Me sumo con este relato a la propuesta juevera de esta semana. Pasar por el post anterior apra leer a todos los participantesPERSONA CORRECTA, LUGAR IMPENSADO, MOMENTO EQUIVOCADO
No sabría decir por qué ni
precisar bien cómo ni cuándo lo supo, pero desde que podía recordar, lo llevaba
presente en su mente y sus sueños como si en verdad alguna vez lo hubiese
tenido ante sus ojos.
Sabía con certeza su nombre,
podía dibujar de memoria las ondas de su pelo sobre su frente, la profundidad
de sus ojos y el misterio de su sonrisa. Conocía sin filtros y tapujos cada
detalle de su historia, sus deseos, sus frustraciones, la cavidad del dolor en
su alma nítida que, con incontrastable naturalidad y predestinación, era el
espejo de la suya.
Eran almas gemelas, sin haberlo comprobado
nunca frente a frente, ella lo sabía. Podía asegurarlo sin temores ni reparos y
en algún rincón aún no descubierto del mundo, con absoluta certeza, él también -allí
donde se encontrara- sin dudas lo sabía.
Pese al paso del tiempo, más allá
del desgaste propio de alguien que siempre había apostado por la vida pese a no
haber conocido la felicidad con mayúscula, jamás perdió la ilusión de que, al
fin un día, en algún lugar impensado, por fin ambos se encontrarían para completarse
y nunca más separarse. Pero los años
pasan, las canas y arrugas se multiplican y la juventud no renace de entre las
hojas de los calendarios muertos. Se puede conservar mucho de ella latiendo en
el corazón como remanso de fe, como inspiración de sueños y certezas innatas,
pero no es eterna la fragancia de la piel, ni el color transparente de las
miradas buceando en el deseo del otro. Y ella eso también lo sabía.
Un día, sin avisos ni preámbulos,
cuando casi enterraba para siempre sus sueños más puros, al fin, lo encuentra. Inequívoca
confirmación del destino, su alma gemela sobresaliendo entre la multitud. Rostro
franco, ojos claros, porte dominante. La sonrisa leve dibujada entre los labios
parcos. Su corazón se desborda de inmediato en soliloquio incauto cuando las
miradas se cruzan. Sus mejillas se sonrojan, sus manos tiemblan, su voz se
anuda en la sequedad de su garganta.
-Bienvenida, Raquel. Te estábamos
esperando- él pronuncia con infinita dulzura -al fin- su nombre entre tantos otros
que hasta ahora viene enunciando en el ingreso del geriátrico.
-Desde ahora ésta será tu casa-
remarca, mientras ella lamenta la trampa que le tendió la vida. dejando caer dos
lágrimas resignadas.