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sábado, 24 de agosto de 2013

HISTORIAS CON PASADO, PRESENTE Y FUTURO - Parte 1

De vez en cuando me dan ganas de re editar alguna de mis trilogías, historias armadas en tres partes que, por su extensión, pueden resultar poco aptas para el formato bloguero. Así y todo sé que hay quienes las leen y gustan de ellas, por lo que hoy quiero publicar otra vez un texto que nació en forma impulsiva, sin saber por qué ni hacia dónde iba, y que resultó al final una historia romántica que disfruté mucho escribir.
Iré publicando, entonces, sucesivamente los tres capítulos que, espero, disfruten como yo.
¡Buen fin de semana para tod@s!



Parte 1: RELIQUIAS E INICIALES – PRESENTE CON PASADO

No sé hacia dónde me dirigirá este comienzo, no sé el destino de mis palabras. Sólo sé que el relato comienza en el mercado de San Telmo, en Buenos Aires, de esos donde se venden cosas viejas, adornos, libros, ropa usada; todo lo que alguna vez fue y quiere seguir siendo, como el corazón que se niega a morir después de un gran desencanto.

Era una tarde de sol de un día cualquiera, allí, donde todo es válido y nada es ridículo, en ese mar de colores, aromas y rostros distendidos, donde la fortuna guía los hilos de los que se lanzan a la aventura de encontrar algo bueno…

Con temperamento firme, cabello cano y elegancia en las que se han asentado los años, una mujer especial se disponía, como siempre, a mostrar su mercadería, o mejor dicho, sus sueños, porque no era la necesidad comercial lo que le hacía montar allí su campamento. Era otro el intercambio buscado, mucho más sutil, valioso y duradero. Era descubrir la vida en los ojos ajenos, era contrarrestar la apatía de los días grises, esos que no tienen nada que ver con el clima.

Ella había decidido, hacía ya bastante, no entregarse al simple transcurrir del tiempo, quería hacer algo valioso con la porción de vitalidad de la que disponía y así se comprometió todas las tardes a ubicar en su pequeño puesto las cosas más bellas que encontrara, las que atesoraran alguna anécdota, un recuerdo, un pedacito de alguien que sin estar, todavía seguía viviendo en el que fue su jarrón, su cajita de música o su retrato.

Aquella mujer que valoraba la nostalgia y sus testimonios se dedicaba a comprar y vender antigüedades, teniendo la íntima convicción de que en ellas perduraba parte de las almas de quienes poseyeron aquellas reliquias, y conservarlas resultaba ser una manera de honrar a quienes alguna vez, compartieron con esos objetos sus más tiernos e íntimos momentos.

En realidad su actividad no era meramente remunerativo, era mucho más que eso: ella escudriñaba en la mirada de cada paseante buscando intuir sus sentimientos, buscando ubicar a quienes merecían pasar a ser los nuevos propietarios de sus tesoros. Por eso, cuando alguien se mostraba interesado en alguno de sus maravillosos objetos y ella interpretaba que no era esa la persona indicada para llevárselo, se las ingeniaba para desalentarla diciéndole un precio muy elevado o desviando su atención hacia algo que ella considerara más apropiado.

Por el contrario, cuando veía, por algún signo que el destino le mostrara, que alguna persona destinada a encontrarse con algún objeto determinado no le había prestado atención, ella se las arreglaba para entusiasmarla con su compra, incluso, llegado el caso, cediéndoselo por menor valor del que, en su momento, ella había pagado.

Así las cosas, la mujer se consideraba a sí misma la encargada de reubicar en el mundo de los vivos las reliquias de los que ya no lo estaban y esa actividad era apreciada por ella como de extraordinaria importancia.
Entre todos sus tesoros había una que consideraba muy especial porque nunca había logrado encontrarle dueño. Por más que estudiara a sus posibles compradores, por más que advirtiera en ellos real atracción por aquella reliquia, nunca se decidía por ninguno y desechaba, entonces, hasta las más tentadoras ofertas.

El objeto en cuestión era un broche. Un pequeño prendedor de principio de siglo, bastante llamativo, de cerámica esmaltada y oro, con forma de escarabajo. Sobre el reverso, unas iniciales grabadas le daban el toque tan personal que la joya poseía. LMA - FDS, podía leerse, y quizás en esas letras fuera donde se radicaba gran parte de su magia.

Aquella preciosa alhaja había llegado a sus manos por medio de una amiga de su infancia, una triste mujer que decidió desprenderse de todos los recuerdos de su familia con la mezquina intención de reunir dinero para hacer un viaje junto a su amante de turno.

Quizás haya sido esa actitud de total desinterés hacia sus raíces lo que hizo que la anticuaria se encariñara especialmente con aquella pieza que la enamoró desde un primer momento.

Dada su basta experiencia en aquellos menesteres de interpretación de historias pasadas, enseguida intuyó que aquel broche era un especial testimonio de un momento muy particular en al vida de alguien que ya no estaba.
No logró recabar con su amiga algún dato preciso que la guiara hasta el origen de aquella historia, tampoco tuvo la suerte, como tantas veces, de ver en sueños los pormenores de aquel trocito de pasado. Sí tenía la íntima convicción de que en él vivía aún el vestigio de la que había sido una sin igual historia de amor de tiempos idos. En eso sabía que no se equivocaba y por ese motivo, se esmeraba particularmente en emprender correctamente el difícil proceso de hallar el dueño que lo mereciera.

Habían sido ya casi quince los años que habían transcurrido desde que el precioso escarabajo llegó a sus manos y en todo ese tiempo nunca había logrado averiguar algún dato cierto sobre su intrigante historia. Tampoco supo con certeza el nombre de su dueña; sólo escuchó por boca de quien se lo vendió que quizás hubiese pertenecido a una de las hermanas de su abuela.

El rastro del origen del escarabajo se perdía en la primera década del siglo pasado y el lugar probable donde había vivido su dueña era quizás una estancia en el sur de la provincia de Buenos Aires.

El broche había permanecido guardado en un viejo alhajero destartalado que por años cobijó restos de collares variados y aros que habían perdido su par. Allí, casi escondido entre restos maltrechos de la coquetería femenina, el broche pasó desapercibido por generaciones, quizás por su forma, algo extravagante para los gustos más clásicos de quienes no gustan llamar excesivamente la atención.

Quizás fuera que le inspiraba una entrañable sensación de nostalgia y cierta tristeza de amor truncado o no correspondido lo que le hacía sentirlo tan especial. Quizás hayan sido sus propios años de soledad y amores por siempre postergados los que le sugirieran esa cualidad en la joya.

La mujer, que siempre se esmeraba en ubicar con justeza los futuros dueños de sus antiguallas, nunca supo con exactitud qué tipo de persona correspondía conectar con aquel prendedor. En general, nunca había tenido problemas para hacer su trabajo, pero con aquel pequeño escarabajo el asunto resultaba ser mucho más difícil.
El hecho de que representara un insecto era, de por sí, un primer inconveniente: en general, salvo las mariposas, los demás especímenes de esta clase del reino animal no son bien vistos como adornos, es más, producen cierto rechazo, ligado tal vez a la aversión natural que suelen despertar estos bichos en la mayoría de las personas. Así mismo, conocía muy bien el significado que los escarabajos habían tenido para antiguas culturas, principalmente en la egipcia, donde se lo relacionaba con el renacer de la vida. De tal manera que quien calificara para ser su propietario debería ser de gustos muy personales y libre de los prejuicios de la moda y la estética establecida.

Por pura casualidad, aquella tarde llegó hasta su puesto un caballero de aspecto algo enfermizo que le ofreció venderle una antigua cigarrera de plata. No era demasiado valiosa, su factura, si bien bastante elegante, no era muy especial y además estaba algo maltrecha, pero un detalle muy particular llamó poderosamente su atención: “LMA y FDS por siempre” llevaba grabado en su interior y aquella mágica coincidencia la decidió a adquirir inmediatamente lo que el destino había decidido poner en sus manos.

Trató de averiguar algunos datos sobre la historia de la cigarrera, a quién había pertenecido, cómo llegó a las manos de aquel extraño. Según le informó el hombre, había pertenecido a un soldado alemán, muerto en la primera guerra; su padre le había contado que el joven soldado había sido fusilado por desertor y luego, entre los que habían integrado el escuadrón que lo ajusticiara, decidieron jugársela a la suerte. Su padre fue quien la ganó y desde entonces había permanecido en un cajón guardada.

Acotó también, quizás para agregarle algo de intriga, que creía recordar que su padre más de una vez le había adjudicado a aquel objeto la constante mala suerte que lo había perseguido toda su vida. Lejos de amedrentarse por esa historia, la anticuaria retuvo cada mínimo detalle del relato en su mente, convencida de que pronto lograría armar el rompecabezas que existía entre su escarabajo y esta cigarrera.


Esa noche se fue a dormir muy emocionada, convencida de que pronto lograría descifrar las historia que enlazaba a aquellos dos tesoros, testigos privilegiados de lo que, intuía, había sido una gran historia de amor.

(continúa en el próximo post)

1 comentario:

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Una coincidencia muy curiosa la de las iniciales, que puede ser un indicio de misterio. Más si está tan especial anticuaria. Historias de amor y de mala suerte. Buen comienzo.

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