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lunes, 6 de mayo de 2013

FINAL DE LA HISTORIA


ENTRE LIBROS, LUCES Y ESCENARIOS
Decidí seguirlos sin ser vista –eso creo- luego que se fueron del bar aquella mañana de sábado de otoño recién nacido y comprobé que no es nada mezquina su entrega, no es unidireccional el sentido en que despilfarran sus energías.
En ese libre fluir de idas y venidas ellos emanan lo mejor de sus destellos. Van hilando fino sus influjos, compartiendo -con quien esté dispuesto- esa magia que a veces es confundida con desatino, con pantomima, con locura inocua, con inconsciencia que merecería ser reprimida.
Ellos se esmeran en buscar los sitios más poblados, más transitados, desde donde irradiar la bondad de su libertad sin límites. Quizás hasta vayan calculando con elaborada ciencia fáctica, desde qué sitios se trasporta mejor su energía, mejorando así la eficiencia con que lleguen a aprovecharse sus beneficios.
Uno los suele encontrar en avenidas céntricas, en plazas, en bares, en cines… o en librerías como El Ateneo Grand Splendid –frente al mismo sitio donde los vi desayunar- Allí ellos se desenvuelven con mágico encanto circulando a su antojo. En medio de un gentío importante de transeúntes, turistas y amantes del arte, van haciéndose ver entre libros, discos, fotos y exhibidores de pulcros cristales. Tal vez sea en sitios como ese desde donde logren aumentar aún más la epifanía que significa, para el desprevenido paseante, el encontrarse de improviso frente a frente con semejante dislate de colores, transgresiones y normas.
En general, cuando uno entra a un sitio tan increíble como esta librería –antes teatro- a la que me refiero, la mirada se deja llevar por el impacto inicial que produce el conjunto: estanterías infinitas poblando lo que fueran hall, foyer, salón principal, galerías y palcos, iluminadas con la justeza ideal para que el visitante se sienta cómodo. Seguidamente uno se pierde en los detalles: de piso a techo, la decoración floral, dorada sobre colores suaves, para rematar en el maravilloso fresco del cielorraso, que emula ser un particular firmamento que se abre, poblado de figuras celestiales, pájaros, y numerosos personajes que parecen rendir pleitesía a una dama central en actitud de equilibrio y reflexión. Ante semejante cenit, el escenario teatral original se presenta con su impactante telón rojo, siendo no ya marco para las antiguas representaciones escénicas, sino como contenedor de quienes gusten tomarse un descanso, un café, o lo que se les ocurra…justo allí, donde el trasfondo de lo que alguna vez aparentó ser realidad se muestra desnudo tal cual es: bajo parrillas de spots y luces multicolores se descubren, descarnados y pulcros, las bambalinas de lo que desbordó otrora magia irreal y polvo de estrellas.
Desde ese sitio especial en el que hoy, paseantes, lectores, estudiantes y curiosos se congratulan ante la maravillosa conjugación de teatro y libros plasmada ante sus ojos, nuestro par de ángeles urbanos se empeñan en aumentar con su presencia el sortilegio que allí se respira. La inquieta pareja revolotea extasiada entre volúmenes de Borges y de Plutarco, de Cervantes y de Shakespeare, se entremezcla cándidamente entre antologías de cuentos fantásticos y casi ignotos libros de poesía.
Sin darse cuenta, la gente comienza a acompañar discretamente con movimiento de pies o cabezas el ritmo de la leve música funcional que nace desde ocultos parlantes, la misma que lleva a los ángeles, con etéreos pasos cortos, a la aventura de bailar unos compases allí, frente a todos, con gran despliegue de elegancia.
Luego de la improvisada danza, mientras los elegantes dedos de él se mueven como palomas entre las hojas crujientes de las novelas y crónicas literarias, ella, embebida de rosas y suspendida entre rasos y tules, busca inquieta poetas clásicos de antiguos linajes.
Entre querubines dorados y molduras de grácil diseño el espíritu de todas las personas se aligera aún más y casi logra traspasar los límites físicos de la librería. Verlos a ambos allí, en medio de aquella atmósfera de poesía y teatro, sobrevivientes a la adversidad de no ser prioritarios y urgentes, resulta, para quienes con ellos coincidimos, una situación emblemática, una señal del cielo, un paradigma digno de ser dilucidado. Quizás el sólo hecho de comprobar que existen, sea señal para recordar que nosotros en cambio hemos dejado de ser, para apenas limitarnos a aparentar, lo que se espera que seamos…y es así que el alma humana empieza a caducarse.
Es por eso, sin dudas, que se nos han enviado estos ángeles. Para advertirlo. Para recordárnoslo. Para ayudarnos.
Mientras los ocasionales observadores angélicos seguimos hilando pensamientos en torno a lo que ellos nos irradian, dentro de aquel recinto privilegiado las musas llegan pronto en bandadas, buscando anidar en las mentes de quienes han llegado hasta allí para degustar letras ajenas e intentar tallar las propias. Es así que se inicia otra modalidad del encantamiento angélico: la inspiración.
Mediante lo que nos va sugiriendo su propia presencia, nuestros pensamientos se van adiestrando en la búsqueda de razones. Razones por las cuales ellos son como son y nosotros, en cambio, nos limitamos a envidiarlo, a menospreciarlo o a criticarlo. Y es con esa nueva excusa que se desenrolla el ovillo y van surgiendo las consecuencias de lo que vamos intuyendo. Bajo forma de poemas, cuentos o burdas barrabasadas, los que insistimos en dejar palabras en nuestro camino solemos experimentar la necesidad de escribir sobre estos maravillosos seres trascendentes que nos iluminan con su intervención en este mundo contradictorio (tan dramático, a veces, y tan ridículamente incomprensible, otras).
Habrá quienes, insistiendo en ver la realidad como una simple sucesión de causa y efecto empíricamente comprobable, intenten contradecir mi afirmación y nieguen –imagino la sonrisa socarrona- cualquier posibilidad de existencia de seres angélicos, ya sean urbanos o de los otros. Los entiendo. Hasta hace poco yo era uno de esos escépticos.
Pero los he visto. No sólo andar y desplegar sus dotes de encanto singular, como les he narrado. Los he visto poner en práctica sus sobrenaturales técnicas de seducción y sus elaboradas estrategias de transformación anímica. Los he visto jugar y triunfar frente a  la apatía fastidiosa y al sometimiento implacable que pretenden cobrar los años.
Los he visto sembrar sonrisas, poblar de perfumes y colores el aire, diluir a su paso smog e indiferencias, hacer nacer instantáneamente tema de conversación en quienes antes a duras penas se miraban. Los he visto incomodar con su sola presencia a los soberbios, a esos que se creen superiores al resto de los mortales. Los he visto sojuzgarlos, haciendo gala de fingida o real ignorancia frente a sus burlas y destrozarlas, haciendo sobrevivir su magia aún luego de haberse alejado de ellos.
He comprobado su intacta inocencia en el espejo de los ojos de los niños, quienes, abiertos siempre a lo puro y a lo bello, les han tendido de inmediato e incondicionalmente sus manitos. He comprobado que a su paso, las nubes se van disipando, mientras los rayos de sol buscan aunque más no sea acariciarlos. He visto posarse más de una paloma sobre el nido de sus sombreros, y lejos de inquietarse, ellos ahí las dejaron, brindándole cobijo, intercambiando calidez, quizás hasta algún gesto cómplice. He visto renacer por su causa ilusiones perdidas, musas recobradas, alegrías dormidas.
Pero para que no hubiese lugar a dudas y mi razón no tuviera ya motivo para cuestionar mis apreciaciones –tildadas tal vez de subjetivas- he podido ver mucho más: los he visto a ambos diluirse ante mis ojos, allí, entre las estanterías de lo que fue paraíso en el antiguo teatro que hoy es librería. En el Ateneo Grand Splendid, ellos, tomados de la mano, se fundieron –casi- entre el color pastel del decorado, haciéndose parte de lo que aparenta ser pintura y quizás sea en cambio –esto sólo lo sospecho- acceso hacia un verdadero sitio celestial. O tal vez no sea así. Tal vez no exista el paso y sólo estén ellos aún allí, camuflados, camaleónicamente disimulados entre las flores y las aves del cielorraso esperando que otra vez se haga de día y vuelvan, entre colores, sueños y risas, a contagiar con su magia a los humanos que aquí abajo, casi siempre deprimidos, solemos ansiar la llegada de ángeles como ellos, para que con su generosidad, nos pongan más rayos de luz en nuestras vidas.

9 comentarios:

Pepe dijo...

He querido esperar al final de la tercera parte para comentar sobre la existencia de esos ángeles en nuestras vidas. Alguno conozco que irradia la misma ternura, que transmite la misma calidez, el mismo escaso sometimiento a normas, seres libres que con su comportamiento llenan su entorno de optimismo y positividad, aparentemente estrafalarios, como bien describes, son seres de luz y luz es lo que transmiten a raudales a poco que te fijes en ellos.
Me ha encantado tu historia Neo, como he alucinado con la existencia de esa hermosísima librería.
Un abrazo.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Gran lugar esa librería que antes fue cine.

jaal dijo...

Aquí en Madrid pretendieron hacer algo parecido en el antiguo cine Benlliure. Fue un desastre. Lo de la librería que describes es otro cosa.

Saludos

Luis de Burg dijo...

parece que hubieses visto la película "ciudad de angeles" de Nicolas Cage y Meg Ryan, antes de escribir esta entrada y me parece fantástico eso de imaginar todo tipo de seres curiosos a nuestros sentidos, pendientes de nuestra lectura, ya que ellos lamentablemente carecen de ellos, me da pena esa película ya que de cierta forma aquellos seres tan perfectos, no lo son, son seres carentes de miles de cosas que los humanos simplemente tenemos por designio de dios, algo contradictorio ya que ellos son superiores, entonces queda la interrogante, dios también anhelará tener nuestros sentidos??? será por eso que envió a su hijo a la tierra a ser hombre?? o jesus porfiado a conocer lo que es es un humano se lanzó a la tierra sin permiso?

rodolfo dijo...

hay muchas librerías que impregnan de su buen hacer y mejor gusto las ciudades don de se ubican. Oporto, Budapest...

Marta C. dijo...

Hola, Mónica, hacía mucho que no pasaba por tu blog, ando viviendo la vida gracias a una tregua de mi cuerpo y, como sé que es trasitorio, intento vivirla intensamente, por ese motivo tengo menos tiempo.
Tu relato me ha dejado impresionada, qué belleza, qué narrativa tan potente tienes. Al leer la palabra final en el título, he imaginado que este es el último capítulo de un relato. Me encantaría leer el o los anteriores, pero no acabo de encontrarlos en tu archivo. ¿Podrías darme los títulos en mi correo electrónico? No me los quiero perder.
Te felicito, Mónica, es un relato redondo. Aún recuerdo esa prosa sencilla e ingenua de un relato antiguo que me enviaste, creo que el título era En el paraíso. Has dado pasos de gigante en la evolucion de tu estilo y tu prosa. Siento no poder pasar con más frecuencia. Un beso, amiga.

maruja dijo...

Que colorida y poética descripción, que maravilla de sitio, los libros en medio de un espectacular escenario, un teatro completo de libros. ¿No puedes ponernos un vídeo?. Aquí desaparecen librerías, cines modernistas, y frescos de Almada Negreiros se han destruido sin piedad.Será que nos sobra... o que nos falta sensibilidad.

Adivinanzas con respuestas dijo...

Menudo escenario más impresionante, en vez de público, libros, la cultura como espectador.

Marta C. dijo...

Aquí estoy de nuevo, Mónica. He leído las tres partes del relato y aún me ha gustado más.
En especial el último párrafo de la segunda parte, qué verdad.También destacaría estas líneas:

"Quizás el sólo hecho de comprobar que existen, sea señal para recordar que nosotros en cambio hemos dejado de ser, para apenas limitarnos a aparentar, lo que se espera que seamos…y es así que el alma humana empieza a caducarse."
en las que nos adviertes de que solo tenemos una vida y no podemos malgastarla porque tiene fecha de caducidad.
Me ha gustado mucho ese cambio de look en tu blog. La verdad es que me sentía un poco cohíbida escribiéndole a Sharon Ston. Tienes unos ojos preciosos y bien valía la pena que nos dejaras disfrutar de ellos. Un beso, Mónica, y de nuevo felicidades.

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