

y la arrogancia

le imponen,

sin piedad,

a la inocencia

que se empaña.


Quisiera poder

ser yo otra vez

aprendiz fiel

de la emoción,

primera

y esencial,

que gusta de volar

sin prisa

ni impiedad

asida del fulgor

de ese rayo de sol

que se extraña.


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