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jueves, 16 de mayo de 2013

ESTE JUEVES, UN RELATO: Fiebre de oro


Esta semana la propuesta juevera llega de la mano de Juan Carlos, y me ha traído a la memoria una trilogía que escribí hace un tiempo -El Dorado- con una temática que se emparenta con el título propuesto para este jueves.
Transcribo entonces la segunda parte y dejo, por si a alguien le interesa, los links correspondientes a la primera y a la última parte de la historia, como dije, ya antes publicada.



UN INFIERNO EN LEJANAS TIERRAS

Avanzando como pueden entre la espesa jungla que se esmera en ahogar las pocas esperanzas que le quedan, aquel puñado de aventureros lucha por vencer el hambre, el cansancio y el calor sofocante que los ha diezmado.

Llevan, altivos, cascos y escudos, armaduras y lanzas, aunque el portarlos les signifique un enorme peso extra que conspira con su ya poca resistencia.

Animales y aborígenes salvajes, insectos, fiebre, pestes y tormentos. Uno a uno los hombres van cayendo, sucumbiendo en aquel mundo hostil hacia el que se embarcaron hace ya tanto…los recuerdos de sus respectivas tierras natales se diluyen entre el impenetrable follaje que parece extenderse hacía el infinito.

Pese a todo, aún late intenso e incontrastable el fulgor de la llama que los trajo hasta aquí. La fuerza de los sueños suele ser más fuerte de lo que parece y aunque cueste creerlo su ánimo aún no se ha doblegado ante las adversidades que les han tocado en suerte.

No todas las decisiones han sido acertadas. Las traiciones y las cobardías estallan por doquier y la avidez por las riquezas hace que hasta los hombres más confiables se transformen en fieras salvajes que irrespetan honra y linaje. Son pocos los que aún entienden que es la fortaleza de su espíritu íntegro y cabal los que los mantendrá a salvo, fuera del alcance de flaquezas y banalidades. Es Dios mismo quien los pone a prueba con tantas vicisitudes… y si tamaña es la tentación a vencer, enorme será luego la recompensa. Gloria y riqueza los esperan. Esta vez lo siente a flor de piel.

La distinción del blasón real contrasta con la uniformidad de la jungla. Resulta muy estimulante verlo allí en lo alto, flameando en su pica, en medio de este territorio hostil que nada sabe de civilización y honor. Los hombres renuevan su fe y su perseverancia al mirarlo, y las expectativas que los han traído hasta estos rincones remotos, alejados de todo lo conocido, recobran su fuerza.

Cada vez son más precisos los relatos que les llegan de boca de los salvajes: un Rey Dorado, un reino de riquezas inimaginables. Una ciudad de oro y maravillas inconcebibles en medio de la jungla, esperando ser, por ellos, descubiertas y conquistadas. Hacia allí van, luchando contra toda clase de peligros, poniendo a prueba su fe y su integridad, avanzando hacia lo desconocido con la convicción de quienes saben que es la voluntad de Dios quien marca su camino.

No habrá que dejarse vencer  por la desazón ni por el hostigamiento de los salvajes que los acechan entre las sombras. No en vano han llegado hasta allí. Es la Fe y la Verdad los que los impulsa y serán ellos los que lleven hasta los rincones más remotos la grandeza de su raza. Es enorme su entrega. Será acorde su recompensa.

De improviso, al bordear por un estrecho camino entre riscos, un enorme valle alcanza a verse en la lejanía. En medio de él, un gran lago se extiende, majestuoso, como espejo resplandeciente que se engalana con el color del cielo reflejado.

Los aborígenes que hacen las veces de guías y traductores han logrado obtener nueva información de los salvajes que van encontrando a su paso. No hay duda ya. Ese parece ser el lago del que hablan las leyendas nativas. Allí, en esas aguas, el Rey Dorado realizaba en otro tiempo su ostentoso ritual de ofrendas áureas. A juzgar por lo que narran los salvajes, el fondo del lago debe estar repleto de piezas de oro. Un digno botín para la Corona. Una merecida gloria para ellos.

La palpable proximidad con lo que sin duda es el mítico Dorado despierta en los hombres todo el vigor que ya creían perdido. Las miradas recobran su brillo, los corazones laten con más fuerza…la ansiedad por ver de cerca aquellas aguas los impulsa a apurar el paso aunque sepan que al hacerlo aumentan los riesgos.

Pasan más de dos horas y han avanzado muy poco. Mucho menos de lo que su impaciencia – que ya es desesperación – puede soportar.

Han escuchado que los aborígenes de esas tierras son particularmente crueles. Hasta se comen unos a otros! Eso los inquieta aún más y hace que el desprecio por esas bestias aumente su esmero por llevar los Santos Evangelios hasta donde aún no ha llegado la Palabra de Dios.

Otro hombre ha caído recientemente, presa de la fiebre o por la mordedura de alguna serpiente…no importan los detalles. Lo mismo da. A estas alturas la muerte es casi una compañera más del trayecto y sólo sirve para que la expedición retrase más aún su marcha a costa de calmar en algo las conciencias: hay que honrar a los muertos y rezar por sus pecados. Al menos así se allanará en algo su entrada al paraíso cuando sea la hora.

La senda se pierde otra vez tragada por la espesura. Los insectos parecen querer atravesar hasta las armaduras con sus aguijones. El calor aumenta y se hace más húmedo y espeso el vaho que los envuelve.

El hombre se siente afiebrado, agotado…pero no puede desfallecer…no ahora que están tan cerca de poder realizar sus sueños.

Su armadura lo sofoca, le aprieta su pecho a más no poder, por eso decide sacársela. Es breve el alivio, pero igual lo disfruta. Mengua en algo aquel calor infernal pero no cesan de embotarse sus sentidos.

Sus pensamientos se hacen más desordenados, más lentos, como si su razón se hiciera polvo y su cuerpo fuera apenas un títere sostenido por débiles hilos invisibles. No logra razonar a voluntad. No consigue mover sus extremidades ni reaccionar según le dicta su instinto de conservación. Ve claramente venir la flecha. Hasta logra entrever el color de la pluma que la balancea: es roja. Tan roja como la sangre que ahora mana de su pecho y parece hacerse flor…un rojo intenso, como el del blasón real, ese que ondea en lo alto de su pica y parece ahora despedirlo con una letanía…el Dorado…el Dorado…allí está…por fin…




Más relatos jueveros, en el blog de Juan Carlos.

24 comentarios:

rodolfo dijo...

la ambición desmedida lleva a dar por bueno lo que no existe: fuentes de eterna juventud, el dorados y tierra de la plata: argentium

mariajesusparadela dijo...

Los argentinos, además del rio de la plata, tendreis, obligatoriamente que tener Fiebre de la plata.
Nosotros, los de Auria (aurienses), somos los de la fiebre del oro.
Lo canta nuestro nombre.

Valaf dijo...

Al final tu dorado tiene una simbología muy parecida al mío. Ese oro que no pesa y ese sol que no quema. Un relato buenísimo.

Un beso

Juan L. Trujillo dijo...

Maravillosos relato, donde se plasma la verdadera historia de la busca de ese Dorado, que nada tiene que ver ni con la evangelización, ni las glorias hispanas.
Un abrazo.

Cecy dijo...

Aquí se encuentra la llamada fiebre...

Omar enletrasarte dijo...

qué desesperanza,
qué buen relato
saludos

miralunas dijo...

impecable. Impecable!
mi aplauso!

San dijo...

Cuanta ambición, no tiene límites. Sigo, voy a por el final.
Besos.

PEPE LASALA dijo...

Gran relato, no conocía la historia de esa búsqueda "dorada". muchas gracias me ha encantado. Un fuerte abrazo y feliz fin de semana.

Leonor dijo...

Esa era la cuestión, las riquezas obtenidas engañando a los indígenas, nada de evangelización ni cultura(acaso no tenían ya sus propios dioses y su ancestral cultura?) todo escusas para llevarse el oro. Enfebrecidos conquistadores.

Un beso.

Alis Imaginaria dijo...

Verdaderamente dura y cruel la vida que llevaron. Precioso relato, voy a por el final.
Un abrazo.

Pedro Ojeda Escudero dijo...

Nunca dejará de ambicionar el ser humano aquello que más daño le hace...
Besos.

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

La busqueda del oro, algo real, puede ser una busqueda ambiciosa.
En cambio, la busqueda de la fuente de la juventud, algo que podría o no no ser irreal, es una noble anhelo.

Juan Carlos dijo...

Enorme historia de esa quimera, ese Eldorado que llevó a tantos exploradores a ninguna parte. M encanta ese contraste de misión divina y búsqueda de oro, de esa naturaleza contra las convenciones de los exploradores.
Abrazos.

G a b y* dijo...

Muy buen relato Neo. Una muestra de búsquedas, anhelos y ambición. Parte de la historia, que ha costado frustración.
Besos!
Gaby*

Carmen Andújar dijo...

Muy buena historia. A pesar de las adversidades, esa fiebre del oro mueve al hombre hasta el final, a pesar de las adversidades, prefiere la muerte a rendirse.
Un abrazo

Fabián Madrid dijo...

El oro que parece liberador se convierte en esclavizante. Un beso.

Sindel dijo...

Uno se hace esclavo de sus ambiciones, a veces lo que parece la salvación en realidad es una prisión del alma.
Te dejé un regalito en mi blog, espero que te guste.
Un besote.

Pepe dijo...

La búsqueda del Dorado y las circunstancias que rodearon esa aventura. Nos has descrito a la perfección el esfuerzo, la heroicidad, las dificultades, la utopía que guiaba sus pasos, el desfallecimiento y la determinación de seguir, en definitiva, me ha encantado.
Un abrazo.

rosa_desastre dijo...

Atrocidades en el nombre de un dios, simple tapadera de la avaricia.
Un beso

casss dijo...

Después de leerte una sola cosa: aplaudo.

un fuerte abrazo, doble más que nunca.

Alicia Gonzàlez dijo...

Me engancho tu historia,gran relato. Besote

Natàlia Tàrraco dijo...

Coincidimos en el Dorado amiga mía, pero tú te pones en el pellejo de los ávidos aventureros españoles, aquellos, la mayoría desarrapados, con la cruz en alto titulando de salvajes a los indios, aquellos cegados de oro, arrogantes con la verdad a cuestas y los pendones en alto, los mismos que hallaron el oro rojo en sus corazones traspasados. Excelente relato, muy elogiable porque lo escribes desde el sentimiento de la tierra invadida. Algo bueno dejamos pero muchísimo matamos y robamos, mucho impusimos en credos y en costumbres, no se me olvida.
Disculpas por el retraso, llegué ayer noche de contemplar el oro verdadero delo sol napolitano. Besitos muchos.

Anny dijo...

Hola Moniqué , como siempre llena de misterio, llevándonos a seguir tus letras, lindas letras, hilvanadas con destreza, y es en esa búsqueda donde se descubren todas las pasiones, las buenas, las malas, donde también se soporta mucho en el anhelado encuentro del dorado.Un beso bonita.
Anny

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