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domingo, 5 de octubre de 2014

CATEGÓRICA SENTENCIA - Un cuento -casi- de terror



Al filo de lo que intuye y casi imagina, el miedo surge y crece a la par de los truenos que hacen estremecer antepasados y ventanas.

La antigua casona, cuna de su rancio linaje a veces lo contiene, otras, se empeña en querer empujarlo hacia nuevos confines. No sabe, cuál será de ahora en más su destino. Tiene la certeza que algo sucederá, pero no logra definir en qué ni en cuánto.

Bullen en su memoria, como eco de develados misterios, aquellas últimas palabras de su abuelo en su lecho de muerte…”cuídate de los que conoces y están cerca, porque de ellos vendrá tu perdición”…y rematado por un prolongado suspiro postrero -como de alivio- el viejo expiró, sumido en la soledad que supo cultivar en vida.

Sólo él logró quebrar desde su infancia, con su presencia de huérfano infortunado, las barreras que por incomprensión, venganza o mero capricho, el viejo conde fuera levantando a su alrededor desde que su segunda esposa muriera en extrañas circunstancias, allí mismo, entre los muros de la vieja mansión.

Por propia convicción o por impuesta voluntad –no sabe definir cuáles fueron en realidad las causas- también él, único heredero del noble en título y fortuna, había vivido hasta ese momento en forma más que austera y solitaria, ahogando sus muchas inquietudes tan solo con letras, vinos añejos y la escueta compañía de su abuelo y tutor.

Jamás osó traspasar los límites de las indicaciones de su inapelable mentor, nunca lo contradijo, aún a costa de cercenar su propia voluntad y sus impúberes sueños de aventuras y lejanías. Siempre respetó sus palabras como la auténtica verdad a la hora de elegir camino y modo de vida. No sospechó siquiera que hubiese otro punto de vista válido frente a la realidad. Jamás se le cruzó esa herejía por la mente. Por eso, apenas enterrado su abuelo y maestro, meditó desolado junto a la chimenea del viejo salón, intentando interpretar con justeza y propiedad la última de sus sabias sentencias. En ella estaba, sin dudas, la clave del que sería su propio final, si no actuaba en consecuencia para evitar que la advertencia de su abuelo se transformara, en definitiva, en ineludible sentencia.

Echó a los pocos sirvientes que aún quedaban en la inmensa casona. Aún a los más fieles, los que habían cuidado de él desde pequeño, aquellos con los que compartió las breves sonrisas de sus días de infancia, también a ellos despidió en consideración de esa última frase moribunda en labios de su abuelo, sin dudas, oráculo iluminado de su oscuro futuro. Si la perdición vendría de manos de quienes estaban cerca, debería entonces aislarse aún más del resto de los mortales, resguardándose de eventuales perfidias y traiciones. Huiría de todo tipo de relaciones, se apartaría del roce de la gente, desconfiaría incluso de los aparentes bienintencionados, se recluiría, al fin, tal como le quiso advertir su abuelo con sus últimas palabras.

Pasados ya los años, su soledad se compara con la de su antecesor. Más cruel aún, ya que él no tuvo siquiera alguien en quien volcar su experiencia, sus letras aprendidas o su compañía. La ancianidad llegó con la decrepitud propia de quien ha vivido sus días solo, entre húmedas paredes, frugales cenas, solitarias noches e inexistentes alegrías, todo en función de evitar al máximo la posibilidad de que aquella lapidaria frase final se hiciera manifiesta en su destino.

Mientras la tormenta arrecia allá afuera, dentro de la vieja casona el silencio es tan cerrado que sólo lo interrumpe el crepitar de los leños encendidos y el de sus latidos acelerados que insisten en augurarle malos presagios. La mirada implacable de su abuelo lo observa, autoritaria como en vida, omnipresente desde el retrato que corona la chimenea. Al observarlo, cae en la cuenta que pese a tener ya tantas arrugas como él, su misma calva despoblada, su misma nariz, similares sienes encanecidas, el mismo color de ojos, pese a todo, en nada se parecen sus miradas: la de su predecesor, implacable y segura, impone de inmediato autoridad sobre quien la percibe, la suya, sometida y apagada, no habla más que de tristeza, desencanto y pesadumbre.

Llega a la conclusión que, pese a intentarlo toda su vida, jamás logró ser como él, jamás consiguió vencer sus propios miedos y complejos, jamás se animó a ser desafiante con su destino, todo lo contrario, optó por esconderse dentro de su propio escudo interior, buscando escapar de la perdición que le augurara en su lecho de muerte su venerado protector.

Al tiempo que un relámpago inusitado atraviesa la densidad de la noche, mirando obsesivamente aquel vetusto retrato, vuelve a recordar las lapidarias palabras que marcaron su vida desde su juventud –quizás enterrada en ese mismo acto- y de repente, como en una fulgurante revelación comprende todo: nadie más cercano y conocido que su abuelo -tiránico, arrogante, huraño y mal predispuesto hacia todo y hacia todos- nadie tan influyente en su vida como él, nadie con más poder como para dominarlo y manejar su vida aún no estando vivo… nadie como él para llevarlo, al fin, por arbitrio e imposición, hacia la nulidad de su vida y su persona… hacia lo que inequívocamente resultó ser su propia perdición.

6 comentarios:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

No fue como su antepasado ni fue como el mismo. No alcanzó a ser lo que podría ser, por sacrificar su propio potencial.

Neogéminis Mónica Frau dijo...

Creo que una de las más espantosas sensaciones que una persona puede sentir es llegar al final de su vida y darse cuenta que la desperdició sin un motivo válido, más aún, comprobando que fue manipulado por sus propios miedos.
Gracias, Demiurgo por leer y comentar.
=)

G a b y* dijo...

A veces, no es necesario extenderse mucho más allá de los territorios consabidos para encontrarnos con historias que paralizan, apenan y nos dejan sumidos en una especie de horror inexplicable. Tu relato, habla de la vida, una vida cercenada de experiencias de vida, paradójicamente.
Debe ser tan triste, llegar al tramo final del camino, y descubrir que nada de lo hecho fue productivo. Solo una soledad sepulcral es su única conquista. Has creado un ambiente muy denso, que logra transmitir esa categórica sentencia, con todo lo que ello implica. Te vienes poniendo a tono con este mes de terrores varios!
Muy bueno, Neo!
Besos y gracias a ti, por estar siempre acompañando!
Gaby*

Montserrat Sala dijo...

Neogéminis: tu relato em ha puesto al piel de gallina.Es terrible pasar la vida sumido en la soledad mas absoluta. Para el final verse atrapado por su mismo abuelo que se ha reido de él. Una historia muy buena y mejor expuesta. Te envio una caricia y unas palabras muy amaables. Te las mereces.

Omar enletrasarte dijo...

al final se llega de dos maneras, como un sabio o como un estúpido
saludos, genial relato

Yessy kan dijo...

Un relato muy sobrecogedor, donde tu protagonista fue manipulado por el dominio y control de su abuelo. Y que al final impidio sus ideales y que viviera su vida a plenitud.
Besos

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