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domingo, 13 de septiembre de 2009

EL ENIGMA - Parte uno



Nota: (cualquier punto de referencia con el cuento El hombrecito del azulejo De Mujica Láinez juro que ha sido pura coincidencia!)


EL CATÁLOGO


Buenos Aires, comienzos de 1920

Presuponiendo que el destino suele prepararnos jugadas magistrales en las que nos coloca de repente frente a algún hito trascendente o enigma dispuesto a ser descifrado, el hombre se abandonaba al azar o quizás, a algún hilo virtual que hilvana su rumbo en la tarde somnolienta de los barrios porteños que se desperezan entre tranvías y monotonía callejera.

Hurgando en el misterio de zaguanes frescos y silenciosos se dejaba llevar por los sortilegios de las mayólicas y azulejos que sorprenden con sus mensajes cifrados de imágenes, símbolos y recuerdos.

No sabe bien por qué, pero algo en el aire le decía que en ellos, en el entretejido invisible de la simbología que los une, hay alguna clave trascendental esperando ser develada.

Siempre creyó que la Historia con mayúscula (y también las particulares, las escritas en minúscula) van dejando pistas aparentemente inconexas, veladas, sutiles, para que quien esté lo suficientemente entrenado en el significado críptico de los signos pueda contar con su ayuda esclarecedora sobre lo que acontecerá. Esos indicios, dejados intencionalmente como advertencia (o quizás simple capricho) son parte de un mensaje cifrado que algún poder ignoto envía a quien quiera interpretarlo.

Por alguna razón, decidió despreocuparse por lo referido por las coloridas mayólicas, rebosantes de ribeteados y relieves, concentrándose simplemente en las características, mucho menos ampulosas de esos discretos azulejitos albiazules que abundaban como decoración en las entradas de las casas de clases más populares.

En algún lugar leyó que la mayoría de esos pequeños azulejos que revisten con particular estética los zaguanes rioplatenses, han arribado en su momento desde Francia, precisamente de un mismo sitio, Desvres, probablemente de una misma fábrica que concentra desde los finales de la época colonial la casi totalidad de la producción de esas pequeñas piezas que decoran muchas de las casas de los suburbios.

Al parecer, los más menospreciados, los que simplemente lucen guirnaldas y simples adornos azules sobre fondo blanco, eran de muy bajo costo en aquellos años, y se utilizaban como lastre en los barcos que llegaban desde Europa en busca de las carnes rioplatenses. Por ese motivo y porque igualmente lucían humildemente atractivos, en lugar de ser desechados, dada su cantidad y buen estado general, eran clasificados, vendidos y utilizados en la arquitectura de casas económicas y conventillos.

Quizás el motivo por el que se viera decidido a centrar su búsqueda en ellos fuera la intrincada sucesión de factores que había conjugado la suerte para que aquellos azulejitos blancos, apenas surcados con monocromáticos trazos, hubieran llegado a destino partiendo desde tan lejos, sin tener previsto un rumbo fijo, siendo extrañamente utilizados como estabilización de buques que surcaban los mares hasta un sur casi inexistente en aquellos años, y sin que una razón lógica justificara adecuadamente aquel subterfugio de la causalidad que aparentaba en cambio ser casual. Alguna razón más trascendente tendría que haber y él estaba dispuesto a descubrirla.

Haciendo gala de lo más destacado de su espíritu metódico y catalogador, muñido de lápiz y cuaderno, aquel hombrecito de apariencia inofensiva e intrascendente se dispuso a enumerar meticulosamente todas las variables de diseños de los consabidos azulejitos, sus subespecies, las cantidades relevadas, las posibles variables y anomalías que surgieran durante la observación, la rítmica que adquirieran sus signos entrelazados y cualquier otra característica que sirviera para la interpretación del enigma que sin duda, ellos trasuntaban.

La tarea no fue fácil. Desde el día que comprendió cuál debería ser su objetivo en el incomprendido oficio de descifrador de señales azulejadas, hasta que culminó su ardua tarea de clasificación (circunscripta a cuatro de los barrios que juzgó más representativos), transcurrieron varios meses.

Los cuadernos empleados en dicho relevamiento fueron varias decenas, cuidadosamente etiquetados, ordenados y fechados. Con la certera convicción que cualquier detalle conexo que sucediera durante su relevamiento, podría añadir algún gesto particular a tener en cuenta en el momento de la interpretación de su simbología.

Durante el tiempo que la recolección de datos fue llevada a cabo, el hombre se vio forzado a ir dejando de lado paulatinamente la mayoría de sus habituales tareas no relacionadas con el registro. Primeramente fue suspendiendo las más accesorias, las vinculadas con su relacionamiento social o de esparcimiento. Más tarde optó por relegar horas de descanso. Luego fue retaceando notablemente el tiempo dedicado a sus comidas, actividad ésta que se presentaba como una antojadiza convención de horarios impuestos que nada tenían que ver con la simple y natural función fisiológica de alimentarse para sobrevivir.

A pesar del esfuerzo empleado, de la dedicación casi exclusiva, conseguir arribar a la elaboración sistematizada de suficiente material de estudio implicó que el hombre debiera dejar por varias semanas de concurrir a su trabajo, diligencia ésta que pasó a estar supeditada básicamente a la necesidad de comprar más material para sus archivos.

Transcurridos los primeros meses las consecuencias del deterioro de su físico fueron apreciables para cualquiera que observara aquella máscara enjuta en la que su rostro se había convertido.

Él mismo, al contemplarse en el pequeño espejo de su cuarto de soltero comprendía que la labor que había emprendido implicaría poner en riesgo su salud, pero sin dudas aquello sería una consecuencia secundaria derivada de la magna tarea que el destino había decidido poner en sus manos y no sería él quien se negara o pusiera límites mezquinos en lo que debía asumirse como prioridad.

A pesar que el proyecto se fue complejizando cada vez más y que los detalles a tener en cuenta en su catálogo se fueron multiplicando de tal manera que debió ir agregando anexos a los cuadernos de relevamiento, su firme convicción y su empeño no mermaron, aún cuando padeciera algunos desmayos.

Tampoco fueron pocas las ocasiones en que debió soportar la incredulidad y la molesta desidia de la gente que lo observaba realizar su maratónica tarea desde la comodidad de quienes se conforman con ver pasar sus días con dejadez, sin siquiera curiosidad por lo que la vida se empeña en revelarle.

Nadie parecía apreciar el valor real de lo que su espíritu indagador había decidido llevar a cabo. Nadie se dignaba a contribuir aunque más no sea por solidaridad con aquella tarea crucial que se había propuesto enfrentar.

Debió soportar constantemente, hasta en quienes lo conocían, esa actitud de patética conmiseración que, aunque con disimulo, las personas que se consideran cuerdas generalmente le dedican a los locos.

Más de una vez había que tenido que recurrir a la fuerza bruta (con las lógicas limitaciones que su endeble físico le imponía) para abrirse paso ante la mala disposición de algún ama de casa desconfiada que le negaba el acceso al zaguán de su casa o algún grupo de muchachos mal entrazados que le cerraban el paso a algún conventillo.

Pero a pesar de los malos trances, de las muchas pruebas a los que lo expuso el destino, el hombre persistió en su cometido y duplicó su dedicación hasta censar lo que asumió como un representativo número de piezas relevadas.

El día que puso fin a la meticulosa tarea del inventariado había un sol impiadoso que rajaba la tierra. A pesar de ello, y sabiendo que estaba jugando un papel determinante en el descifrado de los mensajes del destino, el hombre concluyó su labor en una de las callecitas más recónditas del barrio de Mataderos, en medio de una bandada de mosquitos que lo azuzaban sin piedad desde el yuyerío del baldío cercano.

El último portal a inventariar correspondía a la vieja entrada de lo que alguna vez había sido un almacén, que en ese momento, dada su especial condición de colación de ciclo, por algún designio intrincado del azar, pasaba a adquirir una connotación más que destacada.

Sobre el dintel, en lo que quedaba del marco de la puerta desvencijada aún lograba verse en relieve y bastante maltrecho el cartel que alguna vez había brindado nombre a aquel establecimiento: la cabeza de un caballo, con las crines al viento que enmarcado con rastros de pintura roja aún rezaba silencioso: “El Potro”

A pesar de lo inhóspito del paisaje, de la incomodidad del calor y los mosquitos, de la molesta presencia de los vagos entre los que debió transitar, a pesar de todo eso…el hombre se sintió feliz.


(continuará)



14 comentarios:

JR dijo...

Vos querés tenernos enganchados 3 días, pues bien al tercer día te comento que me parece, jiji.
Hasta interesante.

Besos.

La sonrisa de Hiperión dijo...

Paséa echar un ratito de lectura y ya me ha enganchado... esperamos más...

saludos y un besazo!

Pepi dijo...

Me encantan los azulejos antiguos, así que aquí me tendrás a leer las siguientes partes.
No ando muy lectora, el cuello me trae loca. Buena semana. Besitos.

Sinuhe dijo...

jejeje, será que de tanto leernos ya tenemos algo de telepatía. :)

Ya paso cuando lo finalices, ya sabes que me gusta leerlos del tirón.

Abrazos¡¡ o mejor hoy... un tango.

Cornelivs dijo...

Esto esta extraordinario...lindisimo texto. Espero la continuación.

Besos...!

Aire de Alhena dijo...

Me encanta ese tipo de azulejos,así que veremos que misterio encierran.

Hasta la próxima entrega y buena semana.
Abrazos.

Lala dijo...

Mmmm...las obsesiones no son buenas!
Espero que mereciera la pena.
Lo sabremos en tus próximas entradas, tachánnnnnnnn!
xDD!



U beso


Lala

Mundo Animal. dijo...

VA MUY INTRIGANTE LA COSA. PASARE AL SEGUNDO CAP.
BESITOSSSSSSSSSSSSS
CHRISSSSSSSSS

mi nombre es alma dijo...

Estoy de vacaciones y con internet tambaleante, pero aunque no pueda leerte, paso a saludarte.

Un abrazo

eva pardellas dijo...

haaayyyy...siempre me enganchas...ahora estaré tres días dándote la lata..jajajaja...pero ya sabes lo que me gustan tus relatos...con el último te comento mi impresión...besos mi amor!!!!!

Carol dijo...

Empiezo a leer estos tres relatos,que como siempre enganchan.

Un abrazo Mónica.

Valeria dijo...

Me encantan estos cuentos fantásticos Moni, además renuevo mi admiración ante la facilidad con que nos atrapás en la historia y ante los detalles que la hacen parecer más real todavía (pese a que uno sopecha que no lo es). Y hablando de detalles, ¿es verdad que los azulejos venían como lastre de los barcos? no tenía idea de eso!!. En cuanto al hombrecito, me hizo acordar ciertos aspectos de la película "Una mente Brillante" (o una mente maravillosa) basada en la vida de Jhon Nash, seguro que la viste, donde el tipo es un genio que descifra los intrincados códigos de la vida, ya a un extremo de locura, pero siempre desde la genialidad. Besos Moni, me voy a leer la otra parte ...

Valeria dijo...

Me encantan estos cuentos fantásticos Moni, además renuevo mi admiración ante la facilidad con que nos atrapás en la historia y ante los detalles que la hacen parecer más real todavía (pese a que uno sopecha que no lo es). Y hablando de detalles, ¿es verdad que los azulejos venían como lastre de los barcos? no tenía idea de eso!!. En cuanto al hombrecito, me hizo acordar ciertos aspectos de la película "Una mente Brillante" (o una mente maravillosa) basada en la vida de Jhon Nash, seguro que la viste, donde el tipo es un genio que descifra los intrincados códigos de la vida, ya a un extremo de locura, pero siempre desde la genialidad. Besos Moni, me voy a leer la otra parte ...

Valeria dijo...

Uy me sale un código de error cuando voy a publicar el comen, espero que llegue ...

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