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jueves, 6 de diciembre de 2012

DE SUEÑOS Y MANDARINAS (reedición)


Quiero reeditar este cuento, cuya inspiración me llegó mientras hojeaba viejas revistas, acompañando a mi padre en su convalecencia hospitalaria allá por el 2011. 
Mis disculpas para con quienes ya lo leyeron.

(imagen tomada de la red)

Se podría decir que su infancia fue feliz. Nada especial. Sólo un mocoso como tantos otros de aquellos pagos: inquieto, curioso, soñador…

Trabajador, sumiso, inocente. Siempre bien dispuesto para lo que sus padres le mandasen, no por eso se vio privado de juegos, aventuras y disfrute. Todo lo contrario. Quizás por conocer desde bien chico el esfuerzo que implicaba poder disponer de lo necesario para vivir, supo apreciar en su justa medida cada momento compartido, cada risa de cara al sol, cada proyecto realizado…

Su niñez de chico alegre correteando entre maizales, trepando árboles, esquivando retos y resfriados, siempre estuvo acompañada por un íntimo e inigualable placer: el de comer mandarinas echado plácidamente bajo la sombra de algún árbol. A medida que los gajos frescos se hacían uno con sus pensamientos, el discreto y lógico juego de escupir las semillas lo más lejos posible, le agregaba a la actividad un notorio plus competitivo que la hacía más interesante.

Desde aquella época y a modo de rito cotidiano, sus pensamientos siempre comenzaron a fluir libremente a la par que el elixir agridulce de la fruta ascendía desde su boca hasta liberarse, jugoso, por su alma soñadora. Mientras arrojaba bien lejos las semillas en forma instintiva, se imaginaba héroe, arriesgado andariego, valiente aventurero dispuesto a descubrir cada día nuevos horizontes… A veces se veía explorador, otras, escritor o artista de circo o mago… distintas e inusitadas tácticas para intentar dejar tras de sí su propia y fructífera huella.

Paradójicamente atado a la que siempre fue su tierra, imaginaba en esos días que alguna vez se animaría a dejar atrás –quizás no para siempre- sus apacibles pagos de verdes interminables y soledades perennes. Aquellos veranos de su niñez, de mediodías vibrantes y siestas relajadas desgajando mandarinas a la orilla del río -mientras alguna mojarrita incauta y un sueño lejano picaban en su anzuelo- quedaron para siempre en su memoria como recuerdos vívidos de lo que puede llegar a ser la felicidad perfecta.

Aún años después, cuando se fue a vivir al pueblo y comenzó a trabajar en el almacén de ramos generales, siempre se las ingenió para hacerse una pausa en medio de sus rutinas y practicar su ritual de jugos y vuelos. Ese era su único recreo cotidiano, su indispensable paréntesis en medio de la chatura de su vida monocorde.

Los años pasaron, su vida continuó su curso previsible. Jamás se alejó del pago. Jamás fue valiente explorador o artista o héroe. En medio de una soledad cada vez más indolente sus sueños fueron menos alados, más concretas sus metas, más acotadas sus necesidades, más ocasionales sus breves divagues… pero siempre, en medio de sus instancias cotidianas, se permitía para sí el tiempo necesario para aquel íntimo goce, ese breve sobrevuelo habitual recordando añejos sueños doblegados e ingenuos intentos de sobrevivirle al tiempo.

Al final de sus días, las quimeras no concretadas lograban superar con creces los pocos anhelos sobrevivientes. Las múltiples y alocadas ocurrencias juveniles no lograron nunca materializarse y la frustración de no haber dejado un rastro importante que acreditara su paso por la vida solía entristecerlo hasta llegar a las lágrimas. Solamente la libertad de sus pensamientos reverdecía en las horas de siesta, mientras el dulce aroma a mandarinas aún lo continuaba transportando –a modo de consuelo- hasta su añorada infancia. Como en aquel entonces, el hábito de arrojar bien lejos las semillas de las frutas formaba parte de su acostumbrado rito. Con tantos años de práctica ya las pepitas lograban sobrepasar con facilidad el tapial del fondo de su casa, ese que lo separaba de un extenso descampado lindero.

Un buen día su vida se apagó. Se acabaron sus rutinas, sus ansiedades, sus juegos. Sus sueños de aventuras cesaron. Sus intentos vanos de sobrevivirle al tiempo también…pero lo que nunca supuso aquel hombre sencillo y soñador es que, pese a no sospecharlo jamás, su impronta en este mundo logró perdurar… en los frondosos árboles que fueron naciendo de todas las semillas que fue esparciendo a lo largo de su vida -aquí y allá- en la que siempre fue su tierra y gracias a él se transformó en un precioso bosque de mandarinos… donde aún hoy suelen refugiarse los muchachos del pago en las siestas de verano, cerca del río, donde transcurren tranquilos y felices sus horas… saboreando dulces mandarinas y sueños que ansían alguna vez alcanzar.

13 comentarios:

Espíritu Destilado dijo...

Siempre hay que re inventarse.
Te leo aunque mis pupilas se queman detrás de unos espejuelos ante las llamas rojas de tus rimas.

Saludos miles!

mariajesusparadela dijo...

Hay muchas formas de plantar semillas.
Pero lo gratificante es ver cómo germinan.

Marta C. dijo...

Precioso e inesperado final, Neo. Una vida aparentemente vulgar, sin heroicidades ni aventuras, siembra también su semilla y esta fructifica, dejando testimonio de una vida sencilla pero que dio sus frutos y dejó rastro. Un beso..

El Demiurgo de Hurlingham dijo...

Empezó bien. Luego se fue volviendo pesimista. Pero al final, queda algo de esperanza para las nuevas generaciones.

rodolfo dijo...

precioso relato Neo

enletrasarte (omar) dijo...

en fin, está bárbaro
saludos

M. dijo...

Las mandarinas son mi fruta favorita, cuando era niño comía kilos y kilos, así que comprendo ese disfrute.

El cuento me ha encantado. Es sosegado y melancólico y tiene un final precioso.

Un abrazo

San dijo...

Un cuento como la vida del protagonista, tranquilo a ritmo lento. Con ese dejarse llevar hasta alcanzar el final, un final en el que brota lo sembrado.
Un beso Neo.

RGAlmazán dijo...

Esto sí que es transcender sin proponérselo.

Un beso

Salud y República

rodolfo dijo...

semillas que siempre dan fruto...

maruja dijo...

Perfecto final y además esperanzador. Todos deseamos dejar alguna huella y la del que come mandarinas ha sido preciosa

ana dijo...

las semillas si se plantan con paciencia y amor sea donde sea, siempre da sus frutos.

BESICOS.

Luis de Burg dijo...

cuando empecé a leerte, no tenía idea de que llegaras a un final digno, con una esperanza guardada y completa, la de haber logrado algo sin habérselo propuesto y dejar ese rastro de nuestra vida impregnado en el mundo, es gratificante haberte leído, además de mostrarnos que no todo es en vano, nos das esa alegría de entender que de todas formas dejamos regados en el mundo nuestra huella, lamentablemente se fue sin saberlo y eso es un poco traumático y nada glorioso, irse de este mundo con la idea fija de que simplemente somos como el polvo que pasa por el mundo sin que nadie lo note, lamentable y triste a la vez, que nadie le haya abierto los ojos, ni que se lo hayan susurrado, antes de cruzar la puerta de la muerte.... felicitaciones por el escrito, me ha encantado :)

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