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lunes, 29 de noviembre de 2010

DE SUEÑOS Y SUICIDAS -Parte final

Parte final: CIUDADELA DE UTOPÍAS




















Lejos de lo que cualquiera hubiese previsto, el hombre solitario logra atravesar sin mayores contratiempos los límites de la ciudad derruida. Si aún tuviese capacidad de sorpresa, el hecho de haber llegado indemne hasta los últimos muros de la frontera habitada, lo llenaría de asombro. Pero nada queda en él que no sea desaliento y desesperanza, por lo que, sin perder tiempo en consideraciones infructuosas, retoma con determinación la ruta de su exilio definitivo.

En su largo trayecto, algunas noches logra refugiarse entre las rocas salientes de los más escarpados acantilados, alejándose todo lo posible de las espesuras enmarañadas que bordean lo que alguna vez fueron carreteras. Es en la oscuridad donde más abundan los peligros y descansar bien –bajando  la guardia aunque más no sea unas horas- resulta imprescindible si se pretende andar tan lejos como él se propone. Pese a haber andado ya largas distancias, el paisaje que lo rodea continúa siendo igual de caótico y hostil.

El hombre decide continuar pese a todo, persistiendo en su loco intento de hallar un horizonte abierto y despejado que le recuerde a la llanura que lo viera nacer. Paradójicamente, un lugar adecuado para disponerse a morir.

Otra vez la lluvia cae, dulce y mansa haciéndole rememorar viejos tiempos. No son tan vívidos los rostros como aquella última vez, pese a que él se esfuerza por reencontrarlos. Sabe que están ahí, los presiente, percibe su presencia, pero no logra verlos…y eso lo angustia. Le entristece no poder recuperar con el mismo grado de intensidad la emoción que sintiera en esa bucólica noche de antiguas evocaciones, pero se consuela al menos con conseguir que el sueño lo transporte otra vez fuera del alcance de las tinieblas de la realidad. Las formas del pasado regresan esta vez como leves siluetas, apenas fantasmas desdibujados que lo acarician desde lejos… y eso le basta para que otra vez las lágrimas se asomen y resbalen por su rostro.

Algo parecido a un rayo de sol le descubre que nace un nuevo día. Hay murmullos breves en el aire. El silbido de algún ave irredenta intenta a susurrarle sus secretos.

El hombre se despereza con cierta liviandad que tenía olvidada y de inmediato se dispone a continuar, sin más, su vagar indefinido.

A lo lejos, sobre unas cumbres rocosas parece vislumbrarse la silueta de una ciudadela. Otra vez la inquietante opresión con la que ha convivido casi toda su vida retorna a su pecho: la sola idea de toparse con la bestialidad de algún congénere lo inquieta en forma extrema.

De improviso, algunos extraños se le acercan y con una amabilidad que logra destruir sus más elementales defensas, lo invitan a reponer fuerzas dentro de aquellos muros.

Esta vez el asombro sobrepasa los límites de lo conocido y en lugar de enfrentarse a oscuras individualidades mal entrazadas, es recibido por seres que aún conservan aquello que alguna vez se ensalzaba y se llamaba “humanidad”. Son hombres y mujeres que a pesar de la lógica cautela con la que lo tratan, insisten en aliviarle sus heridas, calmarle la sed y el hambre, brindarle calidez y cobijo. Se muestran interesados en saber de dónde ha venido, qué novedades trae, qué busca, qué planes lo llevaron a animarse por esos rumbos alejados. Le muestran y comparten sus pertenencias, le confían sus inquietudes.

Se le ocurre que aquellos pobres ingenuos han decidido guarecerse en una impensada burbuja de irrealidad en medio del desierto de destrucción inmisericorde en que ha quedado convertido el mundo.

Aquellos seres -tan distintos a los que él está acostumbrado a ver y padecer- no se limitan a entender sus días como sucesión infinita de pesares y violencias. Ellos han apostado todas sus energías intentando recuperar lo que, recuerdan, solía tener importancia en épocas remotas. Se las vienen ingeniando para recuperar los rastros de lo que fue llamado “civilización”. Se esmeran en reciclar, componer, recoger testimonios, integrando sus conocimientos en función de un objetivo común que les devuelva -o les de la ilusión de recuperar- la dignidad humana ayer perdida.

Algunos de ellos, por ejemplo, se empeñan en hacer funcionar antiguas cajas de música. Otros destilan aromas intentando reproducir algún perfume que los transporte a la felicidad de la infancia o rememorar viejos amores. Los más meticulosos han logrado organizar completas colecciones de antiguas postales, miniaturas pintadas a mano, piezas de cristalería tallada, antiguos candelabros, viejas revistas… No son pocos los que dedican horas y horas a componer molduras en viejos edificios, apuntalando muros, recomponiendo esculturas, restaurando vitrales y restituyendo la belleza de las más antiguas construcciones. Otros muchos van ganándole verdor a la tierra seca, dejan sus sudores a cambio de hacer brotar otra vez vida del suelo ceniciento.  A pesar de lo absurdo que parezca, son muchos los que siembran flores además de las imprescindibles hortalizas y legumbres. Entre todos van ganado tiempo a la muerte en lugar de entregarse mansos a su destino cierto de mortales transitorios.

Lejos de limitarse a la mera supervivencia, en ese lugar, la gente ha decidido recuperar algo del pasado para después intentar volver a construir…y aunque a él le parezca inútil -titánica tarea destinada a seguras frustraciones y fracasos- comprende que aquellas cándidas personas en definitiva, están intentando ser felices… o, aunque más no sea, poseen la ilusión que pueden llegar a lograrlo.

Sopesando su decisión tomada de apelar, al fin, al suicidio como única salida, mientras contempla la incipiente hierba luchando por ganarle al suelo hasta ayer arrasado, el hombre considera seriamente la posibilidad de sumarse a la utopía de esos locos…y mientras una suave melodía renace de improviso de entre sus recuerdos, concluye que tal vez lo haga. 


fin

DE SUEÑOS Y SUICIDAS -Parte 2

Parte 2: UN HÚMEDO SOPOR




















Guareciéndose en su refugio el hombre refuerza trabas y coloca cadenas, más por inercia que por precaución. Más por costumbre irreflexiva que por garantía de efectividad.

Adentro, la soledad pesa más aún que afuera. El silencio es más cortante. La angustia de no tener esperanza le oprime el pecho, le llega hasta los huesos.

Mientras un húmedo sopor parece brotar de pisos y paredes, se tiende con dejadez sobre el viejo colchón desvencijado deseando dormir profundamente -hace siglos que no lo consigue-

Al rato, una inesperada lluvia le otorga exiguo consuelo: el rítmico repiqueteo de las gotas sobre el techo de chapas lo retrotrae hacia otras lluvias, más dulces, más fecundas, más ansiadas…en su remota infancia, recuerda, alguna vez vivió en el campo, cuando aún el verdor de las praderas lograba sobrellevar el castigo al que los hombres sometían a la tierra. En aquellos días su inocencia seguía intacta, tan fresca y verde como evocaba aquellas praderas. Sus sueños eran sueños de fantasías, de esperanza, a pesar de la crudeza de los inviernos o de los desconsuelos que ya abundaban, recordaba sentir en su costado un mágico palpitar de alegrías e ilusiones, quizás sembradas por la inconsciencia de unos padres que insistían –pese a los pronósticos más realistas- en apostar por un futuro distinto.

Por breves instantes logra revivir aquella fragancia inigualable de la tierra recién sembrada bebiendo ávida la lluvia buena -esa que aún no era ácida, ni turbia, ni tóxica- esa que alegraba con su melodioso repicar sus sueños de infancia limpia.

El mágico sortilegio del sueño plácido lo atrapa, lo inunda, lo transporta. Poco a poco se desliza y se deja llevar sin oponerse entre los pliegues de su subconsciente.

Sosteniéndose, apenas, de viejos recuerdos perdidos entre las telarañas de su mente, logra sentir otra vez la calidez de aquel sol, la brisa fresca, el aroma de la albahaca recién cortada, la música suave que su madre escuchaba en la vieja radio de su casa natal, la voz querida de su padre llamándolo al atardecer, el ladrido cómplice de su perro…todo eso vuelve a resurgir de entre los cadáveres de sus recuerdos.

Profundamente ocultos, quizás intencionalmente para preservarlos intactos –o para él preservarse cuerdo- los hilos de su memoria se van soltando y otra vez recuerda, otra vez añora, otra vez… angustiosamente llora…

No sabe cuánto tiempo logró dormir. Quizás fueron varias horas, quizás apenas unos minutos, pero la enorme cercanía de aquella infancia ya perdida logró conmoverlo en lo más profundo de su ser. El acre olor de la mugre urbana que lo rodea ahora se filtra por las hendijas de su casucha y el contraste fatal de la amarga realidad con lo que recientemente fue reviviendo le estremece las entrañas.

Sentirse allí, hundido en la miseria irreductible de un mundo apocalíptico y sin retorno, lo aniquila al punto de confirmarlo en su decisión de abandonar lo que ya no es vida.

Ha sido breve la dicha de recordar lo que fue felicidad a través de aquel sueño extraño, y ha sido la añoranza de esa misma dicha lo que lo determina a lanzarse al fin hacia el vacío.

Quizás como homenaje a esos recuerdos decide no terminar su tiempo entre esos inhóspitos muros ni en la pérfida ciudad en la que se esconde.

Atreverse a cruzar los límites de lo conocido es –como todos saben- muerte segura, pero si en definitiva es eso lo que busca, bien vale arriesgarse por buscar un sitio –nadie sabe a ciencia cierta lo que hay más allá- que le recuerde a sus praderas. Quizás apenas un horizonte despejado, quizás un trozo de suelo menos destruido…cualquier cosa que le evoque algo menos doloroso…Y si lo halla, entonces sí. Allí se dejará llevar por la muerte, dueña y señora indiscutible de todo lo que aún ha sobrevivido.

Sin poner más que lo indispensable en las bolsas que harán de alforjas –apenas agua, abrigo, una linterna, algo con filo- el hombre sale por fin, hacia lo que ha decidido, será el fin de su camino.

(continuará)

domingo, 28 de noviembre de 2010

DE SUEÑOS Y SUICIDAS


Parte 1: CIUDAD SIN ÁNGELES





















Bajo la espesa bruma de cenizas y humos tóxicos, un desecho de hombre avanza casi a tientas en medio de la noche. Algunos gritos ahogados resquebrajan el silencio letal de las calles. A lo lejos alguien corre cruzando el puente. Nada fuera de lo previsible, se diría normal.

Anidando en su corazón desde hace tiempo, la alternativa del suicidio continúa madurándole en su mente abatida. Pese al recuerdo de algunos pocos años felices - en aquel tiempo en que el sol aún brillaba con fuerza en las mañanas de algunos niños inocentes- la idea de poner un punto final a la pesadilla diaria de sobrevivir sin horizontes, cobra cada vez más sentido… particularmente a esas horas y respirando el aire sucio de esa ciudad sin alma, prodigios ni enterezas.

El eco de un andar acompasado interrumpe sus lúgubres pensamientos.  Se trata de algún otro anónimo que se anima en la noche, vagando sin rumbo entre caseríos grises, mugre y desperdicios arrastrados por el viento. Apenas una sombra más entre tantas sombras.

Retornando hacia el hueco que crece en su interior, él vuelve a sumergirse en el desconsuelo de sus pensamientos. Desde hace más tiempo del que quisiera recordar, la vida se fue convirtiendo en una lucha obscena por la mera subsistencia. Cualquiera podría llegar a matar por un fajo de billetes o mutilar sin siquiera invocar causa aparente. Las viejas sociedades fueron perdiendo paulatinamente su sentido y apenas son ahora una excusa para que el puñado de poderosos privilegiados tengan mano de obra barata disponible para sus urgencias. Nacer o morir son ahora apenas circunstancias anecdóticas, procesos biológicos reducidos a un simple trámite, un acontecer más de lo inevitable que sólo se considera según sea la molestia que cause.

Los pocos que como él, recuerdan lejanas épocas en que la convivencia humana aún tenía otro sentido, no logran descifrar cuándo y cómo, lo que era…dejó de ser…para transformarse en este infierno encadenado de castigos y supervivencia. Aunque en realidad, lograr establecer el punto inicial de la decadencia humana ya no importa demasiado. Las consecuencias nefastas están en su apogeo y es nada lo que puede hacerse para contrarrestarlo.

Hace siglos ya que en aquella ciudad no quedan en pie estatuas, templos, teatros, museos o bibliotecas. La impiadosa realidad hizo trizas hasta las alas de los ángeles más persistentes. Mucho tiempo también ha transcurrido desde que el miedo fue dejando de hacer de alerta para convertirse apenas en una inquietud blanda que sirve sólo para esquivar momentáneamente lo inevitable. Hasta lo que alguna vez fue instinto de conservación ya no existe…tan poco importante resulta lo que hay que conservar que cada quien ha resignado cualquier cuota de esperanza o ilusión – palabras vanas que ya nadie usa-

Entregados a esa condena sin cuestionamientos los últimos sobrevivientes de los sucesivos holocaustos intentan simplemente transcurrir un día más, mezquinos, insensibles, resignados…

Apañados en la suerte que les toca vivir, cada cual asume sin chistar su destino ruin de escoria bastarda, de carne sin sentimientos.

El hombre, perdido en medio de tanta desolación, continúa con la idea del suicidio sobrevolando su cabeza.

(continuará)

VEJEZ


"Uno tiene la edad que padece…" (pensamiento propio)



























Algunos, a los 20!...




























...otros, a los 80!

sábado, 27 de noviembre de 2010

EN VUELO LIBRE (nueva versión)





En vuelo libre
dejando límpida estela
cada uno y todos mis sueños
brillan
se deslizan
y florecen
como el joven candor en plena primavera.

Me llaman tonta
o tal vez, ingenua,
mirando desde aquí el mundo
pero…
no afecta.
Perpetua
la magia brota, buscando nuevas verbenas.

Habrá que vencer
aunque insista, al miedo
ese que pone trampas y freno.
Detrás
de una quimera
voy,
ansiando que el corazón, gane toda carrera.

jueves, 25 de noviembre de 2010

ESTE JUEVES UN RELATO - Partes traseras

 


En nuestras sociedades
de humo,
plástico y bulla,
cemento
banalidad y neón,
no hay talento más buscado
ni mejor carta 
de recomendación
que un buen culo
-natural o mejorado-
dispuesto
a salir en televisión.

Ya sean
dos o tres las neuronas
que vengan
-emplumando-
al culo en cuestión
quince o más
minutos de fama,
un contrato,y tal vez
sostenida atención,
poseer dos nalgas turgentes,
garantiza,
sin más dilación.


(más divagues sobre culos en lo de Gus!)


Nota:
para los bloguers que venimos del viejo Spaces de Microsoft
y que por años hemos luchado infructuosamente contra 
la censura absurda e infundada que esa plataforma impone
a sus usuarios, hablar y mostrar algo tan natural como
un culo (y ubicado en un contexto para nada pornográfico)
poder aquí hacerlo, resulta, cuando menos,
una alegría y un gesto reivindicatorio! :D

lunes, 22 de noviembre de 2010

UN HOGAR NO ES UNA CASA – Tres puntos de vista (3)

Perspectiva 3. UNA ETÉREA BIENVENIDA

















Miró hacia atrás desde la ventanilla del auto hasta perder de vista la que fue su casa desde siempre. Dejaba allí sus primeros recuerdos, parte de su infancia, sus tesoros escondidos en tardes de lluvia.

Entre aquellas paredes blancas había aprendido a escuchar el silencio, inventarse mundos, compensar abrazos nunca recibidos, juegos nunca compartidos.

No eran una familia modelo, los tres lo tenían muy presente. Padre, madre e hijo, cada cual más ensimismado que el otro en sus propios asuntos…o más bien sus conflictos.

Cuando sus padres le comunicaron que iban a vivir en el campo se sintió conmocionado. Siempre había vivido en esa ciudad, solitario entre medianeras, acostumbrado al ritmo y ajetreo urbano, jamás se halló cómodo allí… pero eso era lo único que conocía y como era lógico, lo daba como inamovible, natural e incontrastable. Pronto comprendió que no era así. Que mudarse estaba dentro de los vaivenes de la vida y aferrarse a los sitios y las cosas era hacerse trampa.

Tarde o temprano todo termina y no aceptarlo era mostrarse vulnerable. Más tristeza y dolor para acumular en la que era ya su solitaria existencia: incomprendido por sus padres y compañeros de escuela, solía refugiarse en el abrigo de su fantasía que a esas alturas había pasado a ser su única aliada.

Especular en cómo sería su vida de ahora en más le resultaba muy angustiante. No tenía idea sobre qué le esperaba y pensar que debería adaptarse a andar entre nuevos extraños no le entusiasmaba en absoluto.

El último tramo del largo trayecto lo hicieron en auto, desde la estación hasta las cercanías del pueblo, donde los esperaba la que sería su nueva casa.

Desde lejos comprendió que aquel lugar no era nada parecido a lo que hasta entonces había conocido.

Rodeada de un amplio jardín, la casona se alzaba entre doradas arboledas. Mecidos por el viento, los follajes de los árboles parecían querer darle la bienvenida arrullándolo con ternura. Eso le gustó, hizo que el desasosiego que llevaba en el la boca del estómago se disipara con la brisa.

La imponencia y el mal estado de la casa lograron otra vez inquietarlo un poco, pero la actitud de su madre, serena y firme ante aquel nuevo desafío, hizo que tuviera alguna esperanza: tal vez aquel sitio donde debería pasar los próximos años de su vida terminaría siendo menos inhóspito de lo que a primera vista sugería.
La mudanza fue tan caótica como se imaginó. Varias cajas con sus libros se perdieron en el traslado y otras tantas se maltrataron al desembalarlas.

Si bien demoraron bastante en instalarse, la amplitud de la espaciosa casa compensó en algo la inseguridad de saberse alejados de todo.

Él fue el primero en tener que habituarse al ritmo pueblerino. Apenas al otro día de haber arribado debió comenzar sus clases en la pequeña escuela del pueblo, absolutamente diferente al especializado colegio en el que cursaba en la ciudad.

Su naturaleza solitaria no se alteró en aquellos parajes, su actitud distante seguía siendo un muro infranqueable para todo el que intentara acercársele, más aún tratándose de chicos poco habituados a actividades sedentarias.

Tampoco mejoró la relación con su padre, quien continuaba mostrándose apartado, a pesar que tenía ahora más tiempo para compartir en familia.

En compensación, algo muy especial e impalpable le brindó sus efluvios a modo de bienvenida: un dulce olor a almizcle mezclado con canela que se desprendía del interior de la casa. En un principio no lograron identificar muy bien la causa del aroma, ni el lugar desde donde provenía, ya que en todos los ambientes se percibía suavemente su presencia. En ningún sitio en particular su intensidad se acentuaba o desaparecía totalmente. Su madre a veces creía descubrir que era la madera de las ventanas, puertas y escalera el origen de aquel suave perfume. Otras, identificaba directamente al aire como portador de tan sutil mensaje olfativo.

Lo cierto es que una tarde, él mismo logró descubrir el verdadero origen de aquella fragancia: tan sutil como su apariencia, el aroma especial que ella exhalaba embargaba todos los rincones, aunque su presencia se circunscribiera a la habitación donde él mismo se hallara.

Primero desde lejos, a través del espejo del hall de ingreso. Más tarde, tomando algo de coraje, aquella presencia etérea se animó a contemplarlo más de cerca, silenciosa y mesurada…sin dudas para no atemorizarlo.

A los pocos días ya compartían largas horas de caminata junto al lago, juegos silenciosos, fantasías compartidas. Susurrando, cada cual contó al otro sus secretos, sus deseos, sus sueños dormidos…y así entre ambos fue naciendo un vínculo real y sólido, logrando expresar los afectos que, a los otros, no solía retribuir.

Fue así que comprendió, casi sin darse cuenta, que aquella casa lo había elegido para transformarse en su verdadero hogar…y que jamás desearía (ni podría ya) alejarse de ella.

(fin)



UN HOGAR NO ES UNA CASA – Tres puntos de vista (2)

Perspectiva 2. EXPULSADO Y SIN COBIJO


















Cuando le llegó la noticia de su traslado la idea de alejarse del sitio que lo viera nacer le cayó como una bomba. Ni en sueños se había imaginado lejos de aquellas calles en las que desde siempre se encontraba como pez en el agua.

A pesar del aire enrarecido, la inseguridad que cada día iba en aumento, los ruidos constantes que enmarcaban todo con su acostumbrada estridencia, nada de eso lograba contrarrestar la sensación de comodidad que le sugería el hecho de habitar en una ciudad cosmopolita y ajetreada como aquella. La posibilidad de tener al alcance de la mano todo lo que se necesitara era una cualidad que compensaba largamente los contados aspectos negativos que la vida de ciudad podría llegar a tener.

Fue por esas circunstancias que tardó en hacerse a la idea de que aquel traslado en realidad se concretaría. Demoró todo lo que pudo en anoticiar a su mujer y su hijo sobre la imposición laboral que debía enfrentar sin chistar, sin que se le haya consultado ni se le hubiese ofrecido mejoras económicas suficientes a modo de incentivo.

Pero la realidad no se cambia por el mero hecho de retrasarla y por fin un día hubo que levantar todo e irse, evitando pensar en lo que dejaban atrás.

El trayecto le resultó insoportablemente largo. No eran una familia modelo, eso lo tenían los tres muy presente, por lo que la acostumbrada receta de evitar estar mucho tiempo juntos - compartiendo lo que quizás otros disfrutaran – solía ser puesta en práctica todas las veces que fuera necesario. Pero un viaje era algo diferente e inusitado. El silencio se hacía más espeso que de costumbre y mirarse directo a los ojos, aunque más no sea por breves instantes, era inevitable. Tanto para él como para su hijo y su esposa, la mesurada distancia autoimpuesta por cada miembro hacia los otros dos, era sumamente valorada, ya que con eso diminuían las molestas discusiones.

El último tramo del extenso trayecto lo hicieron en auto, desde la estación hasta las cercanías del pueblo, donde los esperaba la que sería su nueva casa.

Apenas al llegar fue cuando tomó definitivamente conciencia que ya no habría vuelta atrás. Aquella sería su casa por los próximos cinco años al menos… y la imponencia y el descuidado estado de aquellos muros lograron desestabilizar todo su ser con franca inquietud. No estaba seguro de poder sobrevivir en aquellas soledades y pensarse con la sola compañía de su mujer y su hijo por tanto tiempo le hizo sentir un temblor extraño subiendo por su espalda.

Enseguida debió debutar con sus nuevas asignaciones laborales. Si bien pasaría la mayor parte del día en su trabajo, al retornar al atardecer serían varias las horas en que los tres deberían solventar el silencio de la incomunicación que nunca supo enfrentar.

Desde el principio, algo muy especial le resultó particularmente inquietante en aquella casa: un persistente olor a almizcle mezclado con canela se desprendía de su interior. No lograba identificar muy bien la causa del aroma, ni el lugar desde donde provenía, ya que en todos los ambientes se percibía claramente su presencia. En ningún sitio en particular su intensidad se acentuaba o desaparecía totalmente. A veces le parecía descubrir que era la madera de ventanas, puertas y escalera el origen de aquel perfume. Otras, identificaba directamente al aire como portador de tan perturbador mensaje olfativo. Lo cierto es que sólo a él no le resultaba grata esa fragancia y al poco tiempo comprendió que tanto su mujer como su hijo desistieron enseguida de indagar su origen.

A medida que iban pasando los días vislumbraba que nunca lograría hacer suyos los recovecos de cada habitación, las curvas de cada moldura.

La sensación de desprotección que percibía en cada estancia, aumentaba su incomodidad al punto de sentirse –con certeza- mal recibido en el que se suponía debería ser su hogar.

Pese al esfuerzo de su mujer por hacer más acogedora aquellas paredes inhóspitas, nada lograba poner fin a esa sensación de impaciencia que lo embargaba cada día más.

Así, comprendió –a pesar de lo ilógico que sonaba- que era la misma casa la que se estaba encargando de expulsarlo de su cobijo. Supo, sin lugar a dudas que no era allí donde quería –no podría- vivir el resto de sus días…

(continuará)


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