martes, 2 de agosto de 2011

AFTER LIFE - Continuación


Parte 2: MEMENTOS


















Sólo el ritmo de mi propia respiración logro sentir acompasada. El profundo silencio se torna casi palpable y se agudiza bajo el efecto del intenso frío –indiscutiblemente polar- que cala hondo hasta mis huesos.

Abro los ojos, sin sobresaltos, en medio de una placidez blanca e inmóvil en la que parece haberse quedado suspendido todo, incluso el tiempo.

El paisaje a mi alrededor es solitario hasta donde mis ojos logran abrirse paso en medio de una bruma blanquecina en donde no se divisan contornos. Lo que se supone un cielo, igual de níveo e irreal, se extiende uniforme sobre mi cabeza, y casi nada logro divisar más que el inabarcable entorno estático que se abre ante mis pupilas.

Pese a lo inusual, no temo. Hay suficiente luminosidad que me tranquiliza aunque no logro adivinar la ubicación de un sol detrás de esa incomprensible blancura distendida.

Me incorporo –sólo en ese momento advierto que no estaba de pie- trato de permanecer erguida aunque en un primer momento el inestable equilibrio que logro no alcanza para sostenerme sin que trastabille.

Avanzo casi a tientas sin tener en claro de dónde vengo ni qué estoy haciendo allí. Mi mente no insiste demasiado en plantearse cuestiones que intuye no poder responder.

Intentando protegerme como puedo del frío intenso, resguardo mis manos desnudas bajo las mangas de mi abrigo mientras, entrecerrando los ojos, sigo avanzando en la áurea atmósfera en que me sigo sumergiendo.

 De repente una silueta extrañamente familiar se va definiendo ante mí: una construcción de gran tamaño, varios pisos y techos inclinados se levanta entre la espesa bruma y aunque estoy segura de no haber estado allí nunca, tengo la certeza de conocer ese lugar. Apuro el paso queriendo alcanzar la calidez que presupongo entre aquellas paredes.

Subo con determinación los cuatro escalones de madera sobre los que se eleva la estrecha galería que enmarca el ingreso a la casa. Tanto la puerta principal como las de los costados que logro divisar se encuentran cerradas, al igual que las ventanas de la planta baja. Sólo algunos de los postigos de las plantas superiores permanecer abiertos dejando ver unas cortinas blancas y vaporosas detrás de los cristales.

Tras abrir la puerta y atravesar un pequeño hall despoblado de mobiliario y tan blanco como el paisaje exterior del que provengo, llego hasta un agradable y sobrio salón enmarcado por espesos cortinados que filtran la luz exterior y la vuelven casi azulada. Caigo  en la cuenta  que ahora sí las ventanas están abiertas.

Como hipnotizada por el sobrecogedor efecto que me produce la extraña luminosidad, observo que hay algunas personas más en el cuarto, quienes parecen comentar entre ellos mi llegada.

Saludo instintivamente y recibo en retribución amables miradas y condescendientes gestos que parecen querer allanarme el camino entre mis dudas y mi desconcierto que, a estas alturas parecen ser evidentes.

Se me informa brevemente de mi situación y entre compasivas sonrisas y respetuosas muestras de afecto y comprensión logran que la sorpresa no me resulte inquietante ni me espante la novedad de la que ha sido, mi reciente muerte.

Creo que de alguna manera ya lo sospechaba. Viene a mí cierto flash back de lo que –me parece- fueron acontecimientos recientes de mi vida apenas finalizada, que con llamativa uniformidad, se mezclan con sensaciones que se me ocurren experimentadas en alguna película que no logro especificar.

Sin que me lo tengan que explicar comprendo qué es lo que acontece: debo bucear en mis pensamientos para lograr decidirme por algún suceso memorable para conservar como único tesoro indisoluble de lo que fue mi vida. Sé también y sin que deban darme mayores detalles, que no dispongo de demasiado tiempo como para tomar la trascendental decisión y eso logra inquietarme un poco. Mucho más de lo que me alteró la confirmación de mi propio deceso.

Tras un logrado ejercicio de concentración y exploración de mis memorias, del que no logro precisar duración, consigo repasar mentalmente distintas etapas de la que fue mi vida. Primera infancia, años inocentes, ansiedades juveniles, inquietudes lógicas, despertar de las pasiones, alegrías construidas, placidez en el ocaso, dulces mieles, avatares sucesivos…nada parece ser lo suficientemente intenso ni primordial ni singular ni maravilloso como para que amerite ser seleccionado por la exclusividad que requiere un recuerdo a perpetuidad.

Percibo  que el escaso tiempo del que dispongo para optar entre mis recuerdos significativos –pese a no estar guiado por agujas de reloj-puede ser tan despiadado como lo suele ser el más cruel de los verdugos.

Intento descansar mi mente de esa angustia tremenda que me invade poco a poco, pero lejos de conseguirlo siento que se me forma un nudo indefinible en la garganta. La sola idea de tener que hallar un único momento verdaderamente intenso y valioso como para elegir evocar en la eternidad me estruja el corazón.

Una tristeza infinita se instala en mi alma y sumida en profundo sollozo clamo a quien mueve los hilos de los destinos irresueltos para que se me de otra oportunidad: prometo sinceramente -con la absoluta convicción que se tiene en los momentos trascendentes- que si se me permite regresar nuevamente a la vida que acabo de culminar, me dedicaré todo el tiempo que se me otorgue -con ahínco y entrega- a construir para mí y para quienes me rodeen, momentos  dignos de ser rememorados por la más cálida añoranza, enmarcados en la más diáfana felicidad a la que un ser humano pueda aspirar…

Sé que lo que pido es imposible. Sé que la oportunidad de la vida es única e irrepetible. Que es en ella cuando debemos dar y recibir lo necesario para definir lo que en verdad seremos, lo que llevaremos a cuestas por siempre. Sé que de la muerte no se tiene retorno…y sumergida en la blandura blanca y apacible que otra vez me envuelve…simplemente me dejo llevar…

(continuará)

10 comentarios:

  1. Mónica este relato me llena de dolor,no sé porqué,aunque es magistral.
    Besos.

    ResponderEliminar
  2. Siempre encontramos la hermosura de las cosas después de haberlas perdido...

    ResponderEliminar
  3. Mónica, Neo,
    vuelvo a leerte después de no sé cuánto tiempo. No voy a decirte "lo siento", aunque debería pues eres una de mis fieles seguidoras del blog. No sabes cuánto agradezco tus comentarios. Pero mira, soy así. No hallo más tiempo para dedicarme a todos los blogs que me gustan. Y un día leo a uno, otro a otro... Otro no leo. Soy inconstante e impulsiva... En fin, me estoy excusando y como te decía, no quiero.
    Aprovecho estas vacaciones para leeros más y para dejar unos comentarios más "jugosos". Normalmente sólo os digo si me gusta y cuánto.
    Este relato que he empezado por la segunda parte me tiene fascinada. Es esta segunda parte la que en especial me ha enganchado. Recreas de manera soberbia un clima, un espacio etéreo, silencioso, donde nada hay que temer, sino más bien disfrutar. Disfrutar de es tranquilidad que nos muestras, esa "placidez blanca e inmóvil en la que parece haberse quedado suspendido todo", ese supuesto cielo... Y cuando estoy atrapada en esa atmósfera, flotando y recordando "Biutiful" por su escena final (película que si no has visto te recomiendo muchísimo)llega el contrapunto a tanta paz: "la trascendental decisión". Y la congoja vital vuelve a estar presenta y consigues que la sienta, que se me haga real. ¿Qué recuerdo escoger para alimentar toda una eternidad? Genial Mónica. Espero el desenlace. Hasta pronto.

    ResponderEliminar
  4. Lo lograste, nos sumergiste en esa muerte, nos pasaste los interrogantes, los deseos, la tristeza, ese querer volver, aunque sea imposible ¿es imposible? Con toda probabilidad, la III parte nos revelará otro misterio. Te sigo guapa! Mi abrazo para Vos.

    ResponderEliminar
  5. Y se deja llevar.

    Eso tiñe de tristeza rodo el texto.

    Hermoso, pero triste.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  6. interesante historia, me recuerda la novela de aghata christie "los tres negritos".
    En el fondo nuestra cultura es judeocristiana y estamos de alguna manera inmersos en la salvación o la condena. Como en el D. Juan, se espera que un último arrepentimeinto valga para salvar de la condena eterna su vida disoluta.
    Ya quisiera tener otra posibilidad de reparar errores...
    En el fondo personalmente pienso que es ahora en esta vida en este momento cuando debemos hacer el bien.
    Luego..puede que no haya segunda oportunidad

    ResponderEliminar
  7. Hola, Neo, llegué a tu blog porque vi tu comentario en un espacio amigo, me dio curiosidad y entré. Voy a leer la primera parte, pues la segunda no me cerró.
    Voy a quedarme como seguidor, me gustó este blog.
    Saludos.
    HD

    ResponderEliminar
  8. un solo recuerdo para una eternidad mmm parece más bien una condena, no así tus historias, siempre un placer : ) Beso

    ResponderEliminar
  9. Lllego a esta segunda parte, sigo leyendo envuelta en esta atmósfera etérea y llena de silencios. ahora vuelvo.
    Besitos.

    ResponderEliminar
  10. Has conseguido transmitirme esa angustia Mónica, y desde luego que los que aún podemos deberíamos dar el mayor sentido a nuestra vida.

    Pero elegir un solo recuerdo...,¡uf, qué difícil!

    Besos.

    ResponderEliminar