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sábado, 2 de mayo de 2015

MOVIE . Un cuento

Imagen: gato de la película Inside Llewyn Davis


Ella era una de esos personajes del cine intelectual, estereotipo de fémina que suele hablar con un tono susurrante y lacónico, quedándose sin aliento al culminar una frase y aparentando estar siempre a punto de caerse. Con una copa o un cigarrillo entre las manos y un aire de haber visto lo peor de un mundo oscuro que se deshace a su alrededor, se mueve levemente por alguna habitación en penumbras, mientras algún enamorado secreto la observa extasiado. Con la naturalidad de quien dice “buenos días” de vez en cuando se destapa con una frase filosóficamente profunda despachada con ese hilo de voz seductor que le nace frente a cámara, mientras su mirada lastimera se pierde con nostalgia en algún trozo de cielo incontaminado, que se abre – contradictorio -  en medio de una gran ciudad mugrienta y miserable. Su pasado resulta ser bien negro, su presente por demás de opaco y su futuro, prácticamente inexistente. Su soledad e infelicidad es manifiesta y crece en cada escena.

Él resultaba ser el típico perdedor, ese antihéroe cinematográfico que anda vagando por los suburbios  cargando sobre sus espaldas la frustración de tener un sueño y nunca poder concretarlo y con la añoranza de épocas juveniles en las que aún tenía intacta la vocación de sobrevivir como sea. Con su guitarra a cuestas y unos pocos bártulos que constituyen sus mínimas pertenencias, noche a noche va alternando los sofás de un puñado de amigos que aún toleran sus visitas, borracheras, deudas acumuladas, contratos incumplidos y melodías de blues inundando sus vidas conflictuadas. Intentando escabullirse de un futuro insípido al que teme más que a la muerte, el descolorido músico marginal baraja las últimas cartas entre sus contactos, intentando recibir a cambio de su desgarrada música algunos pocos dólares que le permitan subsistir unos cuantos días más. La falta de proyectos ciertos le oscurece cada vez más la mirada que sostiene – alicaída - por varios segundos frente a cámara, evocando dolorosos recuerdos que no se digna a compartir con el espectador.

El gato era anaranjado, de pelaje largo, atigrado y suave. Con unos ojos increíblemente expresivos e intrigantes que atrapan con su misterio a todo quien lo mira por primera vez. Su mayor talento es detectar a los seres solitarios, esos personajes grises que peregrinan la inhóspita ciudad de la pantalla, perdidos entre una multitud incierta de extras que deambulan sin aparente destino, pero con la inconfesable aspiración de lograr un primer plano y captar aunque sea brevemente la atención del espectador. Al gato casi no se le siente maullar. Quizás esa gran virtud de ser manso y silencioso atrae a los personajes principales que anda solos por esa vida de ficciones, buscando un hueco donde guarecerse, un oído que no se canse de sus quejas y al menos alguna vez cuando la luna asome, tener con quien compartir un intercambio de caricias.

El puente se adivinaba antiguo, monumental y de férrea estructura. Como testigo mudo de viejas épocas de bonanza, cruzaba el rio impertérrito a la vez que dividía en dos la urbe quejumbrosa. Con débiles luces amarillentas salpicando aquí y allá la espesa negritud de la noche lluviosa, se extendía sobre el simulado curso de agua desde una impensada altura que en realidad era sólo apariencia. Los pocos autos que lo transitaban iban cediendo paso a la impávida quietud requerida para preanunciar una eventual escena de suicidio.

La chica de la voz susurrante ahora avanza hacia la parte central del puente caminando con suma lentitud bajo la tormenta que no parece menguar. Sus lágrimas irredentas se funden con las gotas de lluvia que no respetan ni sombrero ni paraguas. Lágrimas y lluvia resultan ser igual de ficticias, pero la fuerza expresiva es buena y la escena logra gran impacto. La cámara se regodea con el brillo de los ojos obtenido con un buen colirio y así, las pupilas claras se destacan en plenitud.

Un leve maullido quiebra el silencio de la noche. Para remarcarlo, la ligera música incidental de la escena se diluye hasta hacerse casi imperceptible. El gato anaranjado entra en escena con paso decidido y veloz, aunque sin correr. Se detiene frente a la chica, la observa escudriñando las necesidades de su alma y le dedica, junto con una de sus insondables miradas, el generoso obsequio de la suavidad de su pelaje acariciando sus piernas. La cara de la chica se ilumina con la sonrisa que a su vez ella le dedica. El impulso de alzarlo y abrazarlo no se hace esperar. El gato responde con la mansedumbre de un felino que ha ansiado ese encuentro. Se deja acariciar y le ronronea.

La lluvia ahora sí parece menguar. Algunas nubes despejan la faz de la luna que brilla sin certezas desde lo alto. De improviso, el gato se libera de los brazos de la chica y con un brinco inesperado se aleja hacia un punto incierto fuera de cuadro. La cámara lo sigue unos metros a la vez que se ocupa de remarcar la desolación que siente la joven al dejar escapar el último hilo que la sostiene a la vida.

Un par de zapatos gastados de hombre ocupan ahora el primer plano, arrastrando entre charcos la que ya resulta ser habitual soledad de músico frustrado. Por segunda vez el gato entra en escena irrumpiendo en el destino de otro desafortunado personaje. Se repite la sorpresa, la seducción, la mutua complicidad de miradas y caricias. La necesidad de compañía hace el resto. El felino se las ingenia para conducirlo, sin prisas pero sin pausa, hacia el puente donde minutos antes dejó aguardando a una potencial suicida. Apresura su paso y también el del solitario músico, que sin saber por qué, se decide a seguirlo.

El cielo de la noche se anima a lucir alguna estrella. La chica de la voz rumorosa se instala otra vez frente al momento crucial de su destino. Parece querer cerciorarse de las definitivas consecuencias de una eventual caída al esquivar aquellas bridas. Algo en su interior le hace dudar de la decisión tomada. Parece aguardar alguna señal que le haga reflexionar sobre la esperanza y la fe que debería sostener el valor de la vida. Mira a su alrededor pero nada altera la soledad de la noche. La existencia parece extinta.

Por fin, en el momento culminante, justo antes de dar el salto crucial, unas manos decididas la toman por los brazos impidiendo que se arroje a las frías aguas turbulentas. El acto suicida se ve interrumpido. Los pies pequeños de la mujer susurrante vuelven a apoyarse sobre el gris del asfalto. Ya no se los ve solos. Otro par de zapatos –otra vez los gastados del músico desterrado- la acompañan ahora. 

Nuevamente el gato anaranjado entra en escena. Ronronea particularmente feliz y conforme con el logro obtenido. Comparte esta vez sus caricias con dos pares de piernas.  Dos pares de piernas que quizás se decidan desde ese momento a disolver sus soledades, fórmula inequívoca para un final abierto que reconforta a los espectadores que de a poco se reubican en sus realidades al tiempo que en la pantalla, fundido a negro, aparece como bordada la palabra Fin.

6 comentarios:

Ester dijo...

Una historia que me ha mantenido alerta, pero con ganas de terminarla, el final me tenia en vilo y el final ha llegado con sorpresa incluida. Saltos y brincos

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Muy cinematográfico. Podría ser un corto de cine, con estetica noir. O tal vez un videoclip en blanco y negro o azulado.
Muy oportuno el gato, su intervención evitó un suicidio y juntó dos soledades.

Anónimo dijo...

Me llamó la atención el hecho de que la srta siempre esté a punto de caerse ... no es raro? copeteada quizás? puede ser porque luego aclara que se desplaza siempre con una copa de algo. Venía muy sórdida la descripción de los personajes, hasta que apareció el gato. Y perdonemé si con esto le arruino la puesta en escena, pero yo me imaginé a Garfield y todo el clima se me vino abajo jajajaja. No me mate. Y además estaría bueno que fuera Garfield y terminaran los tres comiendo lasagna (la comida preferida del gatito) en algún bodegón, mugriento y maloliente eso si, como para emparejar con el estilo del cuento.
No me odie, yo la quieroooooo!!!
besos un millón, buen domingo (que frío hace che!)

A que si sabe quien soy eh? no hace falta que firme.

Nino Ortea dijo...

Buenos días, Mónica:
Enhorabuena por tu relato que captura toda la imaginería cinematográfica de la ambientación de una escena/interior/noche junto con una descripción magnética de personajes y acciones.
Un abrazo.

Maruja dijo...

Buenos días, muy buen relato.

casss dijo...

Una mano lava la otra y las dos...
Un alma salva a la otra y las dos...
Una historia para un corto o un largo, pero una buena historia que recomendar.

besos (dobles)

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