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miércoles, 29 de abril de 2009

HISTORIA EN TRES PARTES - Parte final




 

EL VUELO DE LOS LIBRES 


Ese fin de semana sería el último antes de la partida. La invitación para pasarlo en la casa de campo de uno de los parlamentarios conservadores más destacados la tomó de sorpresa, pero aparentemente no a su esposo, quien se iba perfilando como un personaje cada vez más influyente dentro de la fuerza política que se arraigaba en el gobierno.

La pareja anfitriona era conocida de la mujer, quien desde siempre se movió dentro de ese círculo de riqueza y poder. La mayoría de los invitados, en cambio, le resultaban totalmente desconocidos.

Entre los más desagradables y a los que su marido les prodigaba excesiva cortesía, estaban dos de los que había recibido en su casa y un hombrecito de apariencia vulgar, de pequeño bigote, extremadamente parco y con aires de arrogancia que ni siquiera se preocupaba en ocultar.

Los demás giraban a su alrededor como si de un semidios de tratara y un destello de lo que se podría llamar miedo aparecía en la mirada de quien osaba contradecirlo en alguna nimiedad.

Ella, como siempre, se desenvolvía con natural displicencia en aquellos menesteres de socializar y departir blandamente, tanto en reuniones numerosas como en pequeños grupos.

Su marido, habitualmente mucho más rudimentario y pragmático, en esa ocasión se mostraba particularmente cauteloso y diplomático cuando alguno de los hombres más influyentes le dirigía la palabra.

Se notaba que su papel no era intrascendente en aquella circunstancia, y por ciertos comentarios que escuchó, la mujer intuyó que el viaje que pronto ambos realizarían, se relacionaba con los intereses de aquellos personajes.

Esa idea la confundió un poco, porque hasta ese momento tenía entendido que la principal razón de su marido para realizar el viaje era alejarse de los negocios, en cambio en ese momento tuvo la certeza que en realidad lo haría para ocuparse de ellos.

Paralelamente a su ascenso político, el carácter del hombre se había vuelto sumamente hosco y poco digno con sus subalternos, mostrándose descontroladamente disgustado y agresivo cuando algo lo contrariaba o no salía como él lo había planeado. Eso hacía que la mujer se sintiera cada vez más alejada de él y sus asuntos, llegando a sentirse como un objeto decorativo que sólo existía para mejorar su carta de presentación en los más altos círculos.

La cena transcurrió con algunos altibajos, ciertos momentos de discreta tensión se vivieron cuando el anfitrión intentó desdecir algo que el pequeño hombrecito de bigotes acababa de plantear. Por suerte y por obra y gracia de la capacidad mediadora de otras personas, el malestar se disipó rápidamente y llegaron a los postres en marcada armonía.

Cuando los hombres se retiraron al salón de fumar, las pocas mujeres que se hallaban en al casa se ocuparon de intercambiar opiniones sobre los nuevos modelos venidos de Paris para esa temporada. Tema éste que la atrapó desde el primer momento y logró tranquilizarla por unas horas.

Esa noche, cuando se retiraron a las habitaciones, la mujer aprovechó para preguntarle a su marido sobre los verdaderos motivos del próximo viaje, a lo que el hombre le contestó en forma esquiva y con malos modos. Se limitó a decirle que sea cual fuere el motivo por el que lo realizaran ella sólo tenía que ocuparse de acompañarlo, descansar y disfrutar, que para eso era su esposa y eso era lo único que se pretendía de ella

Aunque quiso, no pudo dormir. Se sentía muy desdichada y cada vez que lograba dormitar, un mal sueño relacionado con pájaros muertos la despertaba y lograba desvelarla.

A la mañana siguiente, luego de desayunar opíparamente, los hombres se alejaron hasta una laguna cercana donde abundaban los patos y otras aves acuáticas. Por varias horas, mientras discutían sobre política y negocios, los invitados y el dueño de casa se entretuvieron practicando con sus rifles, disparándole a los patos que sobrevolaban las colinas.

El resultado de la cacería fue muy bueno, obtuvieron buenas piezas y en gran cantidad, aunque apenas al regresar, ya habían olvidado totalmente el pasatiempo y otra vez se dedicaron de lleno a la política y demás asuntos que la mujer no dominaba.

Para distraerse de esos asuntos tediosos, decidió dirigirse hacia una cabaña donde  la servidumbre había llevado las piezas producto de la reciente cacería.

Aunque no era la primera vez que ella veía una escena de ese tipo, ya que muchos de sus veranos habían transcurrido en casas de campo y la caza era el deporte preferido de su padre, nunca antes la vista de patos muertos, atados de sus patas y colgados cabeza abajo, le había producido esa sensación incontenible de repugnancia y espanto. Aquellas aves recién sacrificadas le despertaban sensaciones y angustias que sin dudas eran signo de malos presagios: malos tiempos se avecinaban y esos patos muertos lo anunciaban a gritos.

Un nudo en su estómago fue creciendo hasta el punto de generarle una fuerte opresión y sus manos sudorosas se sentían frías e inquietas.

Haciendo un gran esfuerzo para contenerse y recuperar su distinción de dama de sociedad, logró vencer su malestar y retornar junto a su esposo para representar convenientemente el rol que se esperaba de ella.

El almuerzo fue mucho más desagradable que la cena anterior. Las discusiones se prolongaron por más tiempo y la cara de disgusto del dueño de casa era más que evidente.

El hombrecito de bigotes, en cambio, por momento sin ningún tipo de consideración hacia las damas presentes, no se cansó de arengar y replicar a quien quisiera plantear otro punto de vista que no fuera el suyo, mientras golpeaba impiadosamente con su puño la sólida mesa del comedor.

Su marido, lejos de mostrar disgusto se hallaba como hipnotizado por aquel personaje tan intimidante y violento que hacía gala de omnipresencia y poder y a quien ella ya detestaba.

Disimuladamente la mujer recorrió con su mirada los rostros de todos los presentes y comprobó que uno a uno iban volviéndose más sumisos hacia los caprichos de aquel pretencioso hombre extravagante, mientras la luz amarillenta que regalaban las lámparas del suntuoso comedor por momentos le otorgaban a ese rostro desencajado, un aura espeluznante que la hizo palidecer.

Sus piernas comenzaron a temblar y de repente una incontrolable sensación de miedo y angustia ascendió por su espalda hasta provocarle, una fuerte jaqueca que no pudo disimular.

Felizmente para la mujer, la proximidad de su viaje les dio la excusa perfecta para volver a su casa antes de la noche, no sin tener que soportar previamente que su marido se excusara servilmente más de cien veces con el hombrecito de bigotes y los personajes de su comitiva.

Mientras regresaban, casi sin mediar palabra, el hombre, aún excitadísimo por la cercanía de quien ya consideraba su líder, revisaba la libreta de notas de la que nunca se desprendía y la mujer, muy a su pesar, no podía alejar de su mente aquella imagen espantosa de los patos colgando de la viga, que, extrañamente se fundían con al escena del hombrecito vociferando en el comedor.

Esa inusual sensación de miedo no desapareció ni siquiera cuando buscó concentrarse en la transparente imagen de la luna, que ya aparecía, impávida, sobre el horizonte.

Esa noche la mujer notó que la cercanía de su esposo le era particularmente desagradable. Hasta el ruido de su regular respiración mientras él dormía le resultaba irritante.

Si bien nunca se había sentido enamorada, en los últimos tiempos (quizás, desde que comenzaron a morir los pájaros) fue observando algunos cambios en el hombre que, hacía ya tres años, había aceptado como compañero para toda la vida.

No sabía definir bien por qué, pero podía asegurar que se estaba transformado en otra persona, en otro ser...

Quizás fuese la actitud de total desinterés hacia ella, que venía aumentando desde tiempo atrás. Quizás fuera por las compañías que frecuentaba y por el tiempo que les dedicaba. Quizás también fuera por el creciente grado de sumisión que ella le notaba cuando el hombre se hallaba en presencia de aquellos personajes tan siniestros, tan vulgares. Quizás fuera algo que no alcanzaba todavía a definir pero sí podía asegurar que crecía, día a día, como crecía la violencia en las calles, como crecía la confusión, el terror…ese mismo que en ese momento sentía y que le helaba la sangre.

La mañana llegó sin sol. El cielo gris, impropio de esa época del año, terminó por angustiarle el despertar. El nudo en la boca del estómago que le había nacido la tarde anterior frente a los patos muertos no había desaparecido. Al contrario, había crecido hasta llegar a su garganta, que hubiese querido gritar y en cambio, no podía emitir sonido.

Luego del desayuno, sin casi intercambiar palabras con su esposo (quien salió temprano para resolver algunos detalles de última hora), se dirigió a su dormitorio para terminar de preparar el equipaje. Saldrían en unas horas hacia el sur, para embarcar y seguir luego rumbo hacia oriente.

Pero ahí, frente al equipaje que aguardaba para iniciar la otrora deseada travesía, ella suspiraba, casi sin fuerzas, deseando con todo su corazón ser otra persona. Alejarse. Huir. Escapar de aquella prisión de oro que, ahora tomaba conciencia, era su matrimonio.

Los tiempos que estaban por comenzar serían trágicos, eso lo sabía sin que nadie se lo hubiera dicho…o mejor sí…se lo había estado gritando la realidad con extraños signos, y ella no los había querido ver. Pero ahora sí los veía. Y le dolía lo que veía venir. Y no podía hacer nada para cambiar ese infierno que se estaba gestando… y eso también lo sabía.

Pero si no podía cambiar lo inevitable, quizás pudiera modificar en algo su propio destino. Y fue allí que se decidió. Tomó su pasaporte, algo de dinero, lo más imprescindible de su equipaje y se apuró a partir antes que llegara ese extraño al que solía llamar marido.

Apenas se despidió de su hermana por teléfono, haciéndole creer que su destino sería el previsto. No se verían por mucho tiempo, quizás por años, pero esa confianza en ella misma que por primera vez sentía, le dio el coraje que estaba necesitando y logró contener el llanto mientas le decía adiós.

Llamó a un coche de alquiler para que la llevara a la estación. Allí tomaría un tren que la haría, con suerte, cruzar la frontera. No debería haber problemas, sus papeles estaban en orden y su dinero le aseguraría el resto.

El auto llegó rápidamente, mientras el chofer cargaba su equipaje, súbitamente la mujer recordó los pájaros.

Sumamente nerviosa, temiendo que su marido regresara o que cualquier imprevisto impidiera que se alejara de allí para siempre, decidió correr el riesgo de volver a entrar en la casa.

Se dirigió al patio principal. Con aire de impotencia vio que esa mañana habían sido tres las aves muertas y con una decisión que no dejaba lugar a dudas, abrió de par en par la puerta del jaulón y dejó que los pájaros que quedaban con vida se alejaran de allí volando... libres, al viento... como ella deseaba tanto escapar.

Satisfecha, con una honda felicidad interior que nadie comprendería, miró por unos instantes más como los pájaros se alejaban y se perdían entre los nubarrones que ya se extendían sobre la ciudad.

Mientras los miraba, absorta, perderse en el horizonte, una voz conocida la hizo precipitar inesperadamente a tierra, teniendo que enfrentarse otra vez con la cruda realidad.

Después, tragándose las lágrimas y con sumo cuidado, tomó los cuerpecitos sin vida de los pájaros muertos y sin decir palabra, los puso en las manos de su marido que acababa de entrar y cerrar para siempre las puertas de su propia jaula.


 (fin)

12 comentarios:

Sinuhe dijo...

Jo, no se muy bien por donde comenzar. Menos mal que al escribir no se nota el tartamudeo, porque tu relato me ha dejado parte de mis sentidos mermados,jejeje. Primero felicitarte por tu adaptación a las necesidades del texto, adoptas un vocabulario magnífico para la época que narras sin el más mínimo desliz y consigues, gracias a él, introducir al lector en esa atmósfera extraña de revolución hipnótica en la que el hombrecito del bigote sumió a Alemania en esos meses anteriores a la gran guerra. Pero a la vez, tratas este gran hecho como algo secundario centrando la atención en esa cárcel interior de la pobre y sumisa esposa, que es la única que intuye los horrores que se avecinan y que los tiene que digerir dolorosamente y en la más total soledad, y lo más terrible, parte directamente hacia ellos para vivirlos en primera persona.
Te diré que cuando leía, he tenido la sensación de estar leyendo a mi escritor favorito, Don Vicente Blasco Ibañez, pues has adoptado en este relato una técnica muy similar a la suya.
Es complicado el resumir unos años tan terribles de una forma tan sutil y breve como tu lo has hecho. Y lo mejor sin duda, el final, depositando en manos del marido esos pájaros muertos, símbolo de la muerte de cientos de miles de personas que tendrá que cargar en su conciencia. Por otro lado, ese gesto de abrir las puertas de la jaula para que vuelen unos pocos también es una muestra de que siempre queda una pequeña puerta a la esperanza.

Buenísimo Moni, de lo mejorcito que he leído.

Curiosamente hoy he puesto un post sobre el hombrecito del bigote, en el que el marido de esta mujer, bien podría llamarse Herman Göring.

Abrazos

Neogeminis dijo...

Muchísmas gracias Sinuhé, cada palabra tuya es un halago inmerecido que me hace poner colorada!
Te agradezco, como a los demás que no hayan desistido de leerlo a pesar de que resulta bastante extenso y eso es casi un pecado en el formato bloguero!..así que doblemente gracias!

RöB dijo...

Hola Moni!
Ha finalizado la votación para el premio "RoB Dangal TV" y mañana se darán a conocer oficialmente los ganadores.
Gracias por haber participado.
Un beso grande!

RöB

Queen_of_Diamonds dijo...

Muchas Gracias por tu apoyo Neogemenis.
Tu relato es magnifico!!! de verdad!!

Lala dijo...

Joo, es como ver una película.
No sé si te lo dije la otra vez, pero serías buena guionista!!!
Espectacular relato, Mónica!


Un besito


Lala

Aire de Alhena dijo...

Fabuloso Neo.
Pienso que Sinuhe ya te lo ha dicho todo y yo sería repetitiva.
Aunque el formato es largo, el tema y su forma de exponerlo han hecho que sea un placer leerlo.

Un abrazo y felicidades.

Cornelivs dijo...

Ha nacido una escritora. Ya lo creo.

Me gusta el comentario de Sinuhe. Tenia pensado decirte bastantes cosas, pero coincido sustancialmente con Sinuhe.

Me gusta tu estilo.

Un abrazo...!

Martín dijo...

Inmejorable final para un relato que me atrapó desde su primera entrega. Escribis muy bien, cada dia mejor. Saludos

Any dijo...

Que puedo decir Neo, me leí el final del relato de un saque. Sentí la angustia de esa pobre mujer rodeada de toda esa gente horrible en la reunión y después al ver los patos colgados, que le anunciaban el horror cercano.
Por suerte pudo dejar en libertad a los últimos que le quedaban, como un símbolo de que uno siempre trata de defender el último pedacito de libertad que le va quedando.
Me dejó triste este relato.
abrazos vecina, que bien escribís!

Ardilla Roja dijo...

Bueno y qué agregar! buenísima historia y tu forma de contarlo es muy elegante, ya te lo dije una vez.

Voy como los caracolitos, pero intento llegar a todo lo que escribes.

Besos

Sinuhe dijo...

¿Largo? A mi se me hacen más bien cortos todos tus relatos. :)

ShaO dijo...

Tus relatos como el buen vino, mejoran cada vez que los saboreas una y otra vez. Simplemente geniales Neo... Un contenedor de besotes

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