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martes, 4 de enero de 2011

LA LEYENDA DEL NIX - Segunda Parte






















Parte dos: CON EL BESO DE LAS OLAS

Aquella anécdota sirvió como entretenimiento de los parroquianos del bar por varios meses.

El hecho de que uno de los suyos sobreviviera a una caída en un mar embravecido como el de esas latitudes era ya, en sí mismo un hecho como para destacar. Que hubiese aparecido sano y salvo a muchas millas de donde cayó, le agregaba la cuota de especialidad que el suceso ameritaba, pero que encima, calmada ya la fiebre, el afortunado sobreviviente destinara sus primeras palabras a responsabilizar de su salvataje a un casi desconocido ser mitológico, que sólo constaba en la fantasía de los cuentos de viejos pescadores, era algo mucho más difícil de aceptar como normal.

Desde ese día, cada vez que el muchacho se acercaba a un grupo de aldeanos, entraba a la taberna o partía otra vez mar adentro, alguien dejaba caer como al paso, con remarcada ironía, algún comentario burlón sobre el nix y el misterioso rescate.

Esa impensada situación descolocaba totalmente al joven que toda la vida se había esmerado por ocultar su vocación de soñador empedernido. Nunca buscó llamar la atención, mucho menos convertirse en el centro de las burlas de sus amigos y vecinos. Tan mal llegó a sentirse a causa de las bromas y las indirectas que recibía constantemente que un día decidió juntar sus pocas pertenencias y alejarse para siempre de la aldea en la que había nacido.

Mientras caminaba con gran padecimiento por la decisión que se vio forzado a tomar, su mirada se detuvo a lo lejos, en el horizonte, buscando despedirse de su mar, de sus paisajes, de ese cielo ceniciento que casi siempre se mostraba con reticencias, como la misma gente que bajo él habitaba.

Quiso tener por última vez una vista completa de aquel paraje de su infancia, por lo que decidió desviarse del camino y hacer un alto en el viejo faro abandonado.

Atravesó sin problemas el portón desvencijado, subió con esfuerzo los escalones que conducían hacia la torre, se despidió con melancolía de los recuerdos de su niñez que llegaban a borbotones, envueltos en el frío viento de la mañana y mientras dejaba elevar con melancolía su mente, allí, con las gaviotas y los albatros que sobrevolaban el Islote de los Pájaros, la vio. Era la nix que lo había rescatado.

Raudo como el viento bajó la escalera caracol saltando de dos en dos los viejos peldaños. Su corazón agitado parecía querer salírsele del pecho. Sin dudarlo siquiera, se lanzó al agua helada, nadando hasta el islote donde hacía un momento había vuelto a ver a aquel ser fantástico de sus libros y de sus sueños, etéreo como el aire, mágico como la luz de un amanecer, misterioso como la luna tras las tinieblas…

Tiritando de frío pero con el calor de su alma alentándolo a seguir, logró rápidamente llegar hasta la otra orilla y desde allí, corrió hacia los peñascos donde había visto a la nix. Desorientado, mirando con desesperación hacia los cuatro puntos cardinales, pensó con aflicción que el extraño ser se había hundido otra vez en el mar buscando huir de su intempestiva presencia. Recordó que se trataba de un ser muy tímido, hábil para esconderse y temeroso de los humanos, que, sin duda, a lo largo de los siglos le habían dado sobradas muestras de sus estupideces y violencias.

Pensó que, quizás, la nix que aquella vez se había apiadado de él rescatándolo de una muerte segura, no quería ser observada de cerca. Tal vez sólo se dejara ver desde lejos y en circunstancias extraordinarias, para mantenerse a salvo y alejada de la curiosidad y la ignorancia de los humanos desaprensivos. De ser así no encontraba cuál era la razón de que justo esa mañana, cuando él había resuelto marcharse para siempre de allí, la nix hubiese decidido aparecérsele otra vez, en forma fugaz e inesperada pero clara e inequívoca.

Ninguna señal había quedado de su presencia. Nada extraño indicaba que por allí hubiese pasado un ser tan especial y fantástico. En la arena no se veían más huellas que la de los pájaros, en el mar, abundante espuma blanca, en las rocas, sólo el registro del paso del tiempo.

Cuando ya había decidido dar por finalizada la búsqueda, sin la más mínima esperanza de lograr adivinar la silueta deseada en el horizonte, de improviso y como si de una leve fragancia se tratara, presintió que detrás de sí alguien o algo lo observaba.

Con mucho cuidado de no realizar movimientos bruscos, conteniendo la respiración y rezando para que su intuición no lo traicionara, lentamente, como quien no quiere espantar un sueño, fue girando muy despacio hasta quedar por fin y sin mediaciones, cara a cara frente a la nix, que con más curiosidad que miedo lo contemplaba desde la orilla.

Temblando de pies a cabeza, emocionado a más no poder, el joven pescador se hallaba incapaz de pronunciar palabra y lejos de hacer algo se limitó, extasiado, a disfrutar de ese mágico momento.

Aquel maravilloso ser tenía la apariencia de una joven bellísima, como nunca antes había visto. De largos cabellos oscuros, piel blanquísima y ojos claros y expresivos. Su presencia hacía que el aire se tornara más transparente, más diáfano, con el intenso perfume del mar que los embriagaba. La nix se hallaba reclinada sobre una roca, asomado su torso por sobre ella, mientras el agua salpicaba, como si hiciera una travesura, el rostro del perplejo pescador.

Hubieron transcurrido varios minutos sin que ninguno de los dos hiciese nada para que el otro no saliera de su aparente ensoñación. Sólo se movían las olas, los cabellos de ambos mecidos por el viento y alguna gaviota entrometida que revoloteaba de roca en roca.

Primero fue un paso. Leve, tímido, pausado… Después un grácil movimiento del cuerpo de la nix que se acomodó mejor sobre la roca. Siguieron un segundo y tercer paso, quizás algo más atrevidos. Luego fue un mohín, ligero como espuma, con la gracia seductora de las hembras que buscan ser correspondidas. No se supo qué leve movimiento siguió, quizás fueran varios al unísono. Lo cierto es que al atardecer aún estaban los dos tomados de sus manos, mirándose profundamente a los ojos sin hacer ya caso al frío, al viento, o a las olas que besaban con su sal aquellos dos cuerpos que ya se conocían.

Nadie supo en detalle lo que ocurrió aquel día, nadie sospechó siquiera que el joven pescador había planeado irse para siempre de su aldea. Al caer la noche retornó radiante a su cabaña con el alma inquieta de quien ha encontrado su destino.

A partir de entonces, fueron otras muchas las mañanas, las tardes y las miradas. Fueron muchas también las promesas y los regocijos.

Al fin, un día, luego de haber cavilado ambos amantes cómo querrían compartir para siempre sus vidas, el joven pescador llegó al pueblo acompañado de una joven a quien presentó a todos como su prometida.

La sorpresa cayó como brisa de primavera. Inusual mensaje de los dioses que parecían bendecir con delicia a aquel manojo de sencillos pescadores. Poco a poco los aldeanos se fueron habituando a ver a la bella muchacha aquí y allá, siempre mesurada y leve, casi sin pronunciar palabras, pero con una sutil y encantadora sonrisa que iluminaba a quien la veía. Sus breves incursiones por la aldea eran siempre en compañía del joven pescador que lucía, de su mano, tan feliz como su enamorada.

La reservada nix había puesto, como condición para quedarse, que nadie supiera nada sobre su identidad. Ni siquiera su propio amante debía preguntarle más detalles de los pocos que sobre su misterioso origen había logrado entrever. Eso la perturbaba y lograba entristecerla a tal punto que sus ojos se tornaban brillosos y melancólicos, dejando asomar por ellos alguna lágrima cristalina, tan salada como el mar.

El joven enamorado estaba tan feliz de tenerla a su lado que, en un principio, logró vencer sin dificultad la tentación de satisfacer su curiosidad sobre el secreto de los nix y su recóndito origen.

Con el correr de los meses, la joven pareja se fue habituando a la convivencia de tal manera que se compenetraron profundamente uno con el otro: se amaban de verdad.

(continuará)

8 comentarios:

Pedro Ojeda Escudero. dijo...

Que tengan cuidado: la costumbre puede matar el amor si no se cuida. Seguimos atentos a la continuación.

javier dijo...

espero impaciente la continuación de este bello relato
un beso

San dijo...

No habia leido este cuento Neo y estoy deseando leer su desenlace.
!Quien pudiera ser una Nix!
Un beso.

Manuel dijo...

He llegado tarde me me ha tocado leer las dos partes de golpe, no me quejo, jejejejejej, bonita historia de como el amor puede superar diferencias, pero temo que nos reservas sorpresas, ¿no?
Esperaremos.................
Un beso

P.D. NUNCA HABIA TENIDO REFERENCIAS SOBRE ESE SER MITOLOGICO DE NIX, ¿REALIDAD O FICCION?

Cecy dijo...

Corro con ventaja de conocer el final.
Igual es como cuando te gusta una buena película la pasan y ahí estas expectante.

Un beso

mariajesusparadela dijo...

Ah, los seres humanos y la necesidad de presumir y demostrar que "no estamos locos". ¿no estamos locos?

Marcos dijo...

Muy bonito, Mónica, me voy a leer el final, que ya tengo el gusanillo de saber cómo termina.
Saludos progresistas de Madrid.

Carol dijo...

¡Que romántico! Me encanta el relato y tengo la suerte de que voy a leer el tercero ahorita mismooooo.

Un beso.

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