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viernes, 13 de enero de 2012

...Y SIGUE EL CUENTO...


NO TODO ES LO QUE APARENTA




















(imagen tomada de la red, desconozco su autor)

Parte 2: FRENTE A FRENTE CON UN SUEÑO (centro de una ciudad, martes 24)

Esa mañana llegó a la oficina más temprano que de costumbre. La noche anterior no había podido dormir pensando en una diferencia que había descubierto esa tarde. Dos datos que había revisado varias veces no coincidían y necesariamente deberían ser iguales. Llegó al colmo de chequear enteramente las compras de todo el mes y nada…no lograba descubrir en qué cifra se había equivocado. A esas alturas estaba tan saturado que sentía que su mente se hallaba embotada de números y verificaciones. No veía la hora de terminar con ese encargue especial que le había hecho su jefe para dedicarse de lleno a resolver esa divergencia de cifras que lo preocupaba en demasía.

Había llegado a un punto en que deseaba estar en cualquier lugar menos en esa cárcel de papeles y cuentas, y a pesar de eso, esa mañana se apuró en llegar cuanto antes, precisamente, para intentar acabar de una vez por todas con ese infierno anual de balances y cierres.

Apenas saludó al portero y a la señora de la limpieza que seguía con su rutina silenciosa de trapos y aspiradora. Casi los envidiaba. Qué daría por tener un trabajo calmado y con la simpleza de los que tenían esas almas afortunadas! La cuestión del magro sueldo que debían cobrar, pasaba sin duda a segundo plano. En ese momento de su vida no encontraba nada más deseable que tener un trabajo rutinario en el que no fuera necesario el despliegue mental al que él estaba siendo sometido desde hacía más de diez años. Al fin de cuentas lo suyo no era vocación, era sólo la mala fortuna de haber caído allí por la recomendación de un familiar que pensó estar haciéndole un bien y terminó sentenciándolo al esclavismo.

Pero nada ganaba con dejarse llevar por esos pensamientos, el apuro por resolver lo que tenía pendiente sobre su escritorio lo desbordaba. Para colmo de males no tenía buena relación con ninguno de sus compañeros de oficina. Más bien, todo lo contrario. Ni él los soportaba, ni ellos a él. La situación de molestia era recíproca. Salvo con el nuevo. El pobre infeliz se veía más perdido de lo que se había sentido él en su momento, y de lejos se notaba que su ineptitud era enorme: no servía ninguno de sus ardides para intentar disimularlo y sus pobres estrategias de despertar simpatía habían sido más que patéticas. Quizás por eso, a veces, le dedicaba unos minutos de charla explicándole pormenorizadamente algunos detalles de las que eran sus tareas. Pero no le servía como aliado. A la hora de sumarse a un bando, siempre elegía el de los ganadores, y por supuesto, ese no era el suyo. El muchacho hacía muy bien. Para qué arriesgarse a ser otro perdedor pisoteado por la arrogancia de los que están bien posicionados?

La montaña de expedientes estaba como la había dejado el día anterior. Los gritos de su jefe, le dieron la bienvenida, como todas las mañanas. La displicencia de la secretaria, se convertía ya casi en compasión al contemplarlo sumido en ese fárrago de papeles mientras ella se esmeraba en limar con muchísimo cuidado sus uñas recién pintadas.

Después de tres horas de revisión minuciosa no había logrado ubicar la desgraciada diferencia, hasta que casi en forma casual ubicó la dichosa factura faltante sobre el escritorio del contador, quien en más de cinco ocasiones ignoró por completo su sugerencia de que quizás ese fuera el sitio en el que se podría hallar el dato que necesitaba.

La satisfacción por haber puesto fin a ese suplicio que no lo había dejado dormir la noche anterior fue más grande que la indignación por la actitud del fulano, que ni siquiera se disculpó por el tiempo y el agobio que le había causado, por el contrario, su mayor preocupación era la máquina de café se había descompuesto, por lo que debía recurrir a la cafetera de las oficinas del otro piso.

En un momento de respiro sintió que sus sienes latían como desaforadas y un dolor agudo de cabeza se extendía hasta su nuca. Pero a pesar de eso no se dio el lujo de perder tiempo y destinó lo que quedaba de la jornada a resolver el encargue puntual que le había dado su jefe. Los formularios para los permisos podrían ser resueltos más tarde, al igual que las facturas por archivar. Lejos de ser simple, la gestión se complicó y entre las idas y vueltas que implicó la resolución del asunto su dolor de cabeza se extendió hasta los hombros, que ya se sentían como si fueran de madera.

Su necesidad de descanso era imperiosa y la envidia hacia la suerte de su jefe fue imposible de disimular cuando la secretaria comentó en voz alta que ese día le había cancelado el último pago para hacer un crucero por las islas del Pacífico.

Mientras tanto el tic tac del reloj se empeñaba en transcurrir más lentamente de lo que debía, sin duda buscando que su impaciencia creciera más allá de sus límites en la espera de que se acabe de una vez por todas aquel día demoledor.

Por fin terminó su desgraciada jornada.

Salió a la calle como quien se reencuentra con la libertad luego de años de prisión y torturas.

Quiso sentir el aire fresco en su cara como un chico la caricia de una madre. Hasta la suciedad y el bullicio del tránsito le resultaron un remanso luego de aquel fatídico día.

Manejando su autito desvencijado se detuvo a comprar algo de comida en una rotisería cercana a su casa. Casualmente al lado, en la agencia de viajes, vio un afiche del que se enamoró a primera vista: era una lámina inmensa con efectos casi tridimensionales colocada estratégicamente baja una lámpara que simulaba con maestría un dorado sol tropical. Era la imagen de una playa de arenas blancas y mar azul, muy transparente. Tres hermosas palmeras enmarcaban ese trozo de paraíso al que su corazón cansado y su mente exhausta ansiaron conocer.

Inmediatamente le vino a la mente el detalle del crucero que su jefe estaba a punto de realizar y una sensación de ahogo y rencor lo recorrió por dentro haciéndolo sentir miserable y deprimido.

El cartel de neón azul de la agencia de viajes se encendía y apagaba frente a sus ojos, como haciéndole guiños a su suerte de ignoto oficinista solitario, mientras sosteniendo la media docena de empañadas recién compradas, su cansancio sofocante contemplaba otra vez, extasiado, el afiche de sus sueños.

Seguía el pobre aún hipnotizado por el neón y aquel paisaje de ensueños cuando un chasquido, como de látigo que se hace sonar en el aire, o quizás una sucesión de chispazos repentinos lo arrojaron, con impiedad, desde su fantasía hasta el abismo.


(continuará)

3 comentarios:

mariajesusparadela dijo...

Pues no me parece un mal trabajo el de contable. Aunque no nos permita lujos en playas paradisíacas.
Lo malo del trabajo es, quizá, la mala gana con la que él lo hace.

Jan Puerta dijo...

Es curioso como el reloj determina la esencia de las palabras.
Un abrazo

San dijo...

Realizar un trabajo tantas horas sintiendose exclavo de todo lo que le rodea es pura desesperacíon, o como dice Mª Jesús igual era él-
Voy a ver el final.
Besos.

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