Para esta nueva convocatoria del amigo Tésalo, decidí desempolvar algo publicado hace ya bastante en uno de mis viejos espacios. La primer parte, es un breve texto de Eduardo Galeano en el que habla de un mito en el antiguo Egipto sobre el origen humano. Luego de una nota complementaria, escribí algunos versos que surgieron sumando básicamente esas dos primeras ideas. DE LÁGRIMAS SOMOS Antes de que Egipto fuera Egipto, el sol creó el cielo y las aves que lo vuelan y creó el río Nilo y los peces que lo andan y dio vida verde a sus negras orillas, que se poblaron de plantas y de animales. Entonces el sol, el hacedor de la vida, se sentó a contemplar su obra. El sol sintió la profunda respiración del mundo recién nacido, que se abría ante sus ojos, y escuchó sus primeras voces. Tanta hermosura dolía. Las lágrimas del sol cayeron en tierra y se hicieron barro. Y ese barro se hizo gente. Nota: para los antiguos egipcios, la miel está hecha con lágrimas de Ra (el dios sol) regaladas a los mortales. En concusión, podríamos decir que según esa mitología los seres humanos estaríamos hechos de tierra y miel..o sea, de un barro muy particular. De tierra y miel así nacimos el sol al llorar nos dio su alma y surgimos mezcla de polvo y dulzura de opacidad y luz de brillo y sustancia. Somos parte del barro esencial que sobrevive mil generaciones. Materia mortal mezclada con lágrimas de dioses. No más especial No menos importante. |
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jueves, 14 de enero de 2010
ESTE JUEVES UN RELATO: “Mitos”
lunes, 11 de enero de 2010
CIELO Y PELLEJO
sábado, 9 de enero de 2010
REMEMORANDO!
![]() Para quienes tengan ganas de rememorar los viejos juegos de la infancia, los invito a pasar por el blog del sur. No se olviden de traer risas, colores, caramelos y chocolates! |
viernes, 8 de enero de 2010
PENSAMIENTO
jueves, 7 de enero de 2010
EL DORADO - Capítulo final
martes, 5 de enero de 2010
EL DORADO - Capítulo 2
lunes, 4 de enero de 2010
EL DORADO - Capítulo 1
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LA CONSAGRACIÓN
Apenas ha amanecido y el cortejo real se dirige con todo su esplendor hacia el lago de los rituales. La balsa está ya ataviada y listos los fuegos para la quema de los perfumes y las resinas. El séquito es numeroso y esta vez la ofrenda supera con creces las anteriores. Nunca antes se ha visto tanta opulencia ni belleza en los ornamentos. Cada estatuilla ceremonial refulge y espera ávida para ser ofrecida ante el dios sol – Xue - que se alza lentamente…majestuoso…sobre el perfil del cráter lacustre. El futuro rey avanza solemne entre dos columnas de guerreros y sacerdotes. Su capa de plumas le otorga esa cadencia irreal que distingue, a los que están destinados a ser reyes, del resto de los mortales. Cientos de servidores lo acompañan en la tradicional ceremonia que se viene repitiendo desde el comienzo de los tiempos. Bellas doncellas lo anteceden abriendo su paso ante el dios que asciende frente a ellos. Falta poco ya y el heredero iniciará su reinado luego que los dioses reciban su ofrenda de oro y piedras preciosas. A su paso, el pueblo entero se postra ante sus pies. Ubicados en jerárquica procesión, todos se sienten parte activa del sacrificio que está por concretarse. El rítmico compás de los tambores se detiene en el preciso momento en que el futuro soberano se detiene a la vera de la laguna. Según lo establece el ritual inmemorial, los sacerdotes principales y cuatro de los nobles más destacados lo despojan de sus ricas vestiduras y lo van untando con el lodo sagrado que antecede al momento principal del rito de consagración: con suaves toques de brochas y pinceles poco a poco el cuerpo del cacique va siendo cubierto con el polvo de oro ceremonial enviado desde todos los confines del reino. Desde cada uno de los puntos limítrofes donde el cielo y la tierra se tocan, el polvo de oro ha sido extraído ritualmente de las entrañas de la tierra. A través de su brillo, Xue bendice a las gentes con el regalo de su luz y calor, su don de vida, su espíritu fecundo… Al pensar en ese poder, un simple orfebre que contempla desde lejos y extasiado tan magnífica ceremonia, se estremece de orgullo. Sus manos, hábiles en ese arte por bendición de los dioses, han tenido el honor de realizar varias de las piezas que serán ahora ofrendadas. Sus manos han sido instrumento para moldear aquel metal que retornará a su origen: el divino. Llevando entre sus formas el mensaje cifrado que trasciende lo que apenas advierten los ojos, aquel orfebre logró ser partícipe de ese misterio ancestral que otra vez se repite…y eso le recompensa toda la desdicha que su pobre vida de mortal puede llegar a significar: está allí, cerca de los ungidos, de la realeza, de los elegidos… Es parte mínima, quizás, pero valiosa en cuanto a lo que sus limitaciones le permiten. Mientras tanto, en la mítica laguna, el cuerpo del cacique se torna íntegramente dorado. El fulgor de Xue se hace carne en el ungido y los dioses manifiestan con ello su regocijo. Corona, collares y brazaletes son nuevamente colocados sobre el cuerpo del soberano quien trasunta su consagración y su devoción hacia el sol que resplandece ya casi en su cenit. La balsa de la ofrenda ha sido ya cargada con todas las estatuillas, máscaras ceremoniales, cascos, pecheras, cuencos, poporos, jarros, escudos y joyas engarzadas con las mejores piedras. Todo será ofrecido. Todo será pronto arrojado al centro del lago, al punto más sacro de todo el reino. Allí convergen lo sagrado y lo profano, lo mortal y lo eterno. Pronto, los dioses comprobarán que los hombres les ruegan su cobijo, su protección y sus bendiciones. Si la ofrenda es grata a los ojos de las divinidades, grande será la benevolencia con que ellos responderán a cada súplica. De eso se trata el ritual: dar lo mejor que se tiene para ser bendecidos con un año de buenas cosechas y fecundidad, tanto de hombres, de siembras, como de animales. Se escucha ahora la música de trompetas, flautas y ocarinas. La ceremonia llega a su punto cumbre. Bajo el resplandor de Xue el futuro rey extiende sus brazos hacia el cielo mientras refulge su piel íntegramente cubierta con polvo de oro. Las palabras rituales que pronuncia no alcanzan a ser escuchadas por la gente, que, haciendo coro desde la orilla, repite sin cesar una vieja invocación de adoración y súplica. La balsa ha alcanzado ya el centro del lago. El estandarte real es izado. Flamea altivo en lo alto del mástil mayor y desde allí señala el momento en que el más absoluto silencio deberá enmarcar el momento central del ritual. El Rey Dorado y su séquito comienzan a arrojar las ofrendas hacía el corazón del lago. Montañas de estatuillas ceremoniales y objetos del ajuar real son ofrecidos en mágico rito que invoca la esperanza en la nueva era que está a punto de comenzar. Culminando la ceremonia, el ya rey se sumerge en las aguas sagradas en baño ritual, mientras a su alrededor, el lago se torna dorado como los rayos del sol que refleja. Los dioses están satisfechos. La ofrenda ha sido aceptada. Tanto el rey como el humilde orfebre lloran de emoción. |
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